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José Adiak Montoya: El sueño de las abejas

El SUEÑO DE LAS ABEJAS

Lo despertó el zumbido que se iba adueñando de la habitación, sin embargo no salió del sueño de manera brusca, más bien fue tomando conciencia gradualmente del sonido constante que se iba fortaleciendo a cada minuto.

Abrió los ojos a la oscuridad profunda y se desorientó, tenía la garganta seca, rasposa, había fumado de más en el bar, una leve náusea temblaba confusa en su estómago, buscó a tientas el vaso de agua de todas las noches y en medio de la confusión de las tinieblas lo tumbó al piso destrozándolo y formando un charco revuelto de vidrios. No le dio importancia. Lo que le preocupaba en realidad era el zumbido constante, indivisible y potente que se escuchaba acrecentarse cada minuto. Venía de fuera de la habitación.

Para prender el interruptor de la luz tenía que salir de la cama y caminar varios pasos para llegar a la pared, pero su desconcierto era tanto que apuntó a que el cuarto era un profundo laberinto en medio de la penumbra. Estaba descalzo, sintió miedo de apoyar su pie desnudo en el piso alfombrado de vidrios diminutos, sintió una leve punzada en las sienes como el infalible precedente de una jaqueca potente, se recordó llegando a su casa en medio del leve mareo del alcohol de esa noche. Se había pasado, comenzaba a sentir los estragos en su organismo, ya no era joven para aquellos excesos diluviales. Tal vez aquel zumbido ensordecedor estaba dentro de su cabeza atrofiada.

En el momento en el que cerraba fuertemente los ojos, apretando sus parpados para desaparecer aquel ruidaje, algo le rozó levemente la oreja izquierda, el sobresalto fue tal que un grito mediano se escapó de su boca y en un instinto vertiginoso saltó de la cama al piso hiriendo la planta, desabriga de su pie derecho contra un vidrio agudo, el dolor hondo y el desequilibrio de la extremidad herida le hizo perder balance y caer al piso con potencia. El suelo estaba empapado, el agua rápida se había escurrido por todos lados, se sintió miserable en aquel estado, desierto y afligido, abatido por el velo invisible de su propia torpeza. Se incorporó al borde de un llanto ridículo que lo hubiera hecho parecer un gigante bebe en sus calzoncillos anchos. Se acercó al interruptor. El zumbido continuaba. Cuando la luz invadió veloz todos los oscuros recovecos de la habitación, el hombre buscó asustado con la vista un vestigio de algo que le indicara lo que pasaba en su pieza. No encontró más que los destrozos del vaso roto y el charco extendido de agua que se mezclaba con la sangre que manaba de su profunda herida, en ese momento se percató de la presencia de la abeja.

Era una abeja regordeta que luchaba torpemente por traspasar el cristal de uno de los dos ventanales de la habitación, profería un sonido constante, el hombre inmediatamente reconoció al insecto como lo que le había rozado la oreja con aquellas alas vigorosas e incesantes. Se rió, por unos segundos se rió. El dolor del pie iba en aumento y la sangre le escurría por el talón de la extremidad que mantenía sostenida en el aire con su mano mientras se equilibraba en una sola pierna. El zumbido persistía. Se sentó en el borde de la cama y examinó con la vista la herida, no era muy grande, pero desconocía la profundidad, todo el peso de su cuerpo se había apoyado sobre su pie en el momento que el vidrio desgarró violento su carne. Levantó la mirada, la jaqueca se había instalado en su cabeza, recordó el asco en su estómago. Tres abejas intentaban escapar del cuarto a través del cristal.

Le extrañó que los insectos hubieran multiplicado su número como por magia, en un momento la abeja solitaria se había multiplicado en un cuarteto alborotado. Fue cuando entendió que el potente zumbido venía de afuera.
Al principio fue un temor inacabable el que le impedía abrir la puerta, constatar lo que ya sabía: que fuera de la habitación habían millones de abejas intentando entrar. El dolor del pie era fuerte, hondo, punzante. Necesitaba ser atendido. En esos pensamientos estaba cuando un golpe recio arremetió contra la puerta, un golpe irregular, como el golpe de alguien que hubiese lanzado un puñado de arena contra la madera. Como el golpe de mil insectos chocando al mismo tiempo.

El golpe se repitió dos veces más, un charco de sangre comenzaba a teñir el piso y una fiebre leve con temblores se comenzaba a adueñar veloz de él. Recordó que tenía un frasco de agua antiséptica en el cuarto de baño, era probable que necesitara una sutura, tenía que salir de la habitación.

Con el pasar de los minutos el dolor y la fiebre iban acrecentándose en un galope pujante mientras el zumbido estruendoso se iba debilitando gradual. Media hora después el hombre temblaba violento, se había enfrascado en el dolor punzante que le empezaba a subir por la pierna. Entonces notó que el zumbido había cesado, que el silencio nocturno reinaba absoluto en la noche tranquila. Se incorporó y se fue saltando en una pierna hasta la puerta, la abrió de un tirón y la quietud tranquilizadora de la oscuridad le hizo escapar un suspiro de alivio, miró hacía la ventana y las abejas ya habían desaparecido.

Llegó hasta el cuarto de baño y se lavó con agua y jabón la herida soportando el ardor constante del limpiador, empapó de antiséptico un hisopo y lo introdujo en la herida, un grito agónico de dolor se le escapó de la boca por el ardor del desinfectante chamuscándole la piel abierta. Se vendó con gasa abundante y decidió que a primera hora iría al médico. Tomó el lampazo mugriento y emprendió el camino de regreso al cuarto.

Cuando llegó, las abejas ya estaban allí.
Habían aprovechado su ausencia, eran cientos de ellas aleteando revoltosas sobre la cama, los muebles, sobre el piso, revolcándose en el charco de sangre, ahogándose en el agua. Era inverosímil de ver, inaudito. Sintió que desfallecía del asombro mientras un hormigueo repulsivo le subía por el cuello, buscó un soporte para no caer al piso y se apoyó en el marco lateral de la puerta aplastando bruscamente a dos abejas, los aguijones muertos penetraron en su palma, el dolor le hizo sacar dos lagrimas y restregarse en la camisa los cadáveres viscosos de los dos insectos. Fue allí cuando despertó. Cuando entendió que todo era un sueño.

Abrió los ojos a la oscuridad, su corazón latía fuerte, había sido una pesadilla agitadora, terrible, sintió su garganta seca y desabrida, sintió el alivio inexpresable que le sigue a una pesadilla.
Con la mano a tientas buscó su vaso de agua y no pudo dar con él, recordaba haberlo dejado sobre la mesita antes de acostarse al cansancio de su noche de bar. El asco ligero volvió a su estómago.
Antes de decidirse a incorporase para prender la luz sintió un dolor punzante en la planta de su pie derecho, un dolor como el de una profunda herida abierta. Se quedó acostado. Poco después empezó de nuevo el zumbido.

El extracto "El sueño de las abejas" pertenece a un libro que todavía no se ha publicado íntegramente.

    Sobre el autor

    José Adiak Montoya. Fanático de los Beatles y de Bob Dylan. Para él la narrativa es un proceso agridulce. En sus primeros pasos coqueteó con la poesía pero luego cambió de rumbo hacia la narrativa. Callado, pero cuando tiene que hablar o escribir da rienda suelta a su mundo interior, sus ideas e historias con la misma frescura de una cerveza a media tarde en la calurosa Managua. Más...

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