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Arquímedes González: Clases de natación

CLASES DE NATACIÓN

Arquímedes González: Clases de natación Hasta que Carlitos se hundió en el agua de la piscina entendí la expresión de la mirada de Dalila, su entrenadora.

A insistencia de mi mujer acepté que Carlitos tomara clases de natación. Lo llevaba todos los sábados. Cada vez tras ayudarlo a cambiarse de ropa, yo salía de los vestidores cargando la mochila e iba al segundo piso del local, acercaba una silla al muro y desde ahí miraba las clases. En cuanto Carlitos aparecía junto a la piscina de principiantes, sus ojos me buscaban, me dedicaba una sonrisa y levantaba sus manos orgulloso. Yo me llevaba algún periódico o un reproductor de música para pasar ocupado la hora de entrenamiento. A veces tras pedir un café o un refresco en el bar, platicaba con los otros padres o madres que tenían a sus hijos también en las clases de natación.
Entre los padres intercambiábamos cumplidos de cómo avanzaba cada alumno en las clases. Una vez una mujer se me acercó y me explicó que ella deseaba que su hijo aprendiera a nadar porque ella soñaba entrar al mar con él.
―Yo lo hice por insistencia de mi esposa ―le dije.
―De todas formas es bueno que aprendan a nadar ―me contestó.
―Sí, al menos ya desde pequeño, Carlitos va más avanzado que yo, porque yo nunca aprendí bien a nadar. 


Le expliqué que nuestra familia jamás tuvo dinero para esas cosas. Con comida sobre la mesa y tres nuevas mudadas al año, era suficiente para que estuviéramos felices. Pero ahora que yo había salido adelante en mi trabajo, estaba de acuerdo en que Carlitos aprendiera las cosas que yo nunca pude.
―¿Y ahora a usted no le gustaría aprender a nadar?
―Ya estoy muy viejo para eso ―le dije.
―¿Viejo? ¿Cuántos años tiene usted?
―Cuarenta y dos años.
―¡Yo he visto a señores de setenta años aprender a nadar, así que tiene la mitad de la vida por adelante!
Yo me reí. No era sólo la edad. No era sólo eso…
Me puse a ver las tres piscinas del local. En la que estaba Carlitos, el agua llegaba hasta la cintura de los instructores. La otra tenía una profundidad de 150 centímetros. La más grande y en la que Carlitos debía graduarse, tenía cinco metros de profundidad. Yo nunca había podido nadar en una de más dos metros de profundidad.

Al terminar las lecciones me despedí de la señora y fui a los vestidores. Saqué la toalla y la ropa de Carlitos. Me senté a esperar. Después de unos minutos me asomé al pasillo, pero no vi a nadie. Seguí esperando hasta que vi venir a Carlitos en brazos de su profesora.

―Se resbaló ―me explicó la joven.
Carlitos sollozaba. Aunque aún estaba mojado, lo tomé en mis brazos y lo besé en la frente.
―Todo va a estar bien ―le dije.
La joven me extendió la mano.
―Me llamo Dalila.
―Mucho gusto, Dalila. Yo me llamo Juan Alberto ―le dije viendo sus pechos.
―Juan Alberto ―repitió ella y me sonrió.
Yo tomé la toalla y me puse a secar a Carlitos.
―¿Llevás ya muchos años dando clases de natación? ―quise saber.
―No, apenas llevo un año.
―¿Y estudiás en la universidad?
―Sí. Estudio educación física. Quiero ser maestra.
―Ya sos maestra.
―No, qué va. Más bien, alumnos como Carlitos, me dan clases. Carlitos es un muchacho muy valiente, dedicado y aprende muy rápido.
―Muchas gracias. ¿Viste, Carlitos? ¡Qué alegre!
―Mi papi no sabe nadar ―confesó Carlitos.
Yo me puse a reír nervioso. Dalila me quedó viendo sin saber si era verdad.
―Sé chapotear ―le dije riéndome.
―Aquí también dan clases a mayores de edad ―me explicó Dalila.
―Qué bien, pero no tengo tiempo para eso ―le respondí vistiendo a Carlitos.
―Bueno, tengo que regresar a dar clases ―dijo Dalila.
―Mucho gusto, Dalila y gracias por cuidar de Carlitos ―le dije evitando ver su pecho.
―¡Es un placer cargar a un niño tan lindo! ―afirmó ella acariciando el cachete derecho de Carlitos.

