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Elena Salamanca: El olvido

EL OLVIDO

Elena Salamanca: El olvido I Un día, no recuerda cuándo, no supo hacia dónde ir. Llegó al redondel que cruzaba todos los días para llegar a su casa, pero el redondel tenía cuatro salidas, y hasta unos minutos antes sabía cuál elegir, pero ese momento, no recuerda cuándo, no supo cuál era su salida. Detuvo el carro, y en el tráfico que produjo su estacionamiento en medio de un redondel de cuatro carriles, lloró.

Le habían dicho que olvidaría.

Poco a poco.

Primero cosas pequeñas, impensables, insignificantes: El olor del champú barato con el que se había lavado el pelo toda la vida. Un día abrió el frasco y sintió en su nariz asomarse la fragancia de la miel. Le pareció delicioso. Se imaginó mordiendo un enorme pan con miel y nueces y se lavó el cabello. No supo, no recordó, cómo odiaba ese champú tan barato, y cómo había sentido náuseas al abrir el frasco cada mañana, hasta esa.

Le había dicho el médico que un día despertaría junto al hombre con el que compartía la cama y el apartamento desde hacía unos años, y le parecería un desconocido. Una mañana gritó al ver al hombre junto a ella. El hombre estaba advertido, le explicó, sacó un álbum de fotografías y le mostró que no era un extraño. A ella se lo parecía.

Le dijo también el médico que olvidaría muchas cosas: Los nombres de los estudiantes, los de los próceres y avenidas, la estatura del último hombre que había sido su amor.

Y a veces olvidaba que olvidaba.

Salía de la casa sin bañarse y saludaba a la gente: Hola, adiós, chau, te veo mañana. El “te veo mañana” siempre iba dirigido a un muchacho guapo y atlético, y el muchacho, guapo, atlético y de brillante sonrisa, le contestaba: “Te veo”, y movía la mano como despedida en una estación de tren.

A veces recordaba lo que olvidaba. Recordaba nombres. Tita, Pepi, Loli. Pero no recordaba quiénes eran las mujeres de los nombres. Pasaba por la calle y saludaba: Hola, Tita, saludos a Loli; Jugamos mañana, Pepi. Y esas mujeres no eran Tita, ni Pepi ni Loli.

No recordaba su nombre, hasta que tenía que firmar un documento, sacar dinero del banco, pagar en el supermercado, y lo escribía. Pero al leerlo pensaba que lo mejor que le había pasado era olvidarlo. Su nombre no era nada afortunado.

Le dijo una vez el médico que olvidaría poco a poco por falta de azúcar. El azúcar, le explicó, está finamente conectado con la memoria y la retención.

Un día que iba por la calle saludando a las Lolis y Pepis equivocadas, pasó por una confitería. En la vitrina vio una galería de figuras de chocolate. Un chocolate le pareció la mano oscura y vieja de su abuela. Se asomó, el olor la hizo regresar a las tortugas de chocolate que su madre le compraba de niña. Entró a la confitería. Decidió comer. El sabor del chocolate de tortuga le hizo tener de nuevo cuatro años y esconderse en el cuarto de la abuela de manos oscuras, y comer, entre risas, todos los chocolates de tortuga de la caja.

Compró todos los chocolates: la mano oscura de su abuela, las tortugas, los corazones de día de los enamorados, las tabletas.

El extracto "El olvido" pertenece al libro "La familia o El olvido" que no se ha publicado íntegramente.

    Sobre la autora

    "Yo soy Elena Salamanca, soy la primera hija de mis papás y la primera nieta de mi abuela. Crecí en un matriarcado de mujeres que enviudaron jóvenes y nunca se volvieron a casar. Fui educada en un colegio de señoritas españolas venidas a menos, fui educada con libros”, es una de las presentaciones que la autora ha hecho de sí misma y es cierta. Más...

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