Librero

Jessica Clark Cohen: Memo personal

MEMO PERSONAL

Jessica Clark Cohen: Memo personal Debajo de la sombrilla naranja la sonrisa de Diana es tan grande y luminosa como el sol de medio día. Lleva puesto el vestido de baño de moda y un bronceado perfecto y hace un contraste casi fotogénico con el azul del mar. -También llegué a pensar que nunca iba a conocer al hombre de mi vida, -me dice en tono confidencial- pero ahora sé que ese tipo de cosas está predispuesta.

Yo presiento la llegada de otro monólogo fresa acerca de las bellezas del amor y comienzo a apurar mi margarita. No sé por qué, pero hay dos cosas que son inevitables cuando uno quiere estar solo: siempre hay un amistoso que viene a trabar conversación y, no importa donde uno se esconda, siempre habrá personas casadas y con novio que quieren que una esté enamorada también. Con toda la condescendencia del mundo van a sacar un tiempo para decirte que los hombres no son tan malos, que no hay nada más hermoso que el romance y que tienen un amigo que quieren presentarte. Las personas enamoradas son como las que acaban de encontrar a Dios, se creen que tienen un secreto que sólo ellos conocen y no te van a dejar en paz hasta que lo hayan compartido detalle por detalle contigo. Para ellos, como para Dios, la noción de que uno quiera estar solo es incomprensible y por lo tanto descartable.

Mi nueva mejor amiga, por ejemplo, lleva media hora haciéndome notar cada gesto encantador de su prometido. Yo puedo verlo por encima de su hombro: acaba de encontrarse con dos amigos y los tres conversan bajo el sol, más allá del bosque artificial de sombrillas multicolores del restaurante. A estas alturas ya sé que se llama Mario y ya estuve de acuerdo con Diana en que tiene un bonito cuerpo, un poco tirando a lo flaco porque siempre está muy ocupado con el trabajo y el equipo de balonmano y se le olvida comer.

Para aumentar la irritación, resulta que el amor de telenovela de ella parece ser sinceramente correspondido por él. Cada cierto tiempo, Mario deja su conversación y se acerca para pasarle una mano hipnotizada por el pelo color caramelo, o simplemente para oír su risa, que por supuesto es femenina y delicada. Cada vez que se besan yo desvío la vista al mar. Hay un par de secretos que el resto de nosotros, los amargados, deberíamos compartir con los que andan enamorados. Pero ellos probablemente nos encontrarían descorteses.

Mientras tanto mi segundo margarita del día va apenas por la mitad. Cuando llegué a la barra yo quería sólo la esencia: un par de tequilas van directo al punto y no se andan con todas esas cortesías de sal en el borde y sabores coquetos. Pero es medio día en un hotelito vacacionero y, la pura verdad, no me atreví a pedírselos al bartender. Ahora el margarita se me hace como una pecera pero no quiero descartarlo porque pagué por el alcohol que yace en el fondo. Estoy atrapada y Diana aprovecha mi tragedia personal para comenzarme el cuento desde el principio.

Es ilustradora de cuentos para niños (por supuesto) y un día de tantos se conectó a Internet para buscar referencias para una serie en la que estaba trabajando. Yo me la imagino en un dormitorio rosado, con los peluches de la infancia sentados en tropel sobre la almohada y ella en la computadora Mac anaranjada, feliz porque le encanta su trabajo. En todo caso, como por designio divino, que es como siempre le pasan las cosas a personas como ella, un pequeño icono medieval la llevó a un antiguo poema irlandés, escrito por el bardo Taliesin hace más de mil años. Y de la página con el poema fue cuestión de un click para que, como una visión, fueron apareciendo en la pantalla los diseños mágicos y medievales del Libro de Kells.

Diana sonríe como si estuviera viendo frente a sus ojos la maravilla de las diminutas figuras, exquisitamente ilustradas y yo tengo que admitir, muy a mi pesar, que se le nota el sincero amor que siente por su arte. Tal vez, sugiere una lejana voz interior, su felicidad no es del todo producto de una intoxicación por tinte para el cabello. Pero ella se apresura a desbancar mi teoría.
-Lo curioso –me dice- es que yo ya conocía las ilustraciones.
La lejana voz interior suspira con tristeza y desaparece.
-El Libro de Kells es bastante conocido –le digo yo, con infinita paciencia, pero ella sacude la cabeza categóricamente.
-No –me corrige- lo que quiero decir es que las ilustraciones que yo estaba haciendo para mi libro eran idénticas a las del Libro de Kells.
Idénticas. Sosteniendo sus propias ilustraciones junto a la pantalla, Diana se fue encontrando con que había reproducido casi a la perfección, sin haberlas visto jamás, las páginas de un manuscrito de mil doscientos años de antigüedad.
-¿Y cómo puede pasar eso? –le pregunto yo, esta vez con genuino asombro.
Diana se inclina hacia adelante en su silla de plástico y me habla a la cara, sabiendo la reacción que pueden despertar sus palabras.
-El poema de Taliesin trataba sobre la reencarnación –dice.
Yo me quedo en blanco.
-Ajá –le digo.
-Ajá –dice ella y entonces yo comprendo las implicaciones.
-¿Me estás diciendo que crees que recordaste las ilustraciones del libro porque las habías visto en una vida anterior?
Diana asiente, acepta con entusiasmo otro ponche de frutas que Mario le ofrece.
-Eso es obvio –me dice, colocando una cereza roja en la punta de su lengua- Lo más probable es que yo misma fui uno de los monjes que ilustró el libro y me quedó el amor por las ilustraciones en esta vida. Porque cuando me di cuenta de que las recordaba de memoria se me ocurrió algo: uno reencarna y puede cambiar el país donde uno nace, la familia, el sexo. Pero para que uno siga siendo uno, algo debe mantenerse igual, ¿no? Las cosas que uno más quiere o las que no puede dejar de hacer. El alma.

