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Carla Pravisani: Locaciones

LOCACIONES


EXTERIOR- SAN PEDRO SULA-NOCHE

Llegamos a la medianoche. Miro por la ventanilla de la minivan tratando de descubrir algo, pero no se distingue nada de la ciudad, salvo el verde oscuro de las árboles y el lento abanicar de las palmeras. A menos de un mes para las internas del partido, el alcalde nos contrató para filmar una campaña que levante su imagen.
Todo el equipo técnico duerme, menos el chofer y yo. En esta forzada intimidad, me mira con lascivia. Lo ignoro. Su cabeza tiene la forma redonda y chata de una moneda; y su mirada no desprende la más mínima luz de inteligencia. Pero sus pupilas, como la de los tiburones, hacen suponer que detrás de esa aparente estupidez ronda un ser peligroso.


INTERIOR- HOTEL-NOCHE

El productor nos espera tomando un ron en un comedor anclado en los años cincuenta. Unas lámparas cuadradas iluminan de manera tenue la recepción forrada en cuero y la chimenea de piedra en la que colocaron una colección de orquídeas y de helechos.

—Necesito hablar con vos —me susurra Alexis apenas entro y me aparta del grupo—. Vamos a mi habitación.

El insólito tono suave de su voz indica que algo no anda bien. Mañana comenzamos el rodaje y todavía no he visto ni el casting ni las locaciones.
El ascensor se descompuso. Subimos por la escalera de emergencia las maletas y las cámaras. Su habitación es con vista a la piscina. A pesar del lujo todo (las alfombras, las frazadas, el baño) huele a cigarrillos fumados hace décadas.
Alexis se sienta sobre la cama y se restriega los ojos. Me cuenta que lleva dos noches sin dormir porque se las pasó de juerga con el alcalde. Abre la portátil para enseñarme las fotos.

—Este es Cristian, el líder del grupo de ex mareros.
—¿Por qué tiene así la cara? —pregunto.

La piel de la frente parece la mezcla mal revuelta de una lata de pintura. Alexis me explica que Cristian se borró los tatuajes con ácido de batería. La tinta se le derritió y las antiguas palabras le llegan arrastradas hasta las cejas. Cristian también fue líder de la mara Salvatrucha, y para poder salir y reinsertarse en la sociedad tuvo que desaparecerse la mayor parte de los tatuajes. Digamos que no los disimuló de la mejor manera. En uno de los brazos todavía lleva la lista de los que ha matado, más de quince.

—¡Estas son las hijas! —me muestra Alexis otra foto de Cristian donde aparece abrazado a dos niñas—. Y este es Edwin. A mi juicio, el más potable. Si no te lo digo, ni te das cuenta de que fue marero.

Convencerlos de aparecer en un comercial no fue tarea fácil. Al principio se resistieron por miedo a las represalias. Ninguno quiere arriesgar su vida o la de su familia. Cristian, por el alto rango al que llegó, logró conciliar con la MS. Negoció su futuro y el del resto del grupo con la condición de no meterse en ninguna bronca, de mantener un perfil bajo. Por eso se negaron a aparecer en la campaña. Pero, después de una encerrona que tuvieron, Cristian le comunicó al productor de que estaban dispuestos a hacerlo a pesar del riesgo. Concluyeron que este esfuerzo podría ser el primer paso para que muchos mareros se percaten de que sí existe una salida.

—¿Cuál es el problema entonces? —pregunto.
—Las locaciones —me responde y me muestra las foto de la casa de Cristian. Un cuartucho sin ventanas con una sola cama en la que duermen los cuatro, una mesa y dos sillas, un fierro para colgar la ropa y una refrigeradora un poco más grande que la de la habitación del hotel.
—¡Todas las casas de ellos son así! ¡Es una picha! Parecen celdas. No tenemos nada de profundidad de campo, no hay ni dónde poner los tarros de luces… ¡Nos va a quedar horrible! ¡No es cómo nos lo imaginamos!


INTERIOR - RESTURANTE - DIA

El restaurant es una mala copia del lejano oeste. Planteado como un sketch del Chapulín Colorado: un mini rodeo decora la entrada con caballos y jinetes modelados en fibra de vidrio y una puerta giratoria. En el estacionamiento, un lavacar termina por dinamitar el sueño texano. Adentro la ambientación se reduce una cueva oscura donde los mozos atienden con chalecos de flecos y sombreros de cow-bowys.
Todavía no se logró definir con Cristian el tema de las platas. Primero pide un monto, luego algo surge y quiere renegociar. Nos citó para eso. Quiere doscientos para el actor y el doble para él por haber logrado convencerlo.

—Unamos las mesas—dice Alexis y comienza a encastrarlas.

