Salvar al mundo con el carrito de la compra: el cuento Lohas

El consumo ético es considerado por todo el mundo un medio sencillo para salvar el planeta. ¿Pero qué aporta realmente?
En la tienda de productos ecológicos que tengo a la vuelta de la esquina se quitó la máquina automática para reciclar botellas, desde entonces la señora del mostrador de la panadería también debe ocuparse de la devolución de botellas. En su lugar hay ahora una gran nevera con bebidas bioenergéticas, en verano había además zapatillas de baño gratis de plástico espumado. En otra vitrina frigorífica adicional hay bolsas de plástico con ensalada lista para el consumo y minirraciones de piña en dados en tarrinas de plástico. También hay todo lo demás que se puede encontrar en el supermercado habitual, aunque “bio”: sopas en bolsa, pizza ultracongelada, palitos de pescado, salchichas envasadas, fresas de España en febrero, espárragos de Perú en marzo, piña de Costa Rica, patatas de Egipto.
Este es el “consumo sostenible” de hoy en día. Detrás de esto se esconde la idea de la llamada democracia de los consumidores: significa que cuando el mayor número posible de personas compran de manera ecológica y éticamente correcta, entonces las empresas fabrican cada vez más cosas “buenas”. Lo hacen, pero que ello sea realmente sostenible y que simplemente con hacer la compra se pueda salvar el mundo es otra cuestión. La idea del “consumo ético” se popularizó en Alemania con el llamado Lohas. Este término hace referencia a “Lifestyle of Health and Sustainability”. “Consumo con buena conciencia y sin renuncia” es la fórmula de esta nueva tendencia. Según esta formula no es el ciudadano el que provoca cambios en la política, sino el consumidor que influye en la economía por medio de la demanda.
Lavado de cara de la idea de consumo
La idea del “consumidor adulto” no es nueva. Los movimientos en defensa del medio ambiente y los derechos humanos trabajan desde hace décadas para que se ejerza aquella presión sobre la política que obligue por ley a las empresas a actuar de manera medioambiental y socialmente sostenible. Pero si se analiza en mayor profundidad, Lohas no es una nueva cara del movimiento medioambiental, sino un lavado de cara de la idea de consumo: no trata de objetivos políticos, sino de la conciliación pragmática del estilo de vida individual con la protección del medio ambiente y la justicia social. Uno compra fresas en invierno, pero ecológicas, y palitos de pescado del amenazado abadejo de Alaska, con cuyo embalaje se realiza un donativo a la protección del mar. Uno conduce un coche de una empresa que hace que los niños planten árboles y come hamburguesas de carne de ternera no respetuosa con el medio ambiente, solo que en un restaurante de comida rápida con instalación fotovoltaica en el tejado.
Una mayor demanda no basta
El “boom” de lo “bio” se considera la prueba de la “democracia de los consumidores”. Pero muestra también lo que pasa cuando se somete la idea de ecología a la idea de mercado. En efecto, la agricultura ecológica en el mejor sentido es lo que significa el término sobreempleado “sostenible”. Protege el suelo, el agua y la biodiversidad, no hace uso de pesticidas ni tecnología genética y aboga por una ganadería adaptada a la especie. Pero la transformación ecológica de la agricultura debe ser buscada políticamente, una mayor demanda no es suficiente. En 2007, el año del “boom”, se redujeron las subvenciones para la agricultura ecológica, los agricultores ecológicos no pudieron servir al mercado de manera suficiente, las cadenas, supermercados y supermercados de descuento compraron en el extranjero. Todavía hoy se importa la mitad de las verduras. Porque el estilo de vida “bio” tiene durante todo el año la oferta completa de productos, las verduras de verano que se quieren tener en invierno provienen de países cálidos en donde la agricultura “bio” también causa escasez de agua y daños al medio ambiente. Porque el nuevo cliente “bio” no renuncia al huevo del desayuno, también se mantienen granjas avícolas “bio” en masa y sus productos elaborados se fabrican con un gasto de energía que es todo menos ecológico. En la agricultura alemana el “boom” tiene poca influencia: La superficie de cultivo ecológico se estanca en el 5,4%, la cuota “bio” del 3,5% en el mercado alimentario es minúscula.
Ni hablar de renunciar
Pese a la popularidad del “consumo sostenible”, éste no llega a las masas. Según un estudio de la UE, el 86% de las personas de los países adinerados de Europa conocen el papel que desempeña su conducta en la protección del medio ambiente. Pero casi tres cuartas partes no conciben un cambio de su estilo de vida. Según el estudio de concienciación medioambiental en Alemania, el 84% de los encuestados creen que mediante unas compras correctas pueden contribuir a la protección del medio ambiente. Pero el 61% pone la condición de que su nivel de vida no se vea perjudicado. Respecto al cambio también se observan carencias: sólo el 3% de los hogares alemanes utilizan corriente ecológica. El porcentaje de productos de comercio justo es, con un 1-2% de cuota de mercado, un nicho, pese a que se sabe desde hace más de 40 años lo que significa el comercio justo. Y de la renuncia no se puede ni hablar: el consumo de pescado aumenta aunque los océanos están prácticamente esquilmados, el alemán zampa de media 89 kilos de carne al año, pese a que los datos más recientes señalan que la cría de animales útiles es responsable de la mitad de los gases perjudiciales para el clima.
Se necesitan leyes
La muy elogiada democracia de los consumidores significa inacción. No cambia la economía, sino al contrario. Para los grupos empresariales los nuevos ecologistas no son un incordio como los activistas medioambientales que enturbian su imagen con campañas. Aportan mayores beneficios y cuando los clientes con elevado poder adquisitivo lo desean, los grupos empresariales colocan con gusto la protección del medio ambiente y los derechos humanos en los estantes del supermercado. “Greenwashing” se denomina esta forma de relaciones públicas para crisis con la que las empresas, presentándose personalmente como “responsables”, se escapan de las condiciones legales y salen del punto de mira de la política y la sociedad. Esto también es una consecuencia del “consumo sostenible”. Pero, como siempre, cuanto más barato se compra y se fabrica más se puede ganar, es decir, allí donde no es necesario tener en consideración los derechos humanos y la protección del medio ambiente. Estas estructuras sólo las pueden modificar leyes, no la sensación de bienestar moral de los consumidores occidentales. El “consumo sostenible” es un comercio indulgente bajo cuyo abrigo verde permanece todo como es: las empresas mantienen su sistema desastroso de producción; los consumidores, su costoso estilo de vida.
es autora del libro “Ende der Märchenstunde. Wie die Industrie die Lohas und Lifestyle-Ökos vereinnahmt” (Fin de la hora del cuento. Cómo la industria monopoliza el Lohas y el estilo de vida “bio”, editorial Blessing).
Fotografía “Tienda de productos ‘bio’” © Peter von Bechen / PIXELIO
Fotografía “Mercado de productos ‘bio’” © Torsten Born / PIXELIO
Traducción: Matrix Communications AG
Copyright: Goethe-Institut e. V., Online-Redaktion
diciembre de 2010














