Sobrevivir

Preparados para lo peor – el miedo de los alemanes al riesgo

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Intensas nevadas, ululantes tormentas de nieve, carreteras resbaladizas: puede que el espanto blanco del invierno arroje luz sobre los puntos débiles y los ocultos puntos fuertes de un país.

En Gran Bretaña la más ligera nevada pone de manifiesto de manera impresionante la absoluta incapacidad de la infraestructura viaria nacional para hacer frente a acontecimientos imprevistos. Los trenes se detienen en el eurotúnel y en los aeropuertos se forman caóticas aglomeraciones de pasajeros airados, bloqueados y sin duchar. La famosa impasibilidad de los británicos se tambalea ante el frío. En Estados Unidos, que a menudo está expuesto a un invierno mucho más riguroso que Europa, la gente se afana durante horas para finalmente aparecer en su puesto de trabajo orgullosos de haber conseguido llegar: la nieve saca a la luz el antiguo espíritu pionero. Y algunas sociedades han aprendido a manejarse con nevadas repentinas y a prepararse razonablemente para afrontar eventualidades de este tipo. Cuando en los paneles de llegadas se acumulan los vuelos cancelados se puede tener la absoluta certeza de que los aviones procedentes de Moscú (y de Suiza) llegarán a su destino.

La necesidad social de sentir miedo

Pero en Alemania, ¡ay!, en Alemania los temporales de nieve desatan un ciclo de pánico: febril planificación de emergencia, una cierta decepción y, finalmente, un alud de acusaciones recíprocas. El filósofo de Gießen Odo Marquard escribía hace veinte años sobre la “dinámica del miedo”, la necesidad social de sentir miedo. Y sobre la búsqueda de amenazas cuando no existe ninguna real. En Alemania el tema gira normalmente en torno a epidemias, empezando por las vacas locas, pasando por la gripe aviar, para llegar a la actual gripe A. Se localiza un problema médico y se proyecta estadísticamente a escala nacional. La prensa sensacionalista compone el correspondiente escenario catastrofista, porque eso aumenta la tirada y proporciona más clics en Internet que cualquier otro tema de gran carga emocional. Se pone en marcha el gigantesco aparato planificador de los alemanes, se constituye un estado mayor de emergencia, se encargan toneladas de medicamentos y se preparan unidades especiales de cuarentena.

Y al final apenas ocurre nada.

Eso se considera la prueba de que las medidas preventivas surten efecto, igual que los curanderos recitan conjuros para expulsar a los malos espíritus. Nadie se pregunta en serio si no se habrá exagerado desde el principio con la supuesta amenaza.

El eje del pesimismo

Y lo mismo ocurre cuando en Alemania comienza la estación del año de los temporales de nieve. El eje del pesimismo que integran planificadores y redactores de titulares predice un caos nevado antes de cada tormenta y aciertan – porque los alemanes se lanzan inmediatamente a los supermercados a comprar alimentos para cuatro días – o se equivocan, lo cual genera un sentimiento difuso de enfado en el país.

En cualquier caso, la aparición de la nieve se considera un momento en el que todo alemán debe cumplir con su deber para amortiguar la situación de crisis. La ley no deja margen de duda al respecto. Cada uno es responsable de tener limpia de nieve la acera delante de casa a partir de las siete de la mañana, de mantenerla despejada hasta las ocho de la tarde y también de que haya un camino libre de hielo de por lo menos un metro de ancho. Para derretir el hielo el morador de la vivienda debe esparcir sal o arena sobre la acera (el alemán tiene incluso la palabra streupflichtig (N.d.T. - literalmente, “obligado a esparcir”para designar esta obligación) siendo la autoridad local la que determina qué cantidad exacta hay que emplear.

Estas disposiciones, estas precauciones al más pequeño nivel, van unidas a la suposición no formulada expresamente de que quien habita en la vivienda debe pasar 13 horas al día mirando por la ventana ya que es necesario intervenir cada vez que vuelve a acumularse nieve o vuelve a variar la temperatura. Por tanto, estas precauciones contribuyen al caos en lugar de resolverlo. La gente prefiere no ir a trabajar a arriesgarse a ser denunciado o demandado judicialmente por un transeúnte que se resbala sobre el hielo delante de la puerta de su casa. Este invierno la Federación de Inquilinos ha hecho incluso una recomendación oficial: “no abandone la vivienda si no está asegurado”. Por supuesto, si uno está demasiado enfermo como para palear nieve o es demasiado pobre como para pagar a otros para que lo hagan puede solicitar una autorización excepcional a las autoridades locales. Para ello hay que demostrar que se cumplen todos requisitos por completo, inclusive certificados médicos y una declaración de ingresos.

El país europeo con más seguros

“¡Vaya con el orden alemán!”, exclama un colega frustrado que ha pedido a su vecino jubilado que no pierda de vista durante un par de horas el camino que pasa delante de su casa. Naturalmente, se refiere al supuesto amor al orden de los alemanes. Pero el problema tiene otra causa, a saber, el miedo de los alemanes al riesgo. Alemania es el país europeo con más seguros. Los alemanes se aseguran contra el robo, los daños ocasionados por el agua, el vandalismo, las acciones legales y los daños causados en hogares ajenos. Naturalmente, en otras sociedades también existen mecanismos de protección similares. Pero nadie adopta con tanto afán el sistema de seguros como los alemanes. ¿Un cartero tropieza con un adoquín suelto cuando va a entregar una carta? Un caso claro de responsabilidad civil del propietario de la casa – por los pantalones rotos, el tratamiento médico, la pérdida de ingresos y los posibles daños psicológicos derivados de ello. El seguro de responsabilidad civil corre con los gastos. Pero quizá se recurra la demanda, no hay problema, porque tanto el propietario de la vivienda como el cartero tienen un seguro de protección jurídica. No es de extrañar que los juzgados alemanes estén tan sobrecargados. Ni que 245.000 alemanes trabajen en el sector seguros.

La nieve es un regalo del cielo para las compañías aseguradoras. Esto también explica en parte por qué las emociones se disparan cuando se trata el tema de la retirada de la nieve. Este invierno un casero de 66 años se quejaba en Nuremberg porque tenía miedo a que un transeúnte pusiera una denuncia ya que su inquilino de 41 años no tenía la acera totalmente libre de hielo a las siete de la mañana. El inquilino, agotado después del trabajo, perdió el control y pegó al casero. Las dos esposas se sumaron al tumulto y los cuatro terminaron en el hospital. Hay innumerables disputas que no llegan al grado de violencia de la bronca de Nuremberg pero sí suelen terminar con malas palabras entre vecinos y una cita judicial. Entretanto, también salen a escena los ortopedas dando consejos sobre cómo se debe palear correctamente la nieve: por lo que parece esta actividad puede dañar la columna vertebral y ocasionar una hernia discal. ¡Un asunto peligroso!

Me muero de impaciencia porque llegue la primavera cuando las tuberías revientan, peligrosos carámbanos caen de los tejados y las crecidas de los ríos inundan los sótanos. Y – no lo olvidemos – cuando florecen los primeros crocus.



Roger Boyes
es corresponsal en Alemania del periódico británico “The Times”. Vive en Alemania desde hace veinte años y escribe la columna “My Berlin” en el “Tagesspiegel”. En su libro “My dear Krauts” describe con el típico humor británico las peculiaridades de la vida cotidiana en Alemania.
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Enero 2010

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