Yo extendí mi mano y hasta ese momento sentí la piel joven, húmeda y suave de Dalia que me transmitía una dulce descarga eléctrica.

Dos meses después yendo para un restaurante a almorzar, me encontré a Dalila caminando por la calle. Ella cruzaba el semáforo en rojo. Volvió a ver, pero no pareció darse cuenta que yo era el conductor del vehículo que estaba al frente de ella. Yo no sé por qué bajé la ventana del automóvil y le grité:

―¡Dalila!
Ella se detuvo al otro lado de la calle. Pareció no reconocerme, pero levantó su mano. Yo me estacioné, apagué el motor y salí a saludarla.
―Hola, Dalila ―le dije.
―¿Usted es el padre de Carlitos, verdad?
―Sí, sí.
―Perdone. Es que no lo reconocí con traje y corbata.
―Sí, este traje me hace verme más viejo.
―¿Viejo? No, muy elegante, diría yo.

La invité a comer. La pasamos muy bien. Ella alquilaba un apartamento en las afueras de la capital. Además de dar clases de natación, daba clases privadas de inglés a niños de familias pudientes. Dalila había estudiado en el Colegio Americano. Estudiaba en educación física en la Universidad de San Marcos y no, no tenía novio.

Los almuerzos se convirtieron en citas para verme con Dalila. Unos meses después, los almuerzos eran las dos o tres horas que pasaba en la cama con ella. Además, los sábados la miraba desde el segundo piso dándole clases a Carlitos y a los demás alumnos. Ella usaba tres trajes de baño. Un azul marino, un negro y un rojo oscuro. Ese día llevaba el traje azul marino. Los demás hombres también la miraban. La miraban a como yo lo hacía, pero la diferencia era que yo la poseía.

Un domingo Dalila me invitó a nadar. Fuimos a una piscina al otro lado de la ciudad. Como estábamos en verano, escogimos la piscina abierta. Yo me acomodé en una poltrona y me dispuse a darme un rico baño de sol. Dalila se quitó la ropa. Yo tuve una potente erección al ver su diminuto bikini. Dalila me dio un beso en la mejilla y se metió al agua. La vi nadar y pensé en la vida, en lo hermoso que es todo… Desperté al sentir los dedos húmedos y fríos de Dalila.

―Vamos a nadar ―me dijo.
Yo la acompañé. Fui al lado menos profundo y me metí. No me molestó que el agua estuviera un poco fría, sino que el nivel del agua llegaba hasta mi pecho. Dalila también se metió al agua, se acercó y me besó. Había muchas parejas más y algunos niños. Dalila me llevó a una esquina y ahí me besó con más fuerza. Metió su mano derecha al agua y la introdujo en mi bañador. Después me pidió que me pusiera en posición horizontal en el agua. Ella colocó los brazos debajo del agua y me sostuvo la espalda y las piernas.

―Extendé los brazos y cerrá los ojos ―me ordenó.
―No me llevés a la zona profunda ―le rogué.
―Sólo dejate llevar ―me pidió.
Aunque mi corazón palpitaba de miedo, lo hice. Vi la cara de satisfacción de Dalila, le sonreí y cerré los ojos. Me sentí flotando en el agua. Yo dejaba llevar mi cuerpo al vaivén del agua y de Dalila. Por fin después de aquella vez cuando unos niños me tiraron al agua en la piscina del colegio, no sentía ese miedo de ahogarme estando donde no tocaba el fondo de una piscina.