Enfrente de mí tengo a Cristian y a Edwin. Cristian ayuda a acomodar las sillas. En su barbilla se dibujaba ya sin tinta la “M” y la “S. La piel le quedó como un papel borrado con furia. Su mirada es esquiva. Sus ojos oscuros y opacos parecen un vidrio polarizado del que es imposible adivinar el interior. Edwin, en cambio, tiene la facha inofensiva de un cajero de banco o de un burócrata del estado. Sus camisas de manga larga borran la cartelera furiosa de su pecho y de su espalda. Se muestra extremadamente servicial y con una amable y peligrosa predisposición para hacer lo que sea por complacer. De todos los que vimos, es el que mejor calza para mostrar un cambio positivo.
El mozo nos deja el menú; un trozo de madera con un indio grabado donde los platos tienen nombres como “Arroz Apache Kid” o “Pechuga de pollo Wild West”. Cristian se concentra en su orden. Sin embargo yo siento que es capaz de verme hasta por los agujeros de la nariz. Su estado es el de alerta permanente.

—¿Unas cervezas?—les ofrezco.

Los dos se miran incómodos. Cristian me pone los ojos encima como si me agarrara del cuello. Pienso en los buses atacados a tiros, en los niños degollados, en las cabezas colgando de la plaza de San Pedro Sula, en las mujeres embarazadas destazadas como vacas. Pienso en todo lo que no debería pensar.

—No, muchas gracias, señora —me responde Cristian por los dos—. Somos cristianos.


EXTERIOR - COLONIA LOPEZ ARELLANO - DIA

El viento de las tres de la tarde parece salir de una secadora de pelo. Los niños descalzos y sucios juegan a las bolitas en medio callejón. Una capa de polvo cubre las hojas de los árboles como en una nevada de tierra. De la calle principal, empedrada y ancha, se desprenden otras más angostas. A pesar de los árboles las sombras son débiles. A lo lejos se oye el perifoneo hostigador de un vendedor de huevos.
Edwin nos guía por el barrio como un edecán. Los vecinos nos ignoran, pero al advertir las cámaras, se meten en las casas y se reproducen. Sale el doble de gente a vernos pasar como en un desfile. Llegamos a las afueras de un muro gris. Sentada en la vereda una joven rolliza y avejentada se abanica con un diario viejo.

—Ella es Yensi — nos presenta Edwin—: mi señora.
Una beba camina hasta él y le agarra los pantalones para lograr mantenerse en pie dejándole a la vista el calzoncillo negro con elástico ancho y blanco como un cinturón de boxeo. Edwin la alza.
—Ella es mi hija… y aquel también —señala a otro niño flaco y largo de unos ocho años—. En realidad, Mynor es hijo de mi hermano, pero yo lo adopté, vive con nosotros desde que la mamá lo abandonó. Es sordomudo.
Mynor baja la mirada cuando se da cuenta de que hablamos de él.


INTERIOR - CASA EX MARERO - DIA

Alexis definió que la locación que mejor funciona es la casa de Edwin. Hay más espacio. Pero a las paredes les falta el revoque y todo está en obra gris; eso genera tristeza. Nos metemos a conocer. La sala: Del centro cuelga un póster de un bebé blanco y risueño flotando adelante de un arcoíris. Hay varios cuadros con la fotografías una mujer pequeña tomadas en diferentes viajes.

—¿Esa sos vos? —le pregunto a Yensi.
—No, esa es la mamá de Edwin. Esta casa era de ella. Pero se fue de mojada a Los Estados.
—Cruzó el desierto solita, sin nadie —cuenta Edwin—. ¡Dios la protegió para que no le pasara nada! Ahora vive en Carolina del Norte con una hermana.
—¿Y cómo está? —pregunto viendo con más detenimiento esa señora morena con forma de vasija indígena que sonríe a la cámara.
—Hace como ocho años que no sé nada.

La cocina: hay una mesa de plástico y dos sillas, además de la heladera repleta de imanes. La habitación: dos camas y una cómoda con cremas y colonias florales. En la pared una hilera de sandalias y tacones viejos, un espejo cubierto por calcomanías de Cristo y de Fórmula 1.

—¡Urge pintar todo esto! —digo.
—¿De qué colores?—pregunta Alexis.
—Verde, la habitación. Amarillo, la cocina. Turquesa, la entrada.
Sale en busca de Edwin para consultarle.
—¿A ustedes les gustaría pintar la casa? ¡Se vería lindo! ¿No creen?—oigo que les dice—. ¿Les gustaría el turquesa, el amarillo y el verde?
—Está bien—dice Edwin.

