Raúl Zibechi | Work In Progress
Periferias bolivianas
A primera vista es difícil encontrar un patrón común. Cada una ofrece formas distintas de ocupar el espacio, están edificadas sobre terrenos bien distintos, sus habitantes suelen ser un abanico heterogéneo de gentes de las más variopintas procedencias, que sobreviven en modos de trabajo tan insólitos que apenas son distinguibles por oficios o profesiones. Sin embargo, las periferias urbanas de Bolivia, esos espacios fronterizos entre la ciudad y el campo, son desde el punto de vista social y político, pero también cultural y económico, una de las teclas decisivas para comprender un país que ahora se descubre, también en el terreno institucional, en todas su pluriculturalidades, contradictorias pero también complementarias.Dejar atrás la plaza central de Santa Cruz en dirección a la periferia, supone atravesar hasta cinco anillos concéntricos que nos trasladan desde la era colonial hasta la pobreza extrema. Plan 3000 se llama la mayor periferia de la ciudad, porque hasta allí se trasladaron otras tantas familias cuyas precarias viviendas fueron arrasadas por la crecida de un río, hace más de dos décadas. No es una periferia cualquiera. Se deben atravesar cuadras de campos baldíos por estrechas carreteras-avenidas hasta llegar a una zona densamente poblada por casitas de una sola planta, en cuyas aceras se amontonan mercancías con cierto desorden. Casi todas las familias viven del comercio ambulante que empieza en la misma puerta de sus casas.
La rotonda, el punto céntrico del Plan 3000, es un gigantesco mercado de frutas, verduras, pollos y carnes rojas, aparatos electrónicos y computadoras que conviven en extraña armonía bajo un sol pegajoso bañado de polvo.
El sur de Cochabamba es bien distinto. Perlado de cerros, los barrios populares se alzan más allá de toda lógica urbana por calles de tierra inclinadas, barridas por el frío del atardecer. El tránsito pesado delate el valle por el que transcurren las carreteras principales, desde las que se abren caminos irregulares por los que transitan hombres y mujeres que retornan del trabajo en el centro urbano. La pobreza no es tan apabullante como la del Plan 3000, quizá porque estos arrabales se hicieron barrios hace cuatro décadas y sus habitantes tuvieron tiempo, y deseos colectivos, de vencer la soledad y el abandono construyendo todo el equipamiento necesario, incluyendo los tanques de agua, la perforación de los pozos y las tuberías que les permiten abrir el grifo y bañarse.
El Alto es otra cosa. Una ciudad barroca, apretada, a cuatro mil metros, allá donde los vientos gélidos del altiplano barren todo rastro de vida. Construir El Alto es una proeza que sólo puede explicarse desde la voluntad colectiva aymara, potenciada y amarrada por la cultura comunitaria. Es moderna y tradicional, insufrible y atractiva, bulliciosa y solitaria. Una ciudad imposible en un sitio increíble. Sin embargo, El Alto atrapa al visitante sensible a la diferencia.
Estas tres periferias bolivianas tienen mucho más en común de lo podría suponerse. Se hicieron a sí mismas, desde la vivienda familiar hasta la identidad, atravesando los dinteles del individualismo para crear, como pueblos, mundos de vida donde sólo muerte cabía esperar. Hacen la historia reciente de Bolivia. Los barrios de Cochabamba revirtieron la privatización del agua con el estallido de abril de 2000, El Alto frenó la privatización del gas con la insurrección de octubre de 2003, el Plan 3000 frenó al fascismo en setiembre de 2008. Son hermanas, y lo saben.






