"Mantener el status quo nunca basta, en ninguna situación histórica." Jorge Semprún

Jorge Semprún (Madrid, 1923) fue político, novelista y guionista cinematográfico. Estudió Filosofía en La Sorbona. Durante la Segunda Guerra Mundial fue detenido y enviado al campo de concentración de Buchenwald por colaborar con la Resistencia francesa. En los años 50 y 60 participó desde París en la oposición contra Franco. Fue ministro de Cultura entre 1988 y 1991, durante la presidencia de Felipe González. Ha recibido múltiples premios internacionales por su obra literaria. En junio de 2011 murió en París.
Señor Semprún, usted fue ministro de Cultura de España y recibió hace dos años la medalla del Goethe-Institut con la que se reconocía su compromiso con el diálogo y la reconciliación entre los países europeos y su esfuerzo por una identidad europea. Es usted por lo tanto una persona especialmente indicada para opinar sobre algunos aspectos de la política cultural alemana hacia el exterior. Las preguntas que le vamos a hacer se basan en las hipótesis que la actual presidenta del Goethe-Institut, la señora Limbach, ha esbozado con motivo de nuestro cincuentenario.
Europa se encuentra actualmente en una crisis de legitimidad. El rumano Andrei Plesu defiende la hipótesis de que el éxito de la integración europea depende, entre otras cosas, de poder armonizar de manera prudente sus diferencias. ¿No implica esto la cuadratura del círculo? ¿Cómo debemos afrontar este reto?
Con dicha afirmación se puede estar de acuerdo. Sin duda Europa se encuentra en una crisis de legitimidad, es decir, una crisis de sus valores comunes, una crisis en el pleno sentido de la palabra. ¿Sabemos todavía qué valores son realmente europeos? ¿Son los valores de la tradición o acaso los valores de un futuro revolucionario?
De todas maneras y paradójicamente, la hipótesis del rumano Andrei Plesu es correcta. El éxito de la integración europea depende realmente de “poder armonizar de manera prudente sus diferencias”. ¿Es la cuadratura del círculo? Quizás, pero justamente por ello es importante esta hipótesis: porque tiene una fuerza utópica, porque se pronuncia de manera dialéctica.
¿Hasta dónde llega la posibilidad de una identidad europea? ¿Incluye Turquía? ¿Y los países de la ex Unión Soviética?
Yo soy partidario de que se mantenga la negociación con Turquía con la perspectiva de integración, aunque sea a muy largo plazo, porque es un desafío importante para Turquía y para Europa. Pero es un problema muy complejo y muy controvertido. No se puede tratar en dos frases.
Es evidente que la Europa central del antiguo Imperio soviético es totalmente europea, es decir los países que fueron abandonados después de Yalta a la Unión Soviética, como la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Polonia.
Claro, cada uno tiene su propia definición de la frontera: George Steiner dice que la Europa es el lugar de los cafés, y como hay cafés desde San Petersburgo hasta Lisboa, pues Europa puede ser desde San Petersburgo hasta Lisboa. La definición de Europa siempre ha sido muy poco precisa. De Gaulle hablaba de Europa como “de l’Atlantique à l’Oural”, lo que es muy vago, y Napoleón hablaba de “Las Columnas de Hércules”, o sea desde Gibraltar hasta más allá del Ural. Yo creo que la posible identidad europea no hay que definirla geográficamente, sino cultural y políticamente. Estaría más lejos de Europa un país del centro de Europa si no fuera democrático que uno que geográficamente está distante. Por ejemplo, por su régimen político está más lejos de Europa Bielorrusia que Rumania aunque Bielorrusia esté al lado de Ucrania.
Siguiendo esta línea de argumentación, ¿pertenecen entonces el cristianismo, el judaísmo y el islam juntos a los valores europeos o habría que excluir el islam?
El islam no se puede incluir. Yo creo que se puede hablar del cristianismo como primera identidad, de la Ilustración como segunda identidad, de la Revolución francesa como la tercera identidad, y ahora de los valores democráticos en general, que son una síntesis de la civilización cristiana.
El desafío del islam es un fenómeno nuevo, reciente. Durante siglos ha existido un choque con el islam. Y ahora se plantea la necesidad del diálogo, porque hay poblaciones islámicas en toda Europa, en España, en Francia y en Alemania. Es un problema nuevo. No creo que sea un problema de la identidad del pasado, sino de la identidad del futuro de Europa.
Los institutos Goethe deben fomentar el diálogo entre las culturas; después del 11 de septiembre del 2001 deberían promover aún más el diálogo con el islam. Esta afirmación vale también para ciudades como Barcelona, donde durante los últimos añosha crecido el porcentaje de la población islámica. ¿Qué ocurre si en el intento el diálogo llega a sus límites? ¿Puede haber límites para dialogar? ¿Qué deberíamos hacer entonces?
No hay límites para el diálogo. Límites históricos existen, desde luego. Para reflexionar sobre ello podemos leer a Bernard Lewis y Mohamed Charfl. Las diferencias actuales con el islam existen sobre todo en el nivel de los derechos democráticos, en la separación entre las confesiones religiosas y el Estado, en la igualdad de la mujer. Estas diferencias históricas pueden ser superadas con el paso del tiempo.
¿Cómo respondemos en Barcelona entonces a una situación concreta de grupos musulmanes que tienen tradiciones contrarias a las nuestras, como el papel de la mujer? ¿Qué postura debemos tener cuando dialogamos con ellos? ¿Les tenemos que convencer de que nuestras tradiciones valen más que las suyas?
