El Salvador

Mauricio Orellana

(c) Jesé Campos Maurico Orellana | (c) Jesé Campos Mauricio Orellana Suárez nació en San Salvador, El Salvador, en 1965. Estudió ingeniería electrónica y ha sido director y editor de la Revista "Cultura" de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de El Salvador. Actualmente se desempeña como corrector de textos y traductor independiente.

Es autor de la novela "Heterocity" (Ediciones Lanzallamas. San José, 2011), el libro de cuentos "La teta mala" (Editorial Germinal. San José, 2011), la novela "Cerdo duplicado" (Uruk Editores. San José, Costa Rica, 2014), entre otros.
Mauricio ha sido ganador del "Premio Centroamericano de Novela, Mario Monteforte Toledo" (2011), los "Juegos Florales Salvadoreños" (1999), ha sido finalista del "Premio Planeta de Novela" (2002) y ha ganado el "Premio Nacional de Ensayo de la Universidad Francisco Gavidia" (2007), entre otros. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías.

Sobre su forma de escribir Mauricio afirma: "Trato de que en mi literatura el exterior y el interior dialoguen y se interrelacionen en una permanente concatenación de causas y efectos. El exterior influye en lo interior volviéndose su causa, generándolo, y viceversa: el interior influye en lo exterior, modificándolo. Es sobre el juego dinámico de esta dialéctica que yo intento montar mi obra."

En cuanto a sus temas, afirma que su literatura trata sobre las anomalías (discrepancias de reglas o de usos) que intentan volver evidentes al lector las disfunciones del sistema, dándole pistas para sanarlo. "Los temas nacen de la necesidad de expresar mis intereses y mis circunstancias; de ahí, escribo nada más acerca de lo que me toca o me pega de lleno, y no acepto ningún "debe" o "debería". No soy un seguidor más que de mis necesidades expresivas y de mi libertad, y no acepto justificar eso", dice. "No me importa el periódico de ayer como arte (y en un día, el periódico de hoy será el de ayer), ni el daguerrotipo vendible de algo que es palpable y vivo. Ese pasado y ese presente sin mí no me interesan más que como arqueología. El pasado o el presente como arcilla dócil para formar algo nuevo que me incluya sí me interesa, el pasado como la mera fotografía del trauma ajeno, que no siento propio, no superado, no, me da asco, en gran parte porque no veo mis causas en causas y acciones que otros pensaron e hicieron."

Con relación a su motivación de escribir y la decisión de convertirse en autor, afirma: "En nuestros países, el día más crucial en la vida de un escritor es cuando decide serlo a toda costa y a pesar de las circunstancias externas desfavorables. El resto es el castigo resultante de esa decisión. Pero no estoy diciendo con esto que haber tomado esa decisión haya sido una equivocación. Nunca es una equivocación decidirse a ser escritor si se tiene lo que el oficio demanda. Digo que el resto es el castigo resultante de esa decisión porque el mismo sistema, el statu quo de nuestros países, se venga y castiga a todo lo que no es dócil a su manejo. Todo lo que no cae dentro de la inercia que mantiene el statu quo y se vea como una amenaza para el sistema y los poderes hegemónicos de todo tipo, se ataca, se castiga o se invisibiliza hasta aniquilarlo o taparlo por completo. Por ello, para el escritor centroamericano, el resultado de esa decisión es a la vez su mejor hazaña, y a veces su perdición."

Según el autor, una palabra que define a El Salvador es "lejanía". O lo que es lo mismo: "indiferencia". "En El Salvador nos bañamos con la esperanza de que el agua de la ducha diaria nos quite un poco de muerte", dice. "Es como si le diéramos a la muerte en nuestra ducha diaria algo para lamer, para que no nos coma del todo cuando salgamos a la calle. Muchos de nosotros nos levantamos pensando: "¿y cómo hago para dejar de ser un miserable?". Nos levantamos pensando que esto ya no va para ningún lado. Que nada va ya para ningún lado. Pero decepcionarse un poco y hasta mucho, también es parte de lo bueno de la vida en nuestros países. Significa que hemos dado un paso más en el trayecto de ver la realidad. Y ver la realidad a la cara es el primer paso para comenzar a hacer algo para cambiarla." "Por eso escribo literatura, para intentar matar a la muerte diaria y a la indiferencia", continúa. "Escribo porque una hoja en blanco es sencillamente inhumana. También escribo literatura porque no vale la pena vivir tantos días iguales. Crear literatura ofrece la posibilidad de hacer de cada día uno completamente diferente, aun dentro de la rutina que exige su ejercicio. Además es mi manera de caminar por la vida. Siento que si no escribo me paralizo. (…) Lo otro es publicar, que no tiene mucho que ver con escribir. En cuanto a publicar, la literatura me ha hecho perder toda esperanza. Publicar en Centroamérica me ha hecho ver lo innecesario que soy. Y ambas cosas me han hecho escribir en completa libertad ya sabiendo que el éxito o el fracaso en literatura dependen de una conjunción intrincada de cosas que suceden o no, sin que haya mucha o alguna intervención relevante de parte del autor."

"No puedo verme solo como un autor salvadoreño, siendo que en mis lecturas intento descubrir lo que hay a mi alrededor, y lo que hay más próximo a mi alrededor es Centroamérica", afirma cuando se le pregunta por la región. "Pero parece que en Centroamérica las paredes todavía son muy importantes. Mientras los grafiteros tienen como meta escribir en ellas, los escritores terminamos escribiendo para ellas. No me parece normal que sigan existiendo esos distanciamientos. Lo cierto es que se hacen esfuerzos permanentes y muchos sacrificios personales y grupales por superar esa anomalía, pero aún la inercia y los muros están del lado de los distractores más baratos y más fáciles, esos que se oponen siempre a nuestro hermanamiento y a nuestro encuentro con nosotros mismos. Siempre me pregunto por qué será. Para romper esos muros también escribo", concluye.

Un retrato por Vanessa Núñez.

Extracto

Mauricio Orellana: Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto