Ilija Trojanow

Algunas reflexiones preliminares sobre la formación de la Antártica

© Kristan Hutchison, licencia: Creative CommonsTodo comenzó con un sueño. O más bien con una pesadilla. Un hombre de pie al lado de un glaciar que ya no existe. El hombre es glaciólogo. Hace poco ha perdido el objeto de su ciencia y de su pasión. Se siente muy confundido. Busca redención en aquel lugar donde el hielo todavía no ha sido vulnerado, en la Antártica. Se emplea en cruceros, como lector, como perito, como jefe de expedición, como guía. En la misma medida en que lo anima el carácter virgen de la Antártica, le preocupa el destino del continente, porque sabe lo que le sucederá cuando el ser humano tome posesión de él. Un día esta visión se le hace insoportable. Debe evitar que los humanos sigan penetrando la Antártica.

Es fácil tener una idea. Tampoco es tan difícil compararla con la realidad, teñirla de plausibilidad y credibilidad. Las verdaderas dificultades se presentan al comenzar a implementarla. Al escribir, no solo se plasman los pensamientos, también maduran los problemas. ¿Cómo se escribe sobre la Antártica, un lugar que solo se puede visitar de paso? ¿Cómo liberarse de los modelos al escribir? ¿Cómo se escribe sobre la última Terra Nulius, una tierra que no pertenece a ningún estado y que no está habitada por nadie?

Ushuaia © Jerzy Strzelecki, licencia: Creative Commons „Attribution ShareAlike 3.0”Para contestar estas y otras preguntas, me embarqué yo mismo en uno de esos cruceros de lujo, que durante el verano del hemisferio sur realizan varios viajes a la península antártica y se quedan algunos días allá. Partimos de Ushuaia y primero pasamos por el canal Beagle. Los hitos geográficos se llamaban Mount Misery y Cape Deceit, Last Hope Bay y Fury Island. Literariamente hablando, esto era un buen antecedente.

Me rindo rápidamente a la poesía de un paisaje desconocido. Y el idioma propio trata de hacerle justicia a esta experiencia:

© Jerzy Strzelecki, licencia: Creative Commons „Attribution ShareAlike 3.0”En la tarde, cuando los rayos de sol ceden su lugar a una crepuscular luz gris, el mar recuerda el magma. Grandes pájaros se deslizan por la implacable media luz, cortan la luz fría con sus alas rígidas. Algunos suben, se desploman, en arcos apurados; los más pequeños desaparecen por instantes en los comederos entre las olas, detrás de las crestas relucientes. Y cuando la oscuridad tiñe todo de negro y las estrellas no brillan y el viento es apenas un suspiro, nuestro barco parece estar a la deriva hacia lo completamente desconocido, hacia el último vacío.

¿Es la Antártica un destino añorado por los viajeros? ¿Se embarcan hacia allá los pasajeros en búsqueda de un sueño (muy) antiguo? Más bien no. La Antártica no es fácil asir. Solo muy recientemente se está promocionando el turismo con la ayuda de tiernos pingüinos. Antes dominaba la sensación de que la Antártica era infranqueable. Amenazadora incluso. Como por ejemplo en el mito polinésico sobre Ui-TeRangirao, que navegó hacia el sur en el siglo VI hasta que el océano se volvió rígido, tornándose duro, tan duro y frío que el héroe le dio la espalda con un escalofrío y volvió a casa. Los viajes de exploración de Amundsen y Scott son mitológicos, porque no resultaban comprensibles en la realidad. Shackleton aparece como una figura fantasmagórica. La Antártica pareciera la invención de un Edgar Allan Poe. Aquí uno se encuentra todavía frente al último límite de la civilización, la última región indómita.

© Jerzy Strzelecki, licencia: Creative Commons „Attribution ShareAlike 3.0”El barco se desliza por un canal natural, a ambos lados paredes blancas hasta donde alcanza la vista, y en frente, la superficie negra y reluciente del agua vidriosa. Imperceptiblemente el mundo ha sido transformado en un dibujo de tiza. Envueltos en mucha ropa y amontonados, estamos de pie en la cubierta exterior, mudos, incólumes, como si estuviéramos recibiendo la bendición, como si nuestro inerte barco estuviera en misa. Es un silencio devocional, expresión de un sobrecogimiento que se ha venido perfilando con los días, desde que viéramos el primer albatros, los primeros icebergs, las primeras ballenas, las primeras islas puntiagudas. En la Antártica tienes fácilmente la impresión de estar de sobra. En tu condición de ser humano. Es una sensación contradictoria, que te lleva rápidamente a la misantropía.

Mi historia lucha por el equilibrio entre humanidad y misantropía. Porque el glaciólogo no logra determinar si la conservación de la Antártica ocurre a favor o en contra de la humanidad. Esta inseguridad desesperada se alimenta de las cicatrices de viruela en los asentamientos humanos en el margen de la Antártica, estaciones balleneras, por ejemplo, instalaciones oxidadas de destrucción masiva. Sobre todo en el sur de Georgia. El glaciólogo no soporta tanta destrucción, ni siquiera como hecho histórico.

