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Sylt - Isla de aves de paso

 Foto: (CC0) Fitze, pixabay.com

Foto: (CC0) Fitze, pixabay.com

Bonita. Tranquila. Pija. De ancianos. Era todo cuanto había escuchado acerca de Sylt. “Insel der Reichen und Schönen” la han llamado los alemanes durante décadas. La Marbella del norte, cuna del famoseo en los años 60.

Porsches y Lamborghinis se aparcan en el mes de julio frente a la puerta de hoteles de lujo construidos tras las dunas. Nos habían preguntado en la empresa de catering quién tenía ganas de trabajar unas semanas en la isla y yo había respondido que “mmm…”, que bueno, que vale. En verano sin dudarlo, pero en febrero la verdad es que no me entusiasmaba tantísimo la idea de desplazarme aún más al norte para trabajar; a los pies de Dinamarca, tres horas en tren de Hamburgo. Pero a falta de bodas y ferias tecnológicas por aquellas fechas en la ciudad (íbamos allá a donde necesitasen camareros extra) acabé convenciéndome de que sería una experiencia curiosa. Eso y que tenía que cumplir mis horas de contrato de media jornada.

Recuerdo que llegué al centro de Sylt tarde, estaba oscureciendo y chispeando. Tuve que coger un autobús para terminar de alejarme de la civilización y dar con el hotel, ubicado en el extremo norte de la alargada isla. Una joven amable me entregó en recepción un saco negro cargado de sábanas y toallas y unas llaves y me indicó que al otro lado de la calle estaban las casitas del personal. Cinco minutos andando. El lugar era inconfundible puesto que ahí no había nada más; salvo una gasolinera y una panadería. Ni nadie. “Madre mía qué hago yo aquí” recuerdo que pensé mientras cargaba con una mano el saco aquel enorme negro y con la otra la maleta. También cuando me alojé en la habitación y comprobé que no tenía internet.

Pero al día siguiente comenzaría la rutina de trabajo y bandeja arriba y bandeja abajo y qué simpáticos los compañeros y el sentimiento de equipo hizo de aquel lugar un lugar apacible. Teníamos derecho a dos o tres comidas diarias en la Kantine, gratuitas y contundentes. De turno partido servíamos bebida en los desayunos y cenas del restaurante principal del hotel, cuya oferta de buffet era inagotable. Una pena que lo sobrante fuese a parar cada medianoche a la basura. Las lámparas que caían del techo eran hermosas. Aprendimos a moldear servilletas de tela. Las copas y cubiertos debían montarse y lucir armoniosamente a la vista de unos clientes que respondían educada y agradablemente al trato. Jubilados, parejas de empresarios… y alguna que otra familia con hijos. Pomposidad máxima pero engreimiento jamás noté. “En verano al subir los precios de las habitaciones la clientela es distinta. Entonces muchos te miran por encima del hombro” me comentaba el jefe alemán encargado de sala. Después añadía que en esos meses también duplicaban casi su sueldo con la propina.

Los que pertenecíamos a empresas externas de propina no vimos nada. Por lo visto se hacía un recuento general que se ingresaba a final de mes en la cuenta de la plantilla fija. Que era una plantilla a su vez cambiante: la mayoría de los compañeros que trabajaban directamente para el hotel no tenía intención de quedarse en la isla más que el tiempo justo y necesario para ahorrar dinero. Cinco, nueve, doce meses… De ahí que el hotel necesitase constantemente contratar gente tanto en verano como en invierno (más en verano), porque el personal se acababa siempre marchando. Serbios, italianos, polacos, griegos… había un altísimo porcentaje de extranjeros. Dos chicas de Cádiz me encontré una vez que me perdí entre los pasillos. “¡¡Ay hola!!” Como quien saluda a su vecina de toda la vida. Al igual que en cocina, para limpiar habitaciones no exigían nivel de alemán.

Durante los meses fríos, lo más entretenido que se podía hacer en aquel brazo aislado de la isla era trabajar. Pero en cuanto sale un rayo de sol esta adopta otro color y merece la pena de verdad perderse en sus playas. No me extraña que pintores y escritores encontrasen inspiración en ellas allá por los años 20. Yo me quedé con las ganas de alquilar una bicicleta; hay todo un carril que bordea la costa y muestra la rica flora isleña (más de un tercio de la isla es espacio natural protegido). Las cafeterías del centro y su paseo marítimo también son dignos de visitar. Consumir en la calle es caro, eso sí. Yo me permití únicamente alguna que otra merienda. Hay quien paga hasta por adquirir su propio asiento de madera en la arena (Strandkorb). Pero el precio más disparatado es el de la vivienda: los trabajadores no tienen opción de alquilar libremente habitación ni muchos isleños de comprar casa. La isla en cambio está repleta de caserones de techo de paja deshabitados, propiedad de turistas que veranean una semana al año ahí. O no, se habla también de especulación. La calle más cara de Alemania se encuentra en el barrio de Kampen y el metro cuadrado llega a costar hasta 35.000 €.

Quien busca fiesta también la encuentra: precisamente en este barrio, escenario de eventos al aire libre y discotecas en verano. Contaban mis compañeros que en agosto salían a bailar tras el servicio y regresaban juntos al hotel en taxi. Aburrir no se va aburrir quien se anime a trabajar en un hotel así en los meses calurosos. En invierno por el contrario no repetiría la experiencia. Y para quien su economía no le permita como turista trasnochar en Sylt, siempre queda la alternativa de excursión dominguera: ida y vuelta en tren en un mismo día desde Hamburgo. Muy recomendable para llevarse por lo menos una pincelada general del hermoso cuadro que ofrece en verano esta isla norteña.



Vanesa Rodríguez Schoos,
de madre alemana y padre sevillano, a caballo siempre entre las dos culturas; el alma y las raíces en el sur. Estudié Periodismo con la mirada puesta en la historia, la fotografía y la comprensión de la gente, sus formas de expresión y actuación en el mundo.

Copyright: rumbo @lemania
Julio 2017

Idioma original: Castellano

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