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Jessica Sánchez: Margarita

MARGARITA

“¡La lucha es en las trincheras, con el pueblo! Yo creo que cuando una tiene un compromiso con la gente, es difícil zafarse de eso. No se puede quedar mal. Vos sabés, las masas confían en la organización”.

Margarita hablaba con pasión y fuerza mientras ordenaba su ropa, tirando blusas, faldas y brasieres de colores sobre la cama desnuda; contando todo aquello que a mí se me hacía difícil de creer. Desde el umbral de la puerta, yo sonreía, apenas divertida, imaginando los cuerpos que se arremolinarían como en un carnaval hacia la manifestación de protesta por la recién aprobada Ley de Agua y Saneamiento. Serían como cientos de gotas, que luego formarían un chaparrón inmenso y caerían sobre el transeúnte, quien asombrado se refugiaría en el pórtico que encuentre, debajo de los aleros de las casas o en un café de paso.

—En este caso, no hay quién avise; la gente espera que lleguemos a los bajos del Congreso o que estemos en el parque, pero, (se quedo pensando).

Allí Margarita se volteó, mirándome con ojos relampagueantes de picardía y me susurró casi en secreto, —Nos vamos a tomar todas las entradas de la capital!

Yo también me reí en secreto, queriendo más que nada compartir esa alegría, esa dicha que todavía brillaba en su cuerpo, en los poros florecidos de su piel, en sus ojos. Supe que nada, absolutamente nada era igual. Para mí, eso se había perdido.

—¿Y con quién vas?, —pregunté tímidamente

—De aquí vamos varios, mucha gente de los grupos, hombres, mujeres, —se alzó de hombros, —son las cosas que me gustan, si no de repente no estaría viva.

A mi pesar le di la razón. Afortunada o desafortunadamente yo no podía compartir eso. La razón que ella tenía estaba cegada para mí, por mi corazón, por mi falta de compromiso o por mi culpa. Si me hubieran preguntado no hubiera sabido por dónde empezar. La vi reflejada en el espejo, vestida de morado y con un pañuelo rojo sobre su cabeza. Reconocí que a pesar del colorido, lo más notorio y atrayente era su sonrisa, abierta al mundo, cálida, traviesa.

Nos habíamos conocido hacía unos años, cuando llevaba a su hija a las reuniones de los grupos de mujeres. En ese entonces, todas éramos militantes del “movimiento”. Todas emparentadas con la izquierda. Hijas, amigas, simpatizantes, hermanas, novias. Entramos para promover el desarrollo del pueblo, para llevar mujeres a la causa. Lo menos que nos imaginamos es que la causa se nos daría vuelta como un traje que se confecciona para ser usado por un lado y de repente una se da cuenta que está vestida al revés, por el lado que se suponía no debíamos usar. Y te gusta. Y te quedas así.

—¿Cómo se llama la niña, Margarita?

Ella se quedaba mirando a la bebé que le sonreía juntando las palmas de las manos.

—Se llama niña, —respondía. —Es en serio, Margot.

—¡Bah! se llama niña, ya les dije ¿acaso tiene que tener nombre? Cuando sea grande ella podrá elegir, eso será bueno, ¿qué dicen?

Por supuesto que ninguna decía nada, asombradas nosotras mismas de la posibilidad de ser anónima, común, sin un nombre que definiera la particularidad que hace más llevadero el recuerdo de nuestra intrascendencia humana.

Hoy la niña tiene un nombre y verla me provoca una sensación de viento en el corazón, a veces frío, a veces tibio. El soplo del tiempo tal vez, de las horas pasadas. Miro de nuevo a Margarita y volteo la mirada hacia mi cuerpo. Algunas arrugas recientes aparecen en nuestros rostros, el pelo en otros tiempos negrísimo como la noche, no es nuestro. Reaparece ahora como por arte de magia en nuestras hijas, como si lo hubiéramos sembrado y dejado crecer con el tiempo.

De repente habla de otra cosa, sorprendiéndome al constatar la interrelación de mundos que llevamos las mujeres adentro. Al momento saltamos de un lado a otro de la cerca, sin justificación, sin aviso: —¡Estoy cansada de tanta exprimida de cerebro para justificar sus dólares!, por eso la vez pasada cuando me pusieron enfrente la guía de cómo asumir la participación ciudadana dentro de la comunidad y la familia, me hice la loca, “¿Usted qué dice compañera?”, —No sé, yo no sé nada de eso.

Veo el brillo cansado de su mirada, el compromiso vaciado de tanto esfuerzo y me identifico con eso. Por lo menos, son cosas que todavía compartimos.

—También está Mario, —me dice, —el viene y se va. A veces me hace falta, a veces no. No sé si todavía lo quiero, debe ser que sí, porque después de todos estos años ni él ni yo hemos buscado otra pareja.

Yo sabía que él si había buscado y encontrado, pero que las cosas no habían salido según sus proyecciones. No pregunté las razones. Solo sabía que ella seguía creyendo en él; sufriéndolo como en los primeros días de la separación. Todos, menos ella, sabíamos que él se iba alejando cada vez más, irreversiblemente. Un día le avisó que se iba porque quería tener una vida propia, porque ella se había convertido en una mujer para el pueblo y que necesitaba urgentemente alguien que tuviera una ocupación menos importante, alguien que solo tuviera que atenderlo a él.

