EUROPA-LISTE: En busca de una cultura europea

Lorenzo Silva

Lorenzo Silva © Mireya de Sagarra

Lorenzo Silva © Mireya de Sagarra

Alonso Quijano, europeo

Escribo estas líneas en Múnich, al sur del país que, según la opinión mayoritaria de los participantes en el sondeo organizado por el Goethe Institut, más y mejor representa el futuro de Europa. Hace un rato he visto a unos jóvenes turcos manifestándose en la Karlsplatz contra Erdogan, mientras mostraban banderas alemanas y de su país y retratos de Kemal Ataturk. En la cercana Sendligerstrasse cuatro hombres con uniforme del Ejército Rojo soviético cantaban en ruso acompañándose de un acordeón. En la ciudad abundan inusitadamente, al menos para un español, los Porsches y las bicicletas. Vehículos de consumo estratosférico versus vehículos ultraecológicos. Los carteles de la campaña de las elecciones bávaras de la coalición rojiverde claman contra los minijobs. Los del SPD prometen atenerse a la palabra dada. Los de la CSU se oponen a una ley de cuotas femeninas obligatorias.

Me permitirán que consigne estas impresiones recogidas al paso en una ciudad alemana, bajo el cielo azul y los nublados que se alternan este día de comienzos del verano, porque se me antoja que algo dicen, todas y cada una de ellas, de esta Europa de neta hegemonía germánica (si hemos de creer el sondeo): desde la presencia simbólica de los países que llaman a la puerta de la Unión o le hacen sentir su aparatosa vecindad, hasta la expresión de las crudas contradicciones que nos caracterizan a los europeos en tantos y tan relevantes aspectos.

El sondeo, sea cual sea su validez científica (seguramente no mucha, dado el procedimiento de formación de la muestra y su distribución, con tan alta representación alemana y tan irrisoria, por ejemplo, de británicos, irlandeses y portugueses), confirma cosas que sabíamos o sospechábamos, pero no deja de deparar alguna que otra sorpresa y algún resultado digno de comentario. Como a quien esto escribe se le ha pedido analizar la encuesta desde la perspectiva española, lo primero que corresponde es celebrar nuestro mayor éxito: la elección del hidalgo Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote de La Mancha, como la más importante criatura literaria europea de todos los tiempos. La designación, fundada y merecida, ratifica a este comentarista en una doble convicción que le acompaña desde hace ya algunos años: 1. Que la lengua en la que se escribió el Quijote es el más valioso activo (espiritual y, si supiéramos explotarlo, económico) que posee España. 2. Que el primer español de cualquier siglo, a mucha distancia del segundo, e igualando por sí solo en peso a la suma de todos los gobernantes con que la fortuna dio en castigarnos, es, sin la menor discusión, el viejo ex soldado manco don Miguel de Cervantes Saavedra.

Y hecha la celebración patriótica (que espero se me disculpe, los españoles no tenemos tantas ocasiones para ello últimamente), una consideración en clave europea: la proclamación de fe quijotesca de los europeos, o al menos de los europeos entrevistados, es algo que produce legítima y honda satisfacción, pero al mismo tiempo suscita alguna inquietud que no puede silenciarse. La parte buena es que, a través del personaje cervantino, Europa rinde homenaje a su ascendencia clásica, a esos griegos y romanos tan ausentes en los resultados de la encuesta (como si la Historia del continente hubiese comenzado anteayer) pero a los que Cervantes, como el resto de las gentes cultivadas de su tiempo, había leído y asimilado para formar con esa herencia su propio discurso, y así se percibe en muchas de las ideas que salpican la epopeya del hidalgo chiflado. No todo está perdido, si mantenemos el vínculo con quien supo recoger y traducir, en ese monumento a la belleza, la dignidad humana y la inteligencia, nuestro mayor legado cultural.

La parte quizá no tan buena es que los europeos seamos, en el peor de los sentidos, quijotescos, es decir, cargados de nobles ideales pero con poca maña y deficientes estrategias para llevarlos a la práctica. Esta dicotomía, admisible en un personaje literario cuya función es más simbólica que efectiva, resulta en cambio letal para una comunidad asentada en el mundo real, y más si éste es el mundo globalizado e implacable en el que nos ha tocado vivir. De una parte, esa desconexión entre principios y hechos vuelve a Europa fallida e incoherente; de otra, la hace débil frente a quienes sí tienen claras, a la vez en la teoría y en la práctica, sus prioridades esenciales, y se aplican con determinación a procurarlas. Europa especula mucho, proclama mucho, discute mucho, y a veces resulta exasperante lo poco o nada que hace.

