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Guillermo Barquero: Deselección antinatural I

DESELECCIÓN ANTINATURAL II

Guillermo Barquero: Muestrario de familias ejemplares © editorial germincl (...)

En esos tiempos, también recibía visitas de amigos que, o se comportaban con una amabilidad enternecedora, o de verdad reconocían lo heteróclito que iba quedando; pude tener relaciones sexuales, sin gemidos y apenas con alguna que otra sensación; se me había caído ya la maxila y no tenía nariz, pero aún así gemía a mi manera, por dentro, como el grito desesperado de un sordomudo a quien le apuntan con una pistola.

Luego, me echaron, como era de esperarse, aunque no fue uno de esos despidos turbadores y humillantes, sino un amasijo de expresiones compungidas, de felicitaciones veladas y despedidas tristes como si se tratara de un aeropuerto; hubo abrazos en donde primero se pudo, era difícil encontrar algo aún en pie. Después de todo, no podía seguir ni robando ni entregando paquetes ni sobres, pues para ese entonces solo tenía un pedazo de una pierna, y de los brazos no quedaba más que sus nombres y su recuerdo, como vaguísimas reminiscencias de un pasado ni feliz ni triste, un pasado a secas. No quise más trabajos y no por vergüenza, ni por ser una especie de proscrito de la Edad Media, sino porque el desplazamiento era dificultoso en extremo; lo que no estaba negro, estaba morado, lo que no estaba como congelado desde una era glacial era un amasijo informe que no podía ser reutilizado. La pensión por invalidez me alcanzaba, por pura suerte.

Leí frenéticamente, primero con un solo ojo, luego sin ninguno, de una forma fragmentaria, porque tampoco tenía dedos ni extremidades (eso era cosa de un pasado lejanísimo), pero podía sentir los impulsos de las páginas y reía sin boca con los diálogos y las locuras de los franceses del siglo XIX y Dostoievski, porque cualquier cosa después de ellos me parecía deleznable. No leía en lo absoluto poesía.

Y es evidente que los espejos no mienten y, aunque no pudiera verme, sabía que el reflejo era el de una cosa que alguna vez fue humana, y honestamente no sentía vergüenza cuando me ponía de pie (lo cual es un decir) y esperaba el oscuro reflejo de varios órganos interconectados como las tuberías de gas de una de las grandes capitales del continente, una red de funciones, de pensamientos y anhelos.

Comencé a yacer más a menudo entre las sábanas manchadas, sabiendo que no eran muchas las cosas que podía hacer, menos lo que podía comer o beber, y aún menos lo que era capaz de distinguir en el paisaje de sombras de las noches. Esto fue hace siglos, pero bien podría ser lo que pensé antes de comenzar a escribir estas palabras. Y comencé a sentir algo como la nostalgia al pensar en mi vida de pintor, y busqué el caballete, lleno de manchas, que había dejado en la esquina más abandonada de este cuarto; encontré con dificultad los tubos de pintura y me convencí, de pronto, después de pensar y pensar, formado solo por un pulmón, una tráquea, un hígado y un puñado de cabellos pegados a un cuadro de piel en franca decadencia, que había sido un buen pintor, un artista íntegro al menos. Sin verla, siento la fuerza de mi última pintura, que está clavada en la pared sobre el respaldar de esta cama; es hermosa, es un retrato hermoso. No puedo verla, pero el aroma del óleo seco es inconfundible, baja desde la tráquea hasta el pulmón, mezclado apenas con el olor del cigarro.

Ahora, no sé cómo escribo estas líneas (¿Finales? ¿Prefiguradoras de algo?), para qué lo hago; no lo explicaré, es muy complejo o quizás completamente inútil. No es necesario explicar cada cosa ni buscarse gratuitamente amarguras en algún sitio enterradas. Hay que aprovechar el tiempo en algo, tengo buenas oportunidades como objeto de exhibición en una morgue o una universidad, objeto de culto: un hígado inmóvil, flotando en un frasco lleno de formalina, sin tener que dar explicaciones, sin tener que hacer el esfuerzo de moverme; aún sin cabeza es posible anhelar, aunque no lo crean.

El cuento "Deselección antinatural" fue publicado en 2013 en "Muestrario de familias ejemplares" por el editorial germincl.

    Sobre el autor

    Cuando leo a Guillermo Barquero, no sé porque razón escucho de fondo la canción “I feel You”, de los Depeche Mode. Los estridentes acordes de la guitarra martillados una y otra vez, me empujan a pensar que de esa misma manera Guillermo se sienta a soltar las palabras como si una ráfaga de viento arrancasen las teclas y las acomodaran a un alfabeto que solo el escritor sabe descifrar. Más...

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