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Denise Phé-Funchal: Ana sueña

ANA SUEÑA

Es agosto y llueve. En el estudio al final del patio, los pinceles descansan por todas partes, los pomos de pintura, adornados con gotas que se deslizaron para secarse y pequeñas arañas se asoman detrás de los cuadros inacabados, un poco enmohecidos, recostados al fondo del estudio de paredes blancas manchadas por viejas pruebas de color.
Ana no fue a trabajar. Esa mañana decidió quedarse en casa, luego de dejar a los chicos en el bus, volvió, cerró la puerta principal con llave, llamó a la oficina, dijo que los chicos estaban enfermos y pidió permiso para quedarse con ellos. El jefe no preguntó nada pero Ana supo que la despediría. El perro amarillo está sentado a su lado frente al ventanal que da al pequeño patio interno. Llueve. Mientras acaricia la cabeza del perro amarillo, Ana piensa en las miles de cosas que puede hacer para ganarse la vida luego del lunes. La voz del señor Abe era definitiva, como la de Carlos aquella vez que le había dicho el lunes hablamos, Ana. Ocho años después y aún puede escucharlo decir el lunes hablamos. Mientras camina por el largo pasillo de la casa, sueña con las voces de los chicos, con sus risas. Piensa en lo que le contarán que vieron por la ventana del bus, lo que hicieron ese día. Llegarán pronto pero Ana se va para atrás, a la pequeña cabaña que alguna vez acomodó como estudio. La puerta se abre a las seis y media, como siempre. Las voces de los chicos y de Alba –la mujer que los recoge en la parada del bus y se queda con ellos hasta que Ana vuelve- inundan la casa. El perro amarillo sale a recibirlos, no mueve la cola y ladra, ladra sin parar. Alba lo calla pero el perro sigue, no juega con los chicos, ladra frente a la puerta del jardín que Ana cerró.
Cuide la casa, le había dicho mientras se quitaba los zapatos. El perro quiso seguirla y trató de evitar que cerrara la puerta interponiendo su hocico. Ana, que ya había bajado un par de gradas, lo empujó con la rodilla derecha y repitió, cuide la casa ladre cuando vengan los chicos, y cerró la puerta. El perro la escuchó bajar las gradas descalza, sus pies chapoteaban en las pozas de las desiguales gradas, luego la escuchó caminar despacio por el camino de lozas que atravesaba el jardín. Cuando se mudaron a esta casa, Ana había sembrado un huerto. Ahora casi nada crecía, sólo la hierba alimentada por la lluvia. La escuchó alejarse por el camino, empujar la puerta del estudio. Ana no encendió la luz. El perro se echó frente a la puerta del jardín hasta que escuchó la llave meterse en la cerradura de la puerta principal y sale corriendo a recibir a los chicos. Ana no quiso encender la luz cuando la tarde terminó de caer. Sabía que los chicos habían vuelto del colegio. Desde la ventana del estudio miraba hacia la casa, la luz de la cocina estaba encendida y el perro ladraba.
Recordó el primer día en su estudio. Los chicos jugaban afuera, decidían dónde sembrarían tomates y zanahorias, dónde iría el albahaca y el perejil, marcaban las macetas para sembrar el chile y los ajos. Ella arreglaba el estudio, colocaba cuidadosamente los botes de pintura, los pinceles y los botes de solvente. En un rincón había colocado una canasta de mimbre alta y profunda en la que guardaba cosas que le ayudaban a darle textura a los fondos de sus cuadros. Papel aluminio, hojas secas, telas y cuerdas de distintos grosores. El perro amarillo era cachorro y jugaba con el trapeador que había dejado recostado junto a la puerta.
Ana preparaba su espacio. Ahora el perro ladraba de nuevo. Ana miraba su reflejo en el espejo que cinco años atrás había colocado sobre una de las paredes para que la pequeña habitación pareciera más grande. La luz del patio vecino que entraba por la ventana alumbraba la canasta de mimbre, Ana se acercó y sacó una a una las cosas. Telas, papeles, cuerdas delgadas, lanas, cuerdas gruesas, todas llenas de polvo que cubría los rastros de pintura de colores. Los chicos abrieron la puerta del patio pero la voz de Alba que les dijo chicos vamos a la tienda, los detuvo. Solo el perro salió corriendo, buscó a Ana en el estudio, se quedó un momento con ella mientras acomodaba un banco le rascó la cabeza y le dio un beso. El perro gimió. Salió corriendo, atravesó el jardín y esperó inquieto a que Alba y los chicos volvieran de la tienda, los esperó ladrando. Cuando Alba metió la llave en la cerradura, la vecina se asomó a la ventana y le dijo algo le pasa a ese perro, lleva ya un par de minutos casi aullando, qué raro porque la señora Ana volvió hace rato. Los chicos entraron corriendo, llamando a Ana, pero nada, sólo el silencio más pesado que el ladrido del perro amarillo que corrió veloz a través del patio, de un lado a otro, se paraba frente a la puerta del estudio y ladraba más fuerte sin mover la cola. Mientras se acercaban al estudio, los chicos le apostaron a Alba que seguro había un gato o una enorme rata, se había metido al cuarto empolvado. El perro amarillo ladra, los pasos de los chicos suenan en los charcos, sus risas llenan el jardín. Ana no los escucha. El perro ladra, los tres tragan saliva antes de que Alba, nerviosa y sonriente, con un palo en la mano, se decida a empujar la puerta. El chico ríe nervioso y cierra los párpados, la chica lo imita y toma fuerte de la mano a Alba que pronto grita. El perro ladra. Ana sonríe. Los chicos no pueden hablar. El banco está tirado. Ana cuelga al centro de la habitación. Una cuerda gruesa, con manchas de distintos colores rodea su cuello.
"Ana sueña" es el primer capítulo de la novela "Ana sonríe", a publicarse en 2014 por F&G Editores.

    Sobre la autora

    Cuando recorre la Ciudad de Guatemala, Denise Phé-Funchal no sólo lleva un cuaderno, sino también una grabadora, con la que captura ruidos y voces. La capital del país centroamericano con la más alta densidad de población fue considerada peligrosa durante mucho tiempo. Incluso ahora, 18 después de haber terminado la guerra civil, es raro ver turistas en el Centro Histórico. Pero la ciudad se encuentra en medio de un cambio vertiginoso. Más...

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