Yo asiento en silencio, fascinada por el giro que ha tomado la conversación.
-Y, si las pasiones de uno se mantienen, entonces existe una posibilidad de que uno puedo regresar a ellas más adelante. O sea que es posible que yo, en una vida anterior, me deje a mi misma un mensaje para una vida siguiente, en un lugar donde sé que voy a encontrarlo luego, como en una ilustración famosa, por ejemplo.
Algo en sus ojos me reta a preguntar pero por alguna razón inexplicable no quiero llevar el asunto más allá. No sé por qué, pero comienzo a temer lo que Diana va a decir a continuación. Por un momento nos miramos sobre nuestros cocteles, como jugadores de ajedrez sorprendidos en un impasse. Al final, puede más mi curiosidad.
-No me digas que encontraste un mensaje –digo.
Diana asiente.
-No fue difícil en realidad. El original del manuscrito de Kells existe todavía en la Universidad de Trinity en Dublín. Lo que más me costó fue ahorrar el dinero para llegar allá.
-¡¡¿Y?!!

Pues que al llegar a la antigua y muy venerable Universidad de Trinity, un bibliotecario del siglo veintidós, con un audífono en un oído y manos que se movían independientemente sobre el teclado, le informó que el libro había sido reservado ya por un estudiante español. Si era realmente importante para ella, le informó con ligero desprecio, tendría que convencerlo de que compartieran el tiempo de estudio. No se hizo de rogar para proporcionarle el número de teléfono del hotel, quizás, pensó Diana, porque estaba seguro de que no volvería a verla.

El estudiante, que era Mario, por supuesto, se mostró encantado de reunirse con ella. Se citaron en una de las cafeterías de la universidad y, apenas Diana lo vio, supo que habían estado juntos desde siempre, no solo en una vida sino en diez, en quinientas, en todas. Por su parte, Mario levantó la cabeza de las notas que estaba leyendo, la descubrió de pie cerca de la mesa y comprendió que la búsqueda de toda una vida había terminado.
-En mi corazón –le dijo con su acento andaluz- yo te conozco como Cira de Ponce y Garrido. Y te he extrañado siempre.
Pasaron la tarde tomando café y poniéndose al corriente de las últimas vidas. Mario había comenzado a sospechar en su adolescencia, con el sueño recurrente de la mujer de melena indómita que avanzaba descalza hacia él sobre el suelo de ladrillo rojo de una iglesia. Le tomó cinco años rastrear el edificio, sólo para descubrir que había existido no lejos de Sevilla en el siglo XVII. Le tomó cuatro meses localizar los archivos de la iglesia y encontrar en ellos el nombre que de inmediato lo transportó a otra época. Dos años después, tras largas horas de investigación, logró comprar de los descendientes de una familia sefardita un pequeño baúl de madera labrada conteniendo las pocas pertenencias restantes de Cira, a quien, según la leyenda familiar, no se le había podido dar cristiana sepultura porque su muerte había sido declarada como suicidio.
-Yo no creo que fuera capaz de suicidarme ni entonces ni ahora –me comenta Diana casualmente –aunque quien sabe como me sentiría si por alguna razón perdiera a Mario.
En todo caso, entre otros efectos personales la caja contenía un libro de oraciones barato, cuyas ilustraciones habían sido copiadas del Libro de Kells. Al igual que con Diana, las figuras de vivos colores despertaron una vaga memoria en Mario y eventualmente lo llevaron a Irlanda.

Ahora, la historia que ha abarcado decenas de siglos y quién sabe cuantos países, continúa su curso frente a mis ojos. Entre risas y bromas Mario se despide de sus amigos, me dirige una sonrisa encantadora y toma a Diana de la mano. Diana se levanta como la quinceañera que va a bailar con su primer novio.
-Nos vemos después –me dice mientras él tira de su mano- tal vez en la noche, si decides salir a bailar.

Yo me levanto también, impulsada tal vez por curiosidad, tal vez por un sentimiento más sutil que se ha ido apoderando de mí durante la conversación.
-Sólo una pregunta –le digo.
Diana se detiene, muy a su pesar deja que Mario se adelante a la playa sin ella.
-Dale –dice.
-¿Encontraste un mensaje para ti en el Libro de Kells?
La sonrisa regresa.
-Si, claro. En esa época los escribas no se limitaban a copiar el texto nada más. Acostumbraban poner notas al margen, aunque no tuvieran que ver con el original. En una de las páginas encontré las primeras líneas del verso de Taliesin, y luego una advertencia abajo.
Por fin, el escalofrío que ha estado esperando en la base de mi espalda se levanta y recorre mi columna vertebral.
-¿Qué decía?
Diana se muerde la lengua rojo cereza entre los dientes.
-Que me mantenga alejada de él –dice.
Luego se despide con un gesto coqueto de los dedos morenos y sigue a Mario hacia el mar.
Este cuento fue publicado en la antología de cuentos "Los Salvajes" y recopilado para la antología "Cuentos del Paraíso Desconocido" de la Colección Calambé, España.

    Sobre la autora

    Jessica Clark Cohen nació en 1969 en San José Costa Rica. Su biografía es una lista de eventos cotidianos y prescindibles que la hicieron una persona típica de clase media, afirma... Más...

    Enlaces