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Carol Zardetto: New York Benevolente II

NUEVA YORK, BENEVOLENTE

Capítulo LXIV (Parte II)

(...)
Cuando entré en el apartamento, supe que Toni estaba en la habitación. Estaba oscuro y no podía verla, pero sentí con claridad su presencia.
“No enciendas la luz...”, su voz me condujo al brillante punto rojo de su cigarro. Estaba sentada en el suelo.
Me acerqué y me senté a su lado.
“¿Cómo estás?”, dije con un nudo cerrando mi garganta. Me percate de que algo estaba muy mal. De la sombra que era su cuerpo salió un callado sollozo. La abracé, tomando su cabeza entre mis manos. “¿Qué pasa, Toni? ¿Qué pasa?”
“Ángela murió esta tarde.”

Las palabras no cabían en mis oídos. Me quedé mudo, sintiendo que estaban en idioma extranjero. Al instante siguiente, ella me aclararía las cosas. Me explicaría que Ángela estaba allá en el hospital, esperando dar su gran salto de independencia. ¿No lo había dicho su doctora?
“Vine... a recoger los malditos papeles para sacarla de la morgue. ¡Pero no sé dónde están...! ¡Y no quiero pensar en nada! ¡No puedo pensar! ¿Qué hago ahora? Es la pregunta que me hace estallar la cabeza. ¿Qué hago ahora?”
Sus palabras ahogadas en llanto eran la ráfaga de viento que se desata de un cielo maléfico ennegrecido por centenares de harpías.

La apreté. Sentí su cuerpo. Se abrazó a mí, otro objeto náufrago en la corriente impetuosa. Como empujado por un poderoso resorte, saltó el terrible deseo. Busqué su boca y la besé con impaciencia. Ella se abandonó a aquel beso. Entonces, perdí noción de mí mismo. Subí su blusa, besé su vientre. No podía detenerme. Las cosas tenían entera claridad, en medio de una confusión perfecta. Mis labios recorrían su cuerpo, lo abrasaban por todas partes y ya no podía saber si ella iba conmigo en el intercambio, o me había quedado solo. Todo giraba como las imágenes cambiantes de un caleidoscopio. Lo único que quedaba fijo y establecido era el sabor salado de sus lágrimas en mi boca.
La levanté como una muñeca y la acosté en la cama. Subí su falda y aparté su ropa interior. La penetré profundamente, intensamente, en medio de un incendio ciego. Ella dijo “no”, la palabra, entró finalmente en mis oídos. “No quiero”, “quítate”, “aléjate de mí”, dijo varias veces más.
Pero las palabras parecían lejanas como los sonidos viscerales del Universo. Sí... allá en el espacio sideral una mujer peleaba por quitarse de encima a un hombre lleno de deseo. Un hombre que no podía escucharla.
Toni me mordió la boca. El sabor de la sangre terminó por llevarme a un clímax mortal. Un clímax funesto y delirante. Lo que me estaba sucediendo parecía envuelto en una belleza fiera, como el cuerpo contorsionado de una monstruosa ballena que se levanta, lustroso y plateado, por encima de las inmensas olas de un mar tormentoso. Mi semen corrió dentro de su cuerpo y sentí un gozo indescriptible: la estratosférica liberación de un peso antiguo, enterrado como un hechizo perverso.

Un penetrante olor animal llenó el ambiente del cuarto. Un olor a sexo que me pareció extrañamente impúdico. Tiempo después, todo terminó, menos aquel olor. Como una emanación pegajosa se metió adentro de mi nariz y tomó rumbo dentro de mi cabeza, adhiriéndose a cada célula de mi cerebro. Toni había dejado de pelear. Miraba la pared con una mirada hueca. Me levanté espantado. La deseable mujer que había arrastrado a la cama era ahora una muñeca rota.

Salí a la calle en medio de la noche. Estupor. No había nada más en mi cabeza. Las calles pasaron una a una, bajo mis pasos rápidos: la doce, la trece, la catorce, me pareció que ninguna podría llevarme tan lejos como exigía mi fuga. Al llegar a Union Square bajé las escaleras del metro. La luz mortecina me anunció la entrada a una atmósfera segregada. Aquí, extraños personajes habían crecido en las calladas horas de la madrugada. Rostros salidos del Hades, recortados contra un fondo oscuro. 

Una mujer había dispuesto sus harapos para dormir adosada a una de las paredes pero, ante el bullicio de un grupo de borrachos, cantaba con los ojos cerrados una canción inmortal. Una chica abrazaba su bolso mientras cuestionaba al agujero por donde aparecería el tren. Estaba llorando y negros surcos de maquillaje dibujaban bizarras líneas en su rostro. La inmensa masa de una mujer obesa hartaba sobras con manos rechonchas y ojos ávidos, posando para un retrato de la gula. Un anciano barbado de largas uñas sucias hurgaba en su nariz, como un mago alucinado.
El mecánico traqueteo del tren iluminó repentinamente este lugar abandonado de la misericordia. Supliqué a ese Caronte de hierro que me escogiera entre la multitud de seres olvidados y me ayudara a atravesar el río de los muertos.

Navegué la noche entera. De tren en tren, de estación en estación. El río metálico que fluía subterráneo me refugió en la aberrante tosquedad de los seres del inframundo. Cuando amaneció estaba en la estación de Brooklyn. Salí a la calle, caminé sin dirección y me encontré en el mismo lugar donde aquella noche había estado con Toni. Me senté en una banca, agotado y con infinitas ganas de cerrar los ojos, pero mis párpados estaban llenos de arena. La neblina trazaba una línea algodonosa que abrazaba como un anillo los edificios de Manhattan. La ciudad había caído en un somnoliento letargo y parecía que no despertaría en cien años.

¿Qué diablos había pasado? Algo en mí quería justificarse y negaba mi acto de imposición y violencia. Pero, ella había dicho “no”. Hurgaba en las confusas sensaciones de lo que había acontecido queriendo encontrar un rastro de su anuencia. Pero, ella había dicho “no”.

Me senté en una banca y lloré por mí, por el terrible deseo que había crucificado por tanto tiempo y que había salido con la precipitación de un delincuente que ve abierta la celda de su prisión por un error del carcelero.
Lloré por la muerte inútil de una muchacha a quien nunca conocí. Lloré por Toni con un llanto vacío de palabras.

La novela "Nueva York, Benevolente" todavía está inédita.

    Sobre la autora

    “Me interesan e inspiran las noticias y lo que está sucediendo ahora”, dice Carol Zardetto preguntada por su inspiración para escribir. “Utilizo con frecuencia este palpitar cotidiano de las cosas en mis historias. El paisaje del trópico, la lluvia torrencial. Gestos mínimos de las personas que me sugieren una historia o un personaje. La resiliencia de la gente frente a las condiciones terribles de la miseria”. Más...

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