La Europa cultural

Josep Ramoneda (Cervera, Lérida, 1949) es filósofo y periodista. Fue profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona y dirigió el Instituto de Humanidades. Colaborador de La Vanguardia, El País y la Cadena Ser, ha dirigido la colección "Textos filosóficos" de Ediciones 62 y ha fundado la revista cultural "Saber”. Entre sus numerosas publicaciones destacan Después de la pasión política (Taurus, 1999) y Del tiempo condensado (2003). Actualmente dirige el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Para los que vivimos el tardofranquismo, los institutos extranjeros de cultura tendrán siempre el aura de archipiélagos de libertad. Es lo que varios de ellos, el alemán, por ejemplo, fueron entonces. La personalidad del director desempeñaba un papel importante. Por eso los institutos extranjeros subían y bajaban en la bolsa de las complicidades según quién estaba al mando. Por eso más que institutos, lo que ha quedado en la memoria han sido algunos nombres. Algunos directores eran más combativos, más curiosos y más comprometidos que otros. Pero en los institutos extranjeros se encontraban libros, se pronunciaban conferencias, se organizaban seminarios que estaban prohibidos en otras partes. Y se podían escuchar y aprender otras lenguas de cultura, cosa rara en medio del erial franquista. Así se gestó una larga complicidad.

La democracia normalizó las cosas. Y la relación entre la ciudad y los institutos extranjeros también. En cierto sentido, perdió magia. Por fin, nosotros ya empezábamos a ser como ellos. Y por tanto se había acabado la tarea excepcional de solidaridad que durante largo tiempo habían desarrollado. Pero muchos ciudadanos barceloneses han descubierto el mundo –el cultural, especialmente- a través de ellos. Y su cooperación sigue siendo imprescindible para crecer en cultura y virtud. El factor humano sigue siendo decisivo. En cultura más todavía. Y la historia de los institutos extranjeros de cultura sigue siendo la historia de sus directores. En eso nada ha cambiado.

La mayoría de los institutos de cultura en Barcelona son europeos. Y creo que ésta es la perspectiva de futuro. Entiendo que los institutos de cultura tienen dos funciones: una la de ir tejiendo la red de complicidades entre europeos que nos permita  hablar pronto de un espacio cultural común, compartido; otra la de hacer con los países en vías de desarrollo la función suplementaria que realizaron con nosotros. Como director del CCCB, cada vez que pienso en llevar a cabo una actividad cultural en un país africano, por ejemplo, lo primero que se me ocurre es llamar al instituto alemán o al instituto francés de la ciudad correspondiente, porque sé, por nuestra experiencia barcelonesa, de su eficacia subsidiaria.

Europa. Ahora que ya estamos todos, Praga incluida, ahora que hemos alcanzado el grado de madurez política que nos permite incluso pelearnos por una Constitución, los institutos pueden contribuir a trenzar lazos culturales que permitan crear verdaderos protocolos de comunicación entre europeos. El debate, la relación, la complicidad cultural sólo puede establecerse sobre el conocimiento mutuo. Lo demás es marketing y publicidad. Y conocerse significa reconocer los referentes culturales de unos y otros. Evidentemente, hay medios mucho más poderosos que los institutos de cultura para promover la comunicación cultural en Europa: desde las televisiones hasta las casas editoriales, pasando por la prensa escrita o los intercambios tipo Erasmus. Y muchos más. Pero en su aparente modestia los institutos de cultura tienen un trabajo muy importante que hacer, que empieza por la lengua, pieza clave de cualquier ejercicio de comunicación. Y si exceptuamos el inglés que es ya fundamentalmente una mercancía, en la medida en que se ha convertido en la lengua franca y, por tanto, va sobrada de medios para imponerse, los demás idiomas necesitan ayuda para traspasar fronteras. Y los institutos la dan. Y la dan en clave cultural: es decir, poniendo de manifiesto desde el primer instante que una lengua viene siempre acompañada de un gran marco cultural de acompañamiento.

Los institutos extranjeros como agentes de relación cultural entre países, que contribuyen a eliminar barreras culturales y que construyen canales a través de los cuales se pueden comunicar aquellos agentes culturales que no son tan mimados por los medios convencionales.

Esta dimensión no debe hacer olvidar la otra. Sigue siendo necesaria en muchos países la tarea de alfabetización que los institutos hicieron en España durante la larga noche del franquismo. A través de ellos se pueden abrir las puertas al mundo a ciudadanos metidos en universos culturales muy cerrados. Y quizás se puede ayudar a dar de Europa una imagen un poco más compleja. Algo más que el paraíso que creen que es los que desesperados por vivir en países convertidos en callejones sin salida están dispuestos a hacer cualquier cosa hasta llegar aquí.

Se habla de alianza de civilizaciones. No hay mejor alianza que ir regando con gotas de nuestra cultura a algunos países, al tiempo que se les facilitan caminos para hacerse oír entre nosotros. La cultura es todavía privilegio de élites, en especial en los países menos desarrollados. Pero el estado de espíritu de las élites es determinante de muchas cosas.

Cultura sin fronteras ni barreras. Éste debería ser el lema de los institutos extranjeros. Que aunque vehiculen elementos culturales con denominación de origen, adquirirán su nuevo sentido trenzando redes con los institutos de otros países y de otras culturas. Las sociedades homogéneas, felizmente, ya no existirán jamás, las culturas nacionales son el pasado. Todos estamos en la misma burbuja cultural. O al menos esto es el cosmopolitismo.

Josep Ramoneda Molins
Director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)
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