—Eso no lo entendí, —me decía ella,—sigo sin entenderlo porque me suena a excusa, hubiera bastado con decirme que no quería vivir conmigo, nada más.

Ella me cuenta de los días cuando la llevaron presa. La vez que la interceptaron a media calle y amablemente la agarraron del brazo, “¿Usted es Margarita?” Y luego sin que diera tiempo a responder, “Tiene que acompañarnos”.

—Gracias a Dios que iba pasando una amiga de la radio y alcancé a decirle: Dígale a Mario que no llego a cenar; el corazón me llegaba a la garganta y era una sola palpitación, solo sudaba, —me cuenta.

Ella no sabía a dónde la llevaban, solo tenía la leve esperanza de que la compañera hubiera entendido y le pasara el mensaje a Mario. Con todas sus fuerzas deseaba que ella llegara corriendo y que empezaran a buscarla. Pensaba en sus hijos, era lo único que la hacía llorar.

—¡Cállese! no chille! ¿para qué se metió en estas cosas? Ustedes bien saben qué les pasa, son como burros, —y luego como una escupida final, —¡ñángaras de mierda!

—Entonces lloraba con más fuerza, para que me oyeran,—dice, — porque es lo único que podía hacer, tal vez les remordía la conciencia.

Sus ojos no me miran, observan el vacío y yo incapaz de verle la cara, solo la escucho con el oído que tuve jamás para nadie.

—Después ellos entraban y me pateaban, preguntándome por los compañeros, que si les conocía los nombres, “¡Vas a estar jodida, cabrona, ni tus hijos te van a reconocer después!”

—Una vez me estrellaron contra la pared, empecé a sangrar por la nariz y me dejaron ahí: “¡puta de mierda, cochina!”

—Después se orinaron en todo lo que había, las paredes, el remedo de sábana que tenía, en mi ropa, mi cuerpo. No sentí asco, solo tristeza infinita, ¿Sabés? La tristeza que te viene de adentro, como un lago profundo, oscuro, que no tiene rabia y donde apenas podés adivinar el dolor, totalmente extraño, diferente. En la noche me pasaron una toalla con una pana de agua, para secarme gritaron, para que me aseara toda esa puercada. Y no vas a creer que todo ese tiempo, de lo único que tenía miedo era de verles los ojos. Nunca quise voltearlos a ver, para no reconocerlos ni cuando me quitaban la venda. Esa era mi esperanza, para que me dejaran viva por lo menos, hecha mierda, pero viva.

No pregunto por nada más, porque sé lo que viene. La historia tantas veces repetida de los golpes, la brutalidad de las violaciones, las torturas, los choques eléctricos en los pezones y en la vulva, la necesidad de fantasear con la exquisitez de un dolor innombrable, donde todo el cuerpo era un solo grito sudoroso e incesante y la luz desaparecía para dar paso a un estallido incontrolable de fulgores, donde se suplicaba a gritos o en quejidos incomprensibles.

Cuando no tuvieron nada más qué hacer me soltaron. Yo sospechaba que al fin me iban a hacer el favor de matarme, que me decían eso para que no me resistiera y solamente me pesaba como una carga no poder ver a mis hijos, decirles que no iba a estar allí para acompañarlos, darles todos los consejos para que les fuera bien, despedirme. Me vendaron los ojos y amarrada me tiraron en un solar baldío.

—Si te movés un poquito o gritas, puta, nos regresamos y ya sabes lo que te va a pasar, portáte bien.

—Fui obediente, hasta en eso me porté bien.

Se quiebra, como una flor con el tallo demasiado delgado. Doblada hacia delante llora a gritos, mientras yo, testigo muda, me acerco y la abrazo suave, solo para que sienta que estoy allí, con el corazón partido, presente en ese momento. No sé cuánto tiempo pasamos abrazadas y tengo la seguridad de que no importa. Solo me quedo, mientras se acomoda y se duerme a mi lado con la respiración tranquila, por ratos entrecortada por un suspiro lejano. Miro al techo y me pierdo en los dibujos de la luz que apenas entra por las rendijas, vuelo hasta allá, me contemplo vacía y a la vez tan llena de preguntas. Hace tiempo que aprendí que algunas de esas preguntas solo son eso, no esperan ser respondidas porque los que tienen la facultad de contestarlas nunca lo harán o se encuentran perdidos en un recodo, entre la muerte o el olvido. Y no podremos saber más que nuestra interpretación parcial y subjetiva de las cosas, un pedazo de verdad que en ningún caso nos satisface.

Miro el reloj y pienso en sus hijos, que pronto llegarán de la escuela. Me imagino haciéndoles una seña de silencio, con el dedo índice sobre mi boca. Que dejen dormir a su madre, les diré, que la dejen soñar, porque este, tal vez este sea uno de los pocos momentos, donde la vida extienda sus brazos y se deje acariciar.

El cuento "Margarita" se publica en agosto del 2014 en la antología "Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana" por varios editoriales centroamericanos.

    Sobre la autora

    Jessica Sánchez: Mujer, comprometida, feminista, escritora, madre de Ámbar y Ramay, entusiasta, polifacética, solidaria, insomne, conversadora, amiga, valiente, de audaz escritura, introspectiva, esposa, observadora, idealista, tierna, conmovida, osada, plena, inteligente, dinámica, comunicadora, entregada, compañera. Más...

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