Dos semanas después de la abertura del muro, éramos los únicos que aún no habíamos estado en el oeste. En la clase de Robert, todos los niños habían visto ya Batman.
(…)
Aquel mismo día llevamos los libros a Berlín y comimos cerca de la editorial Henschel. Creía que al llegar a Michendorf, después del tramo de tres carriles de la autovía, giraríamos hacia el Berlín Oeste, pero a la hora de la verdad seguimos el itinerario habitual. Berlín, es decir, el este de la ciudad, no era más que el vestíbulo dónde uno esperaba antes de poder pasar al salón principal. Me pregunté por qué la camarera y el hombre de la barra seguían trabajando en el este, como si el muro aún siguiera en pie. Después de comer y beber, bajamos por Friedrichstrasse en dirección a Checkpoint Charlie, tal y como me había pedido Robert. Mientras esperábamos nuestro turno (ante nosotros había tan sólo unos pocos coches), comprendí por primera vez el sentido de la palabra «checkpoint». Hasta entonces, «checpoincharli» había sido tan sólo un puñado de sílabas, un sonido, una burbuja de chicle que en el momento de más silencio, con el tañido de las campanas de la torre Spasski, te estallaba en los labios. Le pregunté a Robert si sabía lo que significaba «checkpoint» y dijo que sí. Michaela me pidió que no me las diera de maestro. Pasaporte, mirada, pasaporte, gracias, adiós. Ni comprobaron el sello, ni nada. Michaela creía que aún teníamos que pasar el verdadero control. Giré a la derecha, no tenía ni idea de adónde tenía que ir. Queríamos ir al Berlín Oeste, pero ya estábamos allí, ¿comprende? Ir al Berlín Oeste significaba entrar, estar en el oeste, no pasearse.
Al cabo de una hora llegamos al extremo inferior del Kurfürstendamm. Encontré un sitio para aparcar y fuimos a un banco a recoger el importe de bienvenida. Luego caminamos un rato por Ku’damm, nos perdimos por los callejones laterales y terminamos en otra calle ancha con muchas tiendas. Allí, siguiendo los pasos de Michaela, entramos en una librería, en el suelo de la cual había amontonados numerosos ejemplares de una novela de Umberto Eco. No pude evitar reírme al ver, frente a un supermercado, aquellas enormes cestas de la compra con ruedas. De pronto me entraron ganas de aprovisionarme como un hámster y poder pasarme varios días sin tener que salir de casa.
Más tarde entramos en otro supermercado donde hacía un calor terrible. Con nuestras cosas colgadas sobre el brazo, fuimos de piso en piso como si buscásemos algo en concreto. Nos separamos durante tres cuartos de hora, cuando a Michaela se le ocurrió que quería comprarle un uniforme de Jugendweihe a Robert. Me dio dos billetes de cincuenta D-Mark y se llevó a Robert con ella por las escaleras mecánicas.
Les seguí con la mirada, no tenía ningunas ganas de pasarme tres cuartos de hora solo. Pensé: eres libre, más libre que nunca en tu vida. En medio del Berlín Oeste, podía hacer y dejar de hacer lo que me placiera.
© Editorial Destino, Barcelona, 2008