Esto no es fácil. Pero creo que los países democráticos, a la larga, no pueden ser muy flexibles. Los musulmanes no se integran en la democracia cuando se permite que funcionen las escuelas islámicas, que funcione el integrismo, etc. Creo que hay unos valores democráticos que tanto Francia como España pueden imponer –en el sentido democrático de la palabra– porque forman parte de la Constitución. No se trata de imponerlos por la policía en un cuarto de hora, se trata de hacerles comprender que, si quieren permanecer en España, si quieren que su familia y sus hijos vivan en España, hay un mínimo de valores democráticos, que tienen que aceptar y acatar. Por ejemplo, la igualdad de la mujer es uno de los valores fundamentales de la democracia. Aunque haya un proceso educativo, no se puede tolerar que haya una parte de la población que se permita el lujo de pegar a las mujeres y de ser polígama. No es posible.
A los institutos de cultura nacionales se les suele asignar el cometido de fomentar una identidad europea. ¿Considera usted que los institutos culturales tienen esta obligación? ¿No será cada vez más obsoleto el principio de la nacionalidad, a medida que avanza la integración europea?
Yo creo que el papel histórico de fomentar la cultura nacional y difundirla se mantiene todavía. El colectivo de valores comunes que es la Unión Europea está basado y fundado en la diversidad de sus idiomas y sus artes. Ahora bien, creo que por la mera colaboración entre los institutos Goethe, Cervantes, Alliance Française etc. van a ir destacándose cada vez más los valores comunes de todos estos institutos. Y claro, a la vez que se propagan los valores de las culturas nacionales, como el cine francés por la Alliance Française, el cine español por el Cervantes y el teatro alemán por el Goethe, habrá cada vez más empresas comunes. Por ejemplo un acontecimiento en torno a Goethe puede ser europeo, porque Goethe no sólo ha sido alemán. Goethe es un personaje de la historia de Europa. Se puede perfectamente imaginar que los institutos Goethe y Cervantes organicen juntos algo entre Goya y Goethe. Goya y Goethe son coetáneos completamente. Han vivido exactamente en la misma época, casi año por año. Entre Goya y Goethe se puede hacer una comparación de las identidades liberales y democráticas que son las identidades europeas.
Se habla mucho de la “Europa de las Regiones”. Si lo consideramos seriamente, ¿no se debería entonces crear un instituto de cultura vasco o un instituto de cultura catalán siguiendo el modelo del Cervantes?
Creo que puede ser una perspectiva algo difícil de realizar. Para empezar, los Estados que tienen esa diferencia cultural interna, como España por ejemplo, deberían hacer que su instituto cultural fuera instrumento de la difusión de todas las culturas del país. Y en el caso de España, aunque la lengua castellana es mayoritaria, debería ser un vehículo de propagación de las culturas de Cataluña, de Euskadi, de Galicia y de Castilla. No creo que sea necesario propagar la cultura vasca paralelamente al Instituto Cervantes porque sería una duplicación de gastos y de esfuerzos.
¿Cómo podríamos imaginarnos un instituto cultural europeo del futuro? ¿Deberían los países ricos europeos pagar una red de institutos europeos que tengan la obligación de fomentar también la cultura de los países que tienen menos dinero?
Yo creo que lo que se ha hecho con los fondos que se llaman «fondos estructurales de ayuda», que han ido a España y Portugal durante muchos años y que ahora van sobre todo a los países como Polonia, que los necesitan más, podría hacerse también en términos culturales.
A través de los medios de comunicación, conciertos, museos, festivales, etc. es cada vez más intenso el intercambio cultural entre los diversos países europeos, sin que intervengan los institutos culturales. Preguntando de manera algo provocadora: ¿no tiene lugar el intercambio cultural hoy en día más bien así o incluso en internet y no a través de los Institutos culturales? Este hecho ¿exige a los institutos culturales cambiar su postura? ¿Necesitaremos otras prioridades?
Yo no creo que el intercambio cultural por Internet o por otras vías acabe con los institutos. Es un peligro, pero yo creo que depende mucho de la imaginación de cada instituto, de lo que propone, de que sea algo que no pueda conseguirse de otra manera. La sala de Biblioteca del Cervantes de Berlín por ejemplo. Una biblioteca como ésa no la puede ofrecer nadie. Creo que las personas que van a los Institutos Cervantes, a sus bibliotecas, van a ver los libros, a tocar los libros. Van a completar o a profundizar la información que han obtenido por Internet. No creo que internet excluya las bibliotecas. Creo que las dos cías de difusión de la cultura pueden hacerse perfectamente complementarias. Habrá pequeños conflictos, contradicciones momentáneas, pero si los institutos saben que su difusión es complementaria a la difusión por la Red, pueden llegar a una cooperación entre los medios diferentes. A la vez deben desarrollar la diversidad cultural y el intercambio vivo. Esto no puede darse a través de la Red, ¿no?
Los institutos de cultura europeos reciben este año el Premio Príncipe de Asturias. El jurado ha subrayado la aportación de estas instituciones a la preservación y difusión del patrimonio cultural europeo así como de los valores éticos y humanísticos y democráticos en todo el mundo. ¿Se puede superar este éxito? ¿Cree usted que se trata ahora de seguir en la misma línea para mantener este status quo, o aún debemos hacer progresos?
Mantener el status quo nunca basta, en ninguna situación histórica. Todo aquello que mantiene únicamente su status quo está condenado a fracasar.
¿Qué consejo daría usted al Goethe-Institut de Barcelona sobre la dirección hacia la que debe desarrollarse?
No soy ningún consejero. Pero combatiente o colaborador del Goethe-Institut Barcelona eso sí me gustaría ser.
Muchas gracias por esta entrevista.
Escritor y ex ministro de cultura













