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José Adiak Montoya: El horizonte de la ciudad en convulsión

EL HORIZONTE DE LA CIUDAD EN CONVULSIÓN

La última vez que la vi, llevaba una camisa rayada y un pantalón raído de mejores días ajustado a sus piernas anchas, iba bañada por el sol como muchas otras tardes incalculables. Si hubiera sabido que era la última vez, me hubiera quedado prendido de su silueta hasta perderla de vista, hasta que se volviera una mancha minúscula en el horizonte caluroso de la cuidad en convulsión, hasta verla desaparecer entre el vapor de los ruidos innumerables. Pero…es que simplemente era un día más. Un día más de un beso corto de despedida y de tomar apurada la cartera porque los relojes del mundo avanzaban, como siempre, contra ella.

Yo también me fui a surcar la vida entre las calles ese día, yo también me fui como despistado a buscar cualquier tipo de entretenimiento, a zambullirme distante por las aceras, a dejar que el día se fuera apagando minuto a minuto. Hasta llegar a la casa misma de todos los días, a llegar vencido y arrastrado como siempre, con los bolsillos rotos, sin aire. Todo era oscuridad. Dónde andabas vos, pensé, la pregunta fue como una pedrada a los nervios que de inmediato empezaron su sinfonía frenética. Aquella casa como una choza estática reposaba en su silencio de sepulcro improvisado. Abrí la puerta y no te vi. Nunca más te he vuelto a ver.

La madrugadas fueron entonces, desde aquella primera, un maratón arduo de segundos elásticos y sudores viscosos, un banquete inacabable de uñas y falanges, así, así mismo, con los ojos reventados en lágrimas me atrapó juguetón la luz cegadora del día siguiente. Te busqué por todos lados, recorrí todas las calles, recordando tu camisa rayada y tu pantalón raído de mejores días ajustado a tus piernas anchas, desde entonces todas las mujeres son vos y cada sombra es la tuya.

Nunca dijeron nada, ni en la casa de tus padres que desde entonces parecieron aflorar más en arrugas, que se sumaron desde aquel día a la búsqueda infructuosa de tus ojos brillantes, con los meses a la búsqueda de tu cuerpo hambriento y con los años a la búsqueda de tus huesos callados. Siempre quisiste salir en la televisión, tu foto, esa en la que estás cortando un pastel enorme en medio de tus treinta y tantos, esa fue la que salió aquella tarde en la televisión….y ahora un servicio social…una persona desaparecida que responde al nombre de M…desaparecida desde el pasado martes 2...Llevaba camisa…y pantalón…reportar al…gracias por acompañarnos y no se pierda nuestra edición nocturna… ¿Te acordás de la Dulce?...no puedo creer que te lo pregunto, tu amiga de siempre, casi se vuelve loca y se desploma para siempre cuando supo que ya no estabas, cuando todos comenzamos a asumir que ibas a ser un fantasma entre nosotros, ¡La pobre! Ni siquiera recuerda cuando fue la última vez que te vio.

Nos fuimos acostumbrando, resignando a no verte con los brincos de siempre y que tu voz aguda se fuera perdiendo en el arenal inclemente de los días y los días, de los siglos que han sido los días en los milenios que han sido estos años.

Sin embargo hay veces que te siento palpitar viva en algún lugar remoto, pero no…sé que no estás en ningún lado, que ya ha sido mucho tiempo. La tortura siempre fue no tener donde llevarte flores, que se queden aquí en mi mano marchitándose entre el tiempo, porque hoy hace tantos años que te vi bañada por el sol inmenso como muchas otras tardes incalculables, caminando por la calle, alejándote hacia el horizonte de la ciudad convulsión.

El extracto "El horizonte de la ciudad en convulsión" pertenece a un libro que todavía no se ha publicado íntegramente.

    Sobre el autor

    José Adiak Montoya. Fanático de los Beatles y de Bob Dylan. Para él la narrativa es un proceso agridulce. En sus primeros pasos coqueteó con la poesía pero luego cambió de rumbo hacia la narrativa. Callado, pero cuando tiene que hablar o escribir da rienda suelta a su mundo interior, sus ideas e historias con la misma frescura de una cerveza a media tarde en la calurosa Managua. Más...

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