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Luis Chaves: Guatemala

GUATEMALA

Luis Chaves: Guatemala Me encantan las tres hijas de uno de mis amigos más cercanos. Son brillantes, autoafirmadas y con carácter. Una tarde de semana, la hija del medio, entonces de 17 años, iba y venía por la sala, caminando en paralelo a las reglas de madera oscura del piso. Hablaba fuerte contra su padre, contra la educación académica, la clase política, la caza de ballenas, el hambre mundial.

Luego apuntaba la metralleta otra vez contra su padre. Ella cumplía con su papel y yo, para desempeñar el mío, tuve que interceder en nombre de mi amigo, “Avril, César te ha dado lo mejor que le puede dar un padre a sus hijas”. Interrumpió el monólogo y me miró desafiante, sin pestañear, en uniforme. “Te dio –le dije– el pasaporte de la Unión Europea”.

César es francés, vive aquí desde 1981. Llegó de rebote y por tierra desde Panamá. Mientras buscaba distraído el pasaporte en el fondo de su mochila, haciendo fila en la ventanilla de migración de aquel puesto fronterizo al que el calificativo “rural” le quedaba demasiado cosmopolita, no se podía imaginar que al bajar las gradas del Ticabús, con el movimiento inconsciente y coordinado de manos que sueltan agarraderas mientras los pies tocan tierra firme, le daba start a esa máquina inmaterial, colosal e irreversible que lo acomodaría en suelo costarricense por los siguientes 29 años y contando.

Eran los primeros años de la guerra en Centroamérica, al llegar a San José se sorprendió de la euforia sandinista de nuestra capital. Banderas rojinegras ondeando por todo lado. Lo que no sabía es que días antes, después de 10 años de sequía, la Liga había ganado el campeonato nacional ante el Club Sport Herediano con gol solitario de Jorge White, un remate cruzado en el minuto 43 del primer tiempo que superó al único portero con nombre de poeta isabelino, Edmond Gladstone Clark.

En abril pasado tuve un viaje relámpago a El Salvador. Me recibió gente querida, grandes anfitriones. La esposa de un escritor que conocí tenía seis meses de embarazo. Le pregunté si iba a ser niña o niño y me contestó que no sabía. “En el hospital no revelan el sexo, es política estatal. Muchas mujeres y bebés son agredidos por sus parejas cuando se enteran de que va a nacer una niña en lugar de un varoncito”. Moví la cabeza un poco, para que no se dieran cuenta de que estaba petrificado. ¿De qué estaban hablando? ¿Dónde estamos viviendo?
El saldo (muertos + desaparecidos) de aquella década de conflictos armados fue algo así: El Salvador, 75 mil; Nicaragua, 62 mil; Guatemala, 200 mil. Y hoy parece que estamos como al principio.

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Por una temporada estuve entrenando en la Federación Argentina de Boxeo (FAB). Era el 2003. Era el 2005. No se malinterprete, un grupo de desahuciados de cualquier deporte se juntó bajo la dirección de un exboxeador argentino que trabajaba en la sede de esa federación. Imaginemos un equipucho de semiveteranos de barrio al que le prestaran el Estadio Nacional para mejenguear dos mañanas por semana. El grupo tenía ya un par de años de entrenar, lo formaban periodistas, fotógrafos y diseñadores, gente-de-medios. Yo había llegado en el 2003 a Buenos Aires y me integré por invitación de Fabián Casas, otro miembro de mi familia molecular. “Lucho, tenemos un outlet de boxeadores, ¿te gustaría venir?”

Dos veces por semana de Villa Crespo al barrio de Almagro. Este era el trayecto matutino los días de boxeo: salía de mi apartamento en Castillo y Scalabrini Ortiz y cruzaba Loyola, Aguirre, Ramírez de Velasco, Vera y en Avenida Corrientes tomaba la línea B del “subte” en la estación Malabia, bajaba en la estación Medrano, salía del subsuelo y atravesaba Sarmiento, Juan Domingo Perón, Potosí, Av. Díaz-Vélez, Mitre y Avenida Rivadavia, donde la Av. Medrano se convierte en Av. Castro Barros. Estamos entonces en la esquina de Rivadavia y Castro Barros, tomémonos primero un espresso en la barra de Tuñín, la pizzería de la esquina, mientras repasamos las fotos de pugilistas argentinos que tapan las paredes del lugar. Ahora caminemos unos metros y entremos a la Federación, ya casi es hora de la clase.