Después de muchas dudas y miedos, dejé a mi mujer y me fui a vivir con Dalila, pero a como había temido, no funcionó. Dalila era demasiado joven. Demasiado libre, demasiado independiente. Yo quería tener hijos con ella, quería casarme con ella, quería hacer una vida juntos. Ella aún no estaba lista. Yo no lo entendí e insistí y eso hizo que la relación se partiera en mil pedazos. Me mudé a un apartamento. Yo estaba enojado y decepcionado de mi loco actuar porque en esas noches solo, descubrí que el amor de las mujeres es a veces tan oscilante, que es mejor nunca soltar la rama de la que uno está sujeto. En un dos por tres había destrozado mi vida familiar por una joven que se negaba a quererme a como yo lo quería aunque por ella yo había dejado todo para quedarme a su lado.
Seguí llevando a Carlitos a las clases de natación. De suerte ya faltaban seis meses para que Carlitos terminara los cinco ciclos y así no volvería a ver nunca más a Dalila. Cada sábado era una tortura verla. Yo era ahora igual a los demás hombres que sin poder poseerla, debíamos conformarnos en admirar el hermoso cuerpo de Dalila en sus apretados trajes de baño.

Uno de esos sábados, luego de las clases de natación, descubrí que la llanta izquierda de mi automóvil se había ponchado. Dejé a Carlitos en el asiento trasero y me puse a cambiar la llanta. Cuando ya guardaba todo, vi que Dalila salía del edificio acompañada de un muchacho. La quedé viendo como uno niño queda viendo el helado que otro niño se come. Dalila me dirigió la mirada, pero de inmediato la apartó y se aferró del brazo de su novio.
A pesar de que Dalila tenía novio, yo insistí en volver con ella. No podía ser que yo hubiera acabado con mi matrimonio por una mentira. Sentía que en el fondo, Dalila me quería. Yo había sido un desesperado que no había expresado bien mis sentimientos y la había acorralado para que cuanto antes se casara conmigo. Ahora entendía que debía darle su espacio. Y por eso no reclamé nada de su novio. Varias veces la llamé por teléfono o la fui a buscar a su apartamento y a las casas donde impartía clases de inglés. Ella siempre me rechazaba. Siempre me rechazaba…
En esas semanas Carlitos había empezado ya los entrenamientos más exigentes que eran nadar con zapatos, ropa y chaquetas. Era admirable verlo sacar fuerzas para nadar con esa indumentaria, pero era una fase necesaria porque así se aseguraba que los niños lidiaran con casos extremos al caer al agua en diferentes situaciones. Incluso, Dalila me explicó que el curso especial de buceo de la escuela de natación exigía que los niños nadaran con zapatos y chaquetas con placas de plomo.
Mientras tanto, mi situación económica y emocional comenzó a derrumbarse. Un divorcio es una fase de empobrecimiento económico y una nueva separación, un duro golpe en el corazón. Al principio quería recuperar a Dalila para demostrarle que podía amarla sin casarnos y sin que tuviéramos hijos, pero de pronto, lo que quería hacer, era hacerle daño porque ella había acabado con mi matrimonio, con mi estabilidad y con mi relación con Carlitos que ahora se limitaba a pasar con él algunas horas los sábados y domingos.

Fue difícil convencer a Dalila, pero me volvió a aceptar y a los pocos meses estaba nuevamente en su apartamento. Llegué un domingo. Le pedí que esa semana la dedicara a estar conmigo. Y sí, toda esa semana la pasamos en su apartamento. Yo no paraba de penetrarla. Básicamente pasamos desnudos en la cama comiendo y teniendo sexo. Parecíamos conejos, parecíamos leones, parecíamos gatos, parecíamos perros en celo. La tercera noche a pesar de su rechazo, la penetré por el trasero. A pesar de su negativa y sus intentos por separarse, la penetré lo más hondo que pude.
Tras eyacular, pude ver que de su trasero salía el semen y la sangre. Dalila lloró en mis brazos. Yo no le pedí perdón, pero la abracé. Ella tampoco me reclamó nada. Creo que así ella me demostraba que esta vez sí se quedaría conmigo. Yo así le demostraba que esta vez iba a ser capaz de tratarla a como se tratan a las putas. Nueve veces más me la cogí por el trasero y a los quince días, la abandoné.
Carlitos ya estaba por terminar las clases de natación. Desde el día que dejé a Dalila, no había vuelto a tener comunicación con ella. Sólo la miraba los sábados desde el segundo piso. Ya no la miraba como la miraban los demás hombres a mi alrededor. La miraba como cualquier cosa. Lo bueno era que Dalila seguía tratando bien a Carlitos y Carlitos seguía apreciándola mucho.

