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Frank Báez: “Págales tú a los psicoanalistas”

NO VA A DOLER

Frank Báez: Págales tú a los psicoanalistas Antes de salir me quito el sudador gris y me pongo unos jeans. Saco de una gaveta mis gafas y tomo la funda negra de arriba de la cama y salgo del cuarto.

Bajo las escaleras repitiendo no va a doler, saludo con una mano al vecino de la primera que sale a buscar su periódico gratis que le dejan frente a la puerta, salgo al parqueo y camino con el sol dándome de lleno en la cara, entre los carros japoneses de los vecinos, pasándole por el frente al basurero donde está un gato muerto, un gato blanco y negro, con la boca abierta y con moscas volando a su alrededor, camino como un zombi repitiendo no va a doler, la pierna izquierda primero, la pierna derecha después, bajo la cabeza y miro la acera y mis tenis que salieron tan caros, cruzo la Anacaona y me desplazo en dirección al este, a través de la sombra de los almendros y las hileras de bancos, en medio de los ciclistas y las comitivas de doñas menopáusicas, los haitianos en sus triciclos, los estudiantes con sus uniformes azul y caqui, cinco taxistas recostados contra sus carros o uno que otro dormitando en el asiento del conductor con el radio prendido, las rubias esposas de diplomáticos sin celulitis, las otras con celulitis, un obeso de cuatrocientas libras sofocándose que me mira cuando paso y que intenta tomar aire, repito no va a doler, saboreando cada una de las sílabas, pasando ahora por debajo del puente seco de la Italia, el semáforo en rojo, gente que sube, gente que baja, casas de concreto con tinacos en las azoteas y verjas y perros que se restriegan contra ellas ladrando cuando paso y me hago el que no escucho, aunque los escucho claramente, concentrado y apretando la funda, pasando ahora una calle que se extiende entre sombras de almendros y javillas y desahuciados carros con la carrocería destrozada y oxidada, marquesinas con mecedoras, trinitarias, toldos enmierdados por las palomas y adelante la cancha de baloncesto, la pelota picando, la escucho, cierro los ojos, sigo su sonido, silencio, vuelve a picar, silencio, paso el parquecito con su glorieta y los bancos de concreto y las marquesinas con verjas blancas y verdes y dos colmados con sus letreros de neón y una horda de estudiantes con camisas azules y pantalones caqui o faldas caqui que aunque el semáforo esté en verde cruzan la calle, y la heladería Bon y un carro que sale de culo, dos gordos con botellas en las manos salen de una yipeta y entran en una banca de apuestas, un viejo como de ochenta años cojea hacia alguna parte, una morena se monta en la cola de un motor, guaguas transitan con la música a todo volumen, los carros públicos y los motores parecen haber perdidos sus respectivos mufflers, lo que no impide que siga oyendo el no va a doler que rebota y retumba como un tambor en mi cabeza, mezclado eso sí con las vocecitas de los cobradores y con los acordes de una bachata pegajosa proveniente de un apartamento que queda atrás, cuando finalmente alcanzo el final de la Italia y me dirijo a uno de esos edificios que construyó el doctor en los setenta y subo las escaleras contando los escalones y toco la puerta tres veces y cuando la abren, ya tengo la pistola fuera de la funda, una Beretta 93 con silenciador, y disparo.
"Págales tú a los psicoanalistas" fue publicado por el Editorial Ferilibro, Santo Domingo, 2007.

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    Cuando se menciona el nombre de Frank Báez en la escena poética de Centroamérica y el Caribe muchos saben ya que se trata del joven diligente y jovial de cabello rizado, originario de Santo Domingo. Más...

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