-Buenos días, Lorenzo.
-Buen día, Guatemala.

Lorenzo es el entrenador. Guatemala soy yo. El día uno, cuando Fabián nos presentó con algo tipo este-es-Luis-un-amigo-costarricense, Lorenzo devolvió un de-dónde que le arrugó el entrecejo. De Centroamérica, me apuré a decir para evitar el billar geográfico que nos ubica siempre en Puerto Rico. Ah, claro –respondió, dándome la espalda y siguiendo en lo que estaba–, de Guatemala, allí son todos putos.

Lorenzo Donato Beneventano fue en la primera mitad de los 70 un boxeador de números modestos, telonero en veladas del legendario Luna Park. Anduvo entre los 55 y 61 kg, es decir entre los pesos superpluma y ligero. Desde su retiro se dedicó a dar clases en la FAB a pupilos que hizo campeones y a inútiles como los de aquel outlet, el Lorenzo Beneventano Boxing Team.

Metro sesenta y cinco, de complexión sólida, mejor dicho macucón, con unas manos que cerradas parecían mazos de albañil, siempre de buen humor pero sin exagerar. De ese tipo de gente que hace chistes todo el tiempo pero sin sonreír. Inteligentes les llama la ciencia. Gracias a su bautizo, fui Guatemala todos los días y para todos los integrantes de aquel grupo de autistas de la endorfina. Desde la esquina del ring, mientras yo guanteaba con alguno gritaba “Guatemala, arriba la guardia”, “Guatemala, ¿qué está haciendo?” En los vestidores, “Guatemala, ¿de qué hay más en tu país, putos o drogones?” Desde el primer round y sin sospecharlo, Lorenzo, como un policía de inmigración de cualquier frontera del primer mundo, noqueaba la histórica aspiración tica de disociarse del resto de Centroamérica. Un genio.

Una mañana no pude ir a boxear, otro día que tengo muy claro en mi memoria fui pero no llegó nadie. Luego llamaron para decirme que se cancelaban por tiempo indefinido los entrenamientos. El grupo se desbandó sin haber aprovechado la última vez que estuvimos con Lorenzo para despedirnos, sin clausura. Terminó como terminan muchas cosas, antes de que uno lo sepa. Por alguna razón, recuerdo que recibí la llamada mientras en la radio sonaba el hit de ese verano, una de esas canciones pegadizas, repetidas hasta explotar. Una que, escuchada años después, aquí en Zapote, una tarde de lluvia torrencial, me reveló el verdadero significado del cambio climático: el hit del verano, en invierno.

Por Fabián me enteré de que Lorenzo murió en enero, abatido por el cáncer. Tenía casi 62 años (1948-2010). Pensé en la vez que volvía de la Federación, sin haber entrenado, después de esperar a Lorenzo y los demás en la entrada del gimnasio. En el trayecto inverso, en el viaje en la línea B del “subte”, el bamboleo aritmético del tren, el cabeceo de una señora antes de zambullirse en otro mundo, el suelo del vagón nevado de boletos a la mitad. Se detuvo el tren en Malabia, donde me tocaba bajar y, ahora que lo pienso, mirando hacia atrás hasta las huellas que dejé en esa nieve de papel, el sonido de las puertas automáticas que se abrían no era solo eso, era también el de los engranajes monumentales de aquella otra máquina, la incorpórea, colosal, imparable. Al bajar en esa estación, era yo el que le daba start al enorme mecanismo de una banda transportadora que un tiempo después me depositó de nuevo en Costa Rica. Digo, Guatemala.
"300 páginas. Prosas" fue editado por Ediciones Lanzallamas, San José, 2010.

    Sobre el autor

    Con una voz suave, casi tímida, sin fraseo o artilugios, recita sus versos. La literatura de Luis Chaves prescinde no sólo de palabras altisonantes, sino también de la prepotente exhibición de ideas filosóficas o conceptos literarios. Más...

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