En otros aspectos de la encuesta, aparte de este que se alza indiscutiblemente como el más significativo, la óptica española nos ofrece dosis mezcladas de cal y arena. Es verdaderamente halagador que después de tener al personaje literario más importante, los españoles tengamos al segundo artista más apreciado (tras nada menos que el inalcanzable Leonardo da Vinci), Pablo Picasso, y aun otro más, Dalí, entre los diez primeros, aunque sorprenda la ausencia de Goya y Velázquez, otro patrimonio cultural que claramente no hemos sabido vender.

También es digna de destacarse la presencia en la arquitectura de Antoni Gaudí, un verdadero fenómeno creativo que coloca su Sagrada Familia como el único edificio emblemático que España aporta al top ten del ramo, y que probablemente tenga la mayor porción de culpa de que Barcelona también esté entre las diez primeras de la lista en perjuicio de Madrid, mencionada por los españoles pero no por los europeos. Como vecino que soy de ambas, y conocedor de sus fortalezas y debilidades, constato que no hay tanta diferencia entre las dos, muy a la par en cuanto a los puntos de interés y los alicientes que ofrecen a quienes las visitan o en ellas residen. El recado en este caso sería para la alcaldesa de Madrid: no está vendiendo bien, o todo lo bien que debería, su ciudad allende las fronteras. Ya veremos si los pretendidos Juegos Olímpicos son una oportunidad para subsanarlo o un esfuerzo que nos habrá distraído (y siga distrayéndonos) de lo principal.

Las decepciones vienen, en primer lugar, del lado del deporte: los españoles consideramos a nuestros deportistas bastante más importantes de lo que los consideran los europeos (y por cierto, qué curioso que los más valorados sean los tenistas, cuando es el todopoderoso fútbol el que devora el espacio en los medios). Y qué decir de la gastronomía: con tantas estrellas Michelin adjudicadas a nuestros supercocineros, nos habíamos crecido mucho, y resulta que los europeos creen que se come mejor en Francia o Italia, cosa que cualquiera que haya recorrido con cierta intensidad los tres países bien sabe que no es cierto. A lo mejor aquí el recado va para esa gastronomía depauperada que se ofrece en nuestras zonas más turísticas, y que habría que hacer algún esfuerzo por mejorar. No puede ser que en cualquier fonda de cualquier pueblo recóndito español se pueda disfrutar de una comida excelente y que en el escaparate, las playas de gran afluencia, se sirva bazofia.

Otro tanto hay que decir del idioma: que los europeos sigan considerando al alemán y al francés más importantes que el español, uno no sabe si es fruto de una visión desenfocada por su parte (el español es la segunda lengua de los usuarios de Internet; ése es un dato objetivo que admite poca interpretación), u otro indicio de lo mal que rentabilizamos los españoles el mayor activo intelectual del que disponemos. Si bien la agencia especializada que se encarga del asunto, el Instituto Cervantes, ha mejorado mucho en los últimos tiempos, también parece que el esfuerzo en este sentido debería repensarse e intensificarse.

Aunque quizá lo que más duela, a un país tan tradicionalmente europeísta como España, es no aparecer siquiera en la lista de los estados miembros de los que más depende el futuro del continente, donde por ejemplo, y con buen criterio además, sí que aparece Grecia, la madre de todos nosotros. Ese desplazamiento a los márgenes de la irrelevancia continental de un país que durante siglos estuvo en su mismo centro, y que perdida esa posición tanto aportó y tanto sigue (y podría seguir) aportando a la construcción europea, empuja a quien se siente español a una irreprimible melancolía. El dato nos extiende la factura de una gestión muy mejorable de nuestro potencial y de nuestra marca como país; también de los esfuerzos que históricamente los españoles hemos venido dedicando a afirmarnos los unos contra los otros, en vez de bogar todos a una en pos de un destino común.

Tampoco es buena noticia para Europa, empero, esa descompensación tan abrupta hacia Alemania, considerada como centro por más del 50% de los encuestados (incluso con lo que deba matizarse el dato por el hecho de tratarse de una encuesta organizada por una institución alemana y en la que es de esa nacionalidad el mayor número de participantes). Una Unión que aspire a contar y decir algo en el mundo no se construye con una hegemonía tan absoluta de uno de sus miembros que lleva, de facto, al ninguneo de buena parte de resto. Unos Estados Unidos de América donde California, o Illinois, o Nueva York, concentraran todo el poder de decisión, reduciendo a comparsas a los demás, no habrían podido alcanzar los logros que han alcanzado. Esto es tan evidente que deberíamos reflexionar. El liderazgo económico y político de Alemania, y su formidable herencia cultural, que tantos admiramos y reivindicamos, pueden, seguramente, ser administrados de forma mucho más provechosa para Europa y para los propios alemanes.

Y para terminar, una paradoja: el continente cuyos habitantes consideran la democracia como su mayor aportación (aunque en algún país, todo hay que decirlo, gana el Skype), sigue sin elegir en las urnas a los presidentes de sus dos máximos órganos de gobierno.