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Warren Ulloa: Sacrofetichista

SACROFETICHISTA

Warren Ulloa: Sacrofetichista

Te amé, Jesús te amé, y Tú también me amaste entre todos los rostros me buscabas.
Claribel Alegría. “María Magdalena”


Cuando el nombre de Pascual Monte fue anunciado por el hermano presentador, el auditorio estalló en aplausos, lloros y uno que otro aleluya.
“¡Hoy lloverán milagros, aleluya, aleluya!”, gritaba tanto que las venas en el cuello se le hinchaban, y la camisa por el sudor se le estampilló a la altura de las axilas. Los presentes levantaban la biblia y oraban al ritmo de lo que el pastor les decía. Pascual Monte se sabía dueño de la noche, la estrella entre el resto de predicadores.
Se dedicaba exclusivamente a eso: a predicar el evangelio a donde lo llamaran. Era un tipo sesentón, pero conservado, y lo plateado de su cabello le acentuaba el respaldo y respeto a cada uno de sus consejos.
Sin bajar la biblia que tenía en la mano, sin abrir los ojos porque era consciente de que todo ese histrionismo era indispensable para su espectáculo, replicaba a viva voz: “Jehová habló conmigo y me dijo que hará un milagro esta misma noche, lo puedo sentir entre nosotros, y él puede ver en sus corazones sus pecados y sus deseos”.
Y la gente caía en trance, esperanzados en que su dios bajara y resolviera como por arte de magia cada uno de sus problemas. Pascual Monte fue llamado el instrumento del altísimo, o como muchos de los pastores en torno a él lo llamaban: “El traductor divino.”
Pero él se definía, cuando se lo cuestionaban, como un simple profeta, no más grande que Juan el Bautista, Ezequiel, o Daniel. Su forma de ser le daba aparte la verdadera sensación de hombre de dios (todo un triunfador), también un aire de político neoliberal: la sonrisa hipócrita, la impecable blancura de sus dientes, la fluidez de palabra, los anillos de oro, los zapatos lustrados, el traje entero de marca y la forma como manejaba a la masa.
Estela, su esposa, era ese apoyo imprescindible. Fungía como su relacionista pública, se encargaba de concretar citas, giras, y los temas de sus presentaciones, además era todo un ejemplo a emular por la comunidad protestante: bien vestida, inteligente e igual de verosímil que su esposo, incluso tenía un programa de radio en el que se dedicaba a dar consejos a quien los necesitase.

Pero esa vida tan digna de un hijo de dios, tan digna de un profeta de nuestros tiempos, empezó a dar un giro en lo más profundo del corazón de Pascual Monte. Ese sueño que lo torturaba pero que se negaba a decirlo, se repetía casi todas las noches.
Soñaba que había sido el encargado de limpiar el cadáver de Jesucristo cuando lo bajaron de la cruz. En el sueño se veía a sí mismo deslizar un paño por el rostro del crucificado, quitándole el sudor y la sangre. Acto seguido mojaba nuevamente el paño en una cubeta que tenía al lado y proseguía a limpiar el resto del cuerpo: el cuello, los hombros, el pecho, las tetillas, el ombligo. Bajaba por el abdomen, y se iba sintiendo atraído por tanta belleza, erotizado por estar a solas con el hombre más importante en su vida, y su mano descendía lentamente hasta los genitales en donde apenas se vislumbraban los vellos púbicos, pero al llegar ahí se despertaba aturdido, bañado en sudor, jadeando y con una erección ajena a su edad.
Miró a su mujer navegando en un profundo sueño. La casa solitaria y a oscuras. El único ruido que escuchó fue el de un grillo sumergido en la madrugada. Sin hacer ningún movimiento brusco se puso de pie y fue al baño a lavarse la cara y tratar de que la erección bajara lo más pronto posible; y como si fuera un artificio de Satanás, su pene se mantuvo erecto durante un largo rato. Y solo mermó cuando él se acostó boca abajo. Para conciliar el sueño, no contó ovejitas, sino que repasó futuros sermones.
Se levantó tarde, un poco apenado, y solo se confortaba con la lectura de la biblia en donde el nombre de Jesús no estuviera. Prefería leer el viejo testamento.
El sueño se siguió repitiendo durante varias noches más. Un círculo vicioso que debía expulsar de su mente, pero le era imposible. Conforme negaba lo que sentía —amar a Jesús no con el alma sino con el cuerpo, ese templo en donde mora sin pagar impuestos el espíritu santo— una felicidad enorme lo inundaba. Quería poder manipular el sueño y besar a Jesús en la boca, oler su aroma de hombre, no de dios.

