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Carla Pravisani: Castillos en el aire

LUFTSCHLÖSSER | CASTILLOS EN EL AIRE

Carla Pravisani: Castillos en el aire Salvania oye el motor asmático del carro de Crisafio subir la cuesta y enfrentar el muro de piedra. El portón eléctrico. Adentro ella está sola. ¡Mentira! No está sola pero se imagina sola. El arquitecto no es más que un sueño de la realidad, una fantasma que habla del proyecto que a Salvania le interesó en algún momento, pero que ahora significa menos que la llovizna susurrante cayendo sobre el techo.

El arquitecto es un hombre apuesto sin lugar a dudas. Salvania se detiene en sus manos grandes y en ese peinado de niño bien portado. Todo en él está armónicamente en su lugar como en un paisaje suizo. Limpio, de ensueño. Salvania se imagina con el arquitecto. Abandonar a Crisafio y quedarse con el arquitecto. Es más, piensa en algo mucho peor: Crisafio entrando y encontrándose a los dos haciendo el amor sobre el tablero de dibujo. La escena no le da más que risa. Una risa triste. Pobre arquitecto. No se merece que nadie le desacomode nada. Pobre Salvania. Ese hombre no le gusta. Le gusta el todo, más no las partes. Y en ella las partes son más importantes que el todo. Es capaz de enamorarse perdidamente de una uña. De un ombligo. De una ceja. ¡Así de estúpido es su amor!

Crisafio entra con el susto en la cara que siempre traen los que llegan tarde. Se sienta y se concentra. El arquitecto explica nuevamente las vistas del plano. En la computadora el dibujo de una casa da vueltas en círculos. Se le ven las tripas, el interior expuesto. Como lo lograría cualquier superhéroe con vista biónica, atraviesan las paredes, ven el inodoro, la pequeña mesa, los sillones. Esa ilusión de casa tiene hasta una refrigeradora de dos puertas y un jacuzzi.

—Por aquí se subiría al segundo nivel…—explica el arquitecto y atraviesa con el cursor la escalera ficticia. Luego tiñe las paredes de rojo bermellón.
—¿Qué opinan de estos colores?—pregunta.
Salvania debe concentrarse en el dibujo, trata de enfocarlo nuevamente.
—¿Ese rojo sangre?
—Sí, bueno, la combinación de los fríos con los cálidos.
Ella se levanta de hombros. Su desinterés parece descontento. Crisafio, en cambio, señala las ventanas.
—Deberíamos hacerlas más rectangulares ¿no? —indica.

El arquitecto las modifica, le cambia las alturas. Salvania mira a Crisafio. Lo traspasa. Intenta verlo también por dentro como a la casa. Entender qué le pudo atraer de esa mujer. Piensa en ella y en su propio cuerpo, en su cara de flecha, en sus pies imperfectos. Enlista las diferencias, las agrupa como si el instinto fuera estrategia, cínica sabiduría. La mente busca respuestas adónde sea. Cuando era niña contaba las letras de los nombres porque si el número coincidía eso quería decir algo. Llamarse ambos con ocho letras era una señal muy fuerte, un destino aritmético. Ahora esas coincidencias no significan nada. Perder la ingenuidad es perderlo todo. Salvania y Crisafio, ambos de ocho letras. Podrían superponerse una por una. En cambio al nombre de esa mujer le sobran dos vocales. ¿Puede un adulto regresar a estos juegos a buscar consuelo?

—Por aquí habría un acceso a la huerta…—informa el arquitecto.
¡A quién putas le puede interesar a estas alturas la vida orgánica! En este mismísimo momento estaría escupiendo un corazón entre las lechugas. Se ha transformado en un ser caníbal.

Salvania se detiene en la habitación de esa casa de aire. Imagina a esa mujer que es solo un nombre, una foto estática, una tarde enmudecida. La oye gemir incansable en su silencio.
—¡Hay algo en el proyecto que no me gusta!—estalla ella de repente. Desconcertado, Crisafio la mira.
—¿Qué, amor? ¿Qué arreglarías?

    Sobre la autora

    Carla Pravisani tiene una sonrisa cálida, algo que invita a conversar con ella. Es rápida y lista, como debe ser alguien que se dedica a la consultoría en estrategia y creatividad. Más...

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