© Jerzy Strzelecki, Lizenz: Creative Commons „Attribution 3.0 Unported”Icebergs. Memento mori. Despensas. Ellos contienen el agua más fresca y el aire más puro que tenemos en la tierra, encerrado hace miles de años en los cristales y que ahora comienza a liberarse, mientras se derriten en una lenta marcha. Mientras más observo el hielo, más me fascina. Es (quizás) el más versátil de todos los elementos: cuerpo sólido, aire o agua, según el caso. Además es una especie de memoria de la tierra. Las perforaciones del proyecto europeo del núcleo del hielo en la Antártica ya han alcanzado una profundidad de 900.000 años. Y en el camino hacia abajo se hace visible nuestro pasado planetario.

Lentamente desarrollo también yo una relación cariñosa con el hielo.

“Si la Antártica desaparece, desaparece la humanidad”, reza una cita en el programa del día, sin indicar la fuente. Justamente esto debería poder lograr el texto: que el lector entienda la frase al pie de la letra; que se identifique con la locura del glaciólogo. En el mejor de los casos (qué ambición tan osada), que se mire de manera distinta a sí mismo y a su potencial destructor.

Ant-ártica, denominada así por Aristóteles, porque si existía el ártico, también debía existir la Ant-ártica. La dicotomía entre los polos norte y sur se vislumbró desde el inicio. Con un solo polo se volcaría el planeta, se pensaba, es decir, la existencia de ambos era necesaria por una cuestión de simetría. Hasta ahora la Antártica aparece como un ejemplo positivo de la racionalidad humana, constituyéndose en antagonista del ártico. El hielo de la Antártica ha resistido a la presión del calentamiento global, en el ártico, en cambio, el caluroso verano de 2007 derritió una superficie cuatro veces más grande que Alemania. El ártico está rodeado de aguas calurosas provenientes del sur, la Antártica, en cambio, está aislada por la corriente circumpolar, que la protege del calentamiento. Mientras los países vecinos están ansiosos por iniciar la explotación de los recursos naturales del ártico, el contrato antártico prohíbe cualquier uso económico del continente y congela los derechos territoriales por lo menos hasta 2048. Mientras ya se cuenta fríamente con el fin del ártico, la Antártica todavía se puede salvar. Esta dicotomía debe determinar la estructura, una estructura maniquea. Se puede relatar en blanco y negro, mientras las emociones se queden en la zona gris.

© Jerzy Strzelecki, licencia: Creative Commons „Attribution ShareAlike 3.0”De pie en la cubierta exterior, mirando hacia fuera, resulta fácil olvidar cualquier civilización (el oído apenas reconoce el tenue ruido de los motores): ningún avión, ningún trozo de madera a la deriva, ningún mástil a la vista, solo el viento y las olas, solo formaciones de hielo y roca de tiempos primigenios que se transforman (aún) sin nuestra intervención, solo los pájaros silenciosos que dibujan mensajes efímeros en el cielo monocromo que no podemos descifrar.

Hasta ahora son pocos los autores que han escrito sobre la Antártica. A Nathaniel Hawthorne no se le permitió participar en la famosa expedición Wilkes, porque según un parlamentario “el estilo con que escribe este caballero es demasiado elocuente y adornado, para transmitir una impresión auténtica y seria del ambiente de la expedición. Además, un señor de tanto talento y cultura como el mencionado señor Hawthorne, nunca captará la relevancia nacional y militar de ningún descubrimiento.“

El glaciólogo se pregunta si con la exploración de la naturaleza no se estará firmando su condena a muerte. No se puede quitar de la cabeza la siguiente frase: en la obducción se detectó que la causa de muerte había sido la obducción. Teme a la entrega del científico, escribió en su diario, ella cubre su objeto, que terrible palabra, OBJETO, con el aliento de la muerte.

“Demencia de frío” es una expresión médica para designar una alucinación. La persona que se está muriendo de frío, imagina que tiene calor y se quita la ropa, a pesar de que su cuerpo está cerca de congelarse. Nosotros sufrimos, piensa del glaciólogo, de una demencia de calor, nos calentamos cada vez más, a pesar de estar a punto de morir calcinados. Una persona ad portas de la muerte por congelamiento, en el estadio de la demencia de frío, ya no está en condiciones de salvarse a sí mismo. El glaciólogo desembarca a los pasajeros y estrella el barco contra una roca, para que se hunda.

Nunca más, dicen las personas, que alguna vez han vivido el apocalipsis.

Ilija Trojanow,
escritor alemán, traductor y editor de ascendencia búlgara.

Copyright: Ilija Trojanow 2009

    Biografía

    © Peter-Andreas Hassiepen
    Ilija Trojanow (*1965 en Sofía/ Bulgaria) es escritor, traductor y editor alemán de ascendencia búlgara. Entre 1971 y 1984 vivió en Alemania, Kenia y Nairobi, desde 1984 hasta 1989, estudió Derecho y Etnología en Munich. En 1998 emigró a Mumbai, desde 2003 hasta 2007 vivió en Ciudad del Cabo. En los años 90, Trojanow escribió libros de no ficción y guías de viaje sobre África. En 1996 se publicó su primera novela, Die Welt ist groß und Rettung lauert überall (El mundo es grande y la salvación está al acecho en todas partes). Por su novela Der Weltensammler (El coleccionista de mundos) recibió en 2006 el premio de la Feria del Libro de Leipzig. En 2009 publicó junto con Juli Zeh Angriff auf die Freiheit (Ataque a la libertad) sobre el tema del estado controlador. Ilija Trojanow ha recibido numerosas distinciones, entre otros, el premio de literatura de la ciudad de Mainz 2007 y el premio Würth de la literatura europea 2010.