Luego de que todo ese tren de sensaciones lo atropellaban, maldecía a Lutero por prohibir la adoración de los íconos, necesitaba con urgencia una imagen en la que pudiese depositar su amor, una pequeña estampita (no era pedir mucho). Negándose a creer en lo que ha dicho la historia con respecto a la apariencia física de Jesús, trazaba absurdos bocetos de cómo él se lo imaginaba, pero lo que salía de su mano era un burdo compendio de rayones. No quería perjudicar su imagen de pastor atreviéndose a entrar en alguna tienda de cachivaches católicos. Por ello, le dio dinero al jardinero para que le comprara una imagen de Jesús, entre más grande mejor, le advirtió.
Se sintió ofendido cuando el jardinero le trajo un pequeño crucifijo en el que la forma del cuerpo ni mucho menos del rostro estaban definidos. Pascual Monte quería algo más detallado, que le inspirara lo mismo que le provocaba el sueño: deseo.
El jardinero ignorante del afán de su patrono, le comentó que en la iglesia a la que él asistía había una imagen que utilizaban para procesiones de los domingos de resurrección. Un Cristo de tamaño natural, con la mano levantada, mirando al cielo, muy humano, añadió. Pero le contestó que no pisaría un templo católico, puesto que iba en contra de sus creencias.

Durante las prédicas, Pascual Monte se enfocaba con especial atención en el amor de Jesús por cada uno de sus hijos.
“¡Yo lo amo!”, gritaba y la gente le repetía que ellos igual; desconociendo por completo la verdadera intención con que gritaba ese amor por el hijo de dios. Declarar el amor a Jesucristo era un desahogo.
Estela, al tiempo, notó que la energía de su esposo iba mermando. La voz ya no se le escuchaba tan potente durante los sermones. Ella le preguntó qué le ocurría, pero él respondió que simplemente había pasado malas noches. Claro, nunca reveló las causas del porqué. Estela le advirtió que lo había notado, que el malestar no era físico que iba más allá, pero Pascual lo negaba y prefería dejar de lado la conversación, era absurdo seguir y para tranquilizar a su mujer le juró que pronto se le pasaría, que jehová estaba con él, pero era consciente que no valía la pena seguir mintiéndose; cada noche su deseo iba en aumento. No descansaba plácidamente, porque cada vez que lo hacía se levantaba desesperado. Se enamoró de Jesús. Los evangelios le resultaron ser más que obras de interés espiritual, cartas de amor.
Siempre se preguntaba cómo reaccionaría su mujer si le confesaba su amor de hombre por Jesús. Planteó varias hipótesis: la primera era que ella le pediría el divorcio. La otra conjetura era que sin decir nada a nadie, ambos, como matrimonio ejemplar, guardarían el secreto.

Conforme el amor de Pascual a la imagen de Jesús iba en aumento, hizo lo que nunca creyó hacer él como el predicador estrella: entrar a un templo católico. Ardía en amor, un amor que solo lo había experimentado cuando joven y en brazos de su mujer.
El templo de estructura gótica estaba abierto y nadie en su interior. Al fondo, al pie de una imagen de la virgen se extinguía una velita. Buscaba en medio de la densa atmósfera de claroscuros la tan afamada imagen que le comentó el jardinero y la vio cerca del confesionario. Se acercó titubeante. Las sombras de los vitrales tomaban formas lujuriosas que se proyectaban sobre las bancas. Velas en el altar mayor llenaban de seducción el interior del templo. Imágenes de santos y ángeles parecían sonreír llenos de complicidad.
Se puso al pie de tan espectacular estatua; el resucitado estaba colocado sobre un banco adoquinado con las imágenes de la pasión. Era bello, trigueño, el cabello negro y ensortijado, los ojos grandes y expresivos, la boca deseable y sensualmente abierta, una barba fina. Medio desnudo.
Le acarició los tobillos y las rodillas. Pero quería un poco más; se puso de puntillas y tocó apenas un muslo. Descubrió que allí estaba su oportunidad para besarlo en la boca, susurrarle cuánto lo amaba. Acercó el banquillo del confesionario, se subió y llegaba apenas, cara a cara.
Primero se le quedó mirando. Perfecto. Sublime. Un rostro muy masculino. Una imagen tan humana que por un momento le dio la sensación que las fosas nasales se hinchaban para respirar. Lo olió: poseía un aroma como a mármol y aceite. Ese Cristo no lo miraba, tenía la mirada hacia arriba, mejor para él.
Le pasó la lengua por el cuello, le chupó la herida en el costado, acarició la barba pero cuando intentó besarlo, ambos tambalearon y Pascual antes del impacto contra el suelo besó en la boca a Cristo resucitado, con tal pasión que sus ojos fueron los únicos testigos de cómo el verbo se hizo carne.

El cuento "Sacrofetichista" fue publicado en agosto del 2014 en la antología "Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana" por varios editoriales centroamericanos.

    Sobre el autor

    “Ser escritor es primordial en mi vida, vital podría decir. Por ello busco proyectos laborales que me permitan el chance de leer y escribir. A veces hago publicidad por redes sociales lo que me permite estar cerca de la computadora y escribir. Ojalá pudiera vivir de escribir pero sabemos que en la región eso es muy difícil”, afirma Warren Ulloa. Más...

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