El día de la graduación fui con mi ex esposa. Nos sentamos en las bancas del lado derecho de la piscina principal. Hablamos de cómo estaba crecido Carlitos, de cómo había aprendido a nadar y nada más. El pódium estaba lleno de los padres de los niños. También estaban los hermanos, los tíos, los primos, los abuelos, era toda una gran celebración de familiares alegres por los pequeños nadadores.
Esperamos a que salieran los niños. Eran treinta niños que ese día se graduaban. Para la graduación debían flotar cinco minutos en el agua usando sólo sus piernas y con los dedos índices saliendo del agua. Luego debían dar diez vueltas a la piscina poniendo en práctica cada técnica de natación aprendida esos meses. Todos estaban vestidos. Tenían chaquetas y zapatos puestos. Se formaron los primeros seis niños. Después del pito, se lanzaron al agua. A veces me parecía que más de alguno no lo lograría, pero ahí iban nadando.

En la tercera ronda le tocó el turno a Carlitos. Dalila lo acompañó. Le dio un abrazo, lo besó y Carlitos y ella nos saludaron. Yo levanté la mano. Mi exmujer también. Ninguno de los dos nos dijimos nada. Dalila no dejaba de verme. Aunque estábamos muy lejos, podía sentir la mirada herida de Dalila. Podía sentir que mi venganza había sido perfecta.
Sonó el pito y los niños se lanzaron al agua. Los padres aplaudieron y animaron a sus hijos. Desde el principio, Carlitos se había quedado rezagado. Dalila aún me quedaba viendo. Dalila sin quitarme la vista, aplaudía y gritaba: ¡Vamos, Carlitos!, ¡Vamos, Carlitos! Yo también me puse a darle ánimos a Carlitos gritándole: ¡Eso, Carlitos, vos podés, Carlitos!, pero podía ver que mi hijo tenía problemas para avanzar.
De pronto vi a Carlitos hundirse en el agua. Volví a ver a Dalila. Dalila ya no aplaudía. Sólo me miraba. Su sonrisa era una horrible mueca de burla. Recordé la escena en su apartamento: Estábamos en la cama y Dalila se negaba a que yo la penetrara por el trasero. Yo a la fuerza le había abierto las piernas, controlé sus brazos y la penetré hasta hacerla chillar y ese grito me devolvió a la realidad… Entonces recordé las placas de plomo de las que me había hablado Dalila y por fin comprendí su mirada. De inmediato me puse de pie esperando a que Carlitos saliera del agua, pero no sucedió. Entre la celebración de los demás padres y familiares, ninguno de los instructores se había percatado de que Carlitos llevaba varios segundos sin salir del agua.
Yo levanté mis manos y grite: ¡Mi hijo, mi hijo! Mi exmujer también comprendió lo que pasaba y los dos pedimos auxilio. Hicimos varias señas, pero los instructores seguían la mirada a los muchachos que iban en los primeros lugares. Dalila ya había desaparecido. Mi ex mujer avanzó hacia los entrenadores. Yo me acerqué a la piscina y sin pensar en ese miedo que siempre le había tenido a la profundidad del agua, me lancé…
Recuperé la conciencia en la ambulancia. A mi lado mi ex mujer lloraba abrazando el cuerpo sin vida de Carlitos.

El cuento "Clases de natación" fue publicado por Ediciones Irreverentes en la antología bajo el mismo título.

    Sobre el autor

    En efecto, Arquímedes González es un escritor callado, de esos que tienen la disciplina de escribir sin pretensiones públicas y que su trabajo con el pasar del tiempo le ha dado grandes frutos, como estar dentro de los 10 libros más vendidos en Amazon, entre otros y ser incluido en diferentes antologías en España y Latinoamérica. Más...

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