Corro los muebles y pruebo la combinación de las sábanas con el color de la pared. La pareja, desde el umbral, se acerca a mirarme con respetuoso temor. Mientras tanto Alexis sale al barrio a reclutar gente para pintar, el hijo de Edwin lo persigue.

—Edwin…necesitaría verte la espalda —le digo—. ¡Sacate la camisa por favor!
—Claro, con gusto.

Se la desabrocha y se para firme como en una foto policial y, solito, se pone de perfil y después de espaldas. Su cuerpo parece el obituario del periódico. En uno de los brazos hay una tumba con siete nombres. En el otro, debajo de una cruz, dice: “Chepe, mi hermano que en paz descanse”. Sobre el pecho un escorpión gigante y el nombre de la que fue su pandilla “Lopeños Locos”.

—Mi esposa también tiene tatuajes, por si le sirve—me dice.

Sin que se lo pida, Yensi se quita la blusa, se tapa los pechos y se coloca de espaldas para que aprecie su majestuoso rosal.


EXTERIOR – COLONIA LOPEZ ARELLANO - DIA

Cuatro jóvenes con los rodillos todavía húmedos esperan a que Alexis les cancele el trabajo. Pintaron durante toda la noche. Todo el barrio la pasó en vela. Algunos por ganarse una chamba, otro simplemente por no perderse la novedad. La casa se ve luminosa y alegre. ¡Lo que hace la pintura! Pienso en los tatuajes, en la piel decorada.
Los cuatro están vestidos y peinados. La niña, con un gran moño rosado y un vestidito de tules. Mynor, con una camisa blanca, pantalón azul y zapatos lustrados. Edwin, una camiseta de básquet y un pantalón reggeatonero; y Yensi, un vestido animal print ajustado.

—Esa ropa no nos funciona—le digo a Edwin—¿El jean que tenías ayer?
Se pone pálido.
—¿Éste? —dice y me muestra el trapo lleno de manchas turquesas que saca del canasto de la ropa sucia.
Me alejo para verlo a la distancia.
—No te preocupés, no se va a notar. Es blanco y negro el comercial. Y vos, Yensi, veamos más opciones de vestuario. Necesito algo más informal.
Yensi me lleva al patio trasero y me señala la ropa tendida.
—¡Esto es lo que tengo!—dice y también saca de un balde una blusa enjabonada —. Y ésta verdecita.

Reviso lo que cuelga en la soga y selecciono un pantalón negro y la blusa enjabonada. Yensi la enjuaga y la tiende al sol. Me asegura que en quince minutos estará seca.
Doy la vuelta a la casa para cerciorarme de que todo esté como lo necesitamos. Adentro, el equipo de producción coloca las cortinas y las plantas. Edwin se acerca y me dice, muy respetuoso, que quiere hablar conmigo en privado. Nos metemos en su habitación y me cuenta que recibió una amenaza. Saca de abajo de la cama una caja que le trajo un vecino.

—Prefiero no mostrarle lo que hay adentro —dice—. No es mi intención asustarla. Más tarde, cuando terminemos, voy a ir a hablar con Cristian para que arregle esto y no haya más problemas.

A mí se me afloja la inmunidad del cuerpo y me paraliza el miedo. Por otro lado, me corroe la curiosidad. ¿Qué habrá ahí adentro? ¿Una cabeza, una mano, un corazón? Quisiera arrebatársela y abrirla, sacarme las dudas. También tengo deseos de salir corriendo. ¿Qué clase de vecino la trajo? ¿Uno de los que andaba con el rodillo? ¿Uno de los que nos veía pasar por la vereda? ¿Cómo no percibí nada? ¡Todos parecían tan normales! ¿Dónde estoy? En un estanque de tiburones. En una película de la vida real. En un cuento de ficción. No tengo idea.

—Podemos suspender esto… —le aclaro aunque, en el fondo, no sé si lo haremos; pero me parece lo más sensato que puedo decir en semejante contexto.
—No, ya lo decidimos con el grupo—me explica—. Sería lo peor. Nos veríamos como unos cobardes y le daríamos pie a que ya no nos dejen en paz. Ahora lo importante es que el comercial salga al aire.
—Te doy mi palabra —le prometo mirándolo a los ojos.


INTERIOR – COCINA - DIA

La familia de Edwin se sienta a la mesa a simular un almuerzo. Alexis coloca los vasos y la leche, y pone unas tortillas en los platos. La niña desesperada quiere agarrar la comida, pero su madre le pega en la mano.

—No hay problema, no se preocupe—la tranquiliza Alexis—. ¡Hay más! Si quiere, que coma…
El fotógrafo prende las luces, pero cuando llega la hora de filmar, de la casa vecina suena una cumbia a todo volumen. Alexis sale a negociar, a darles unas lempiras para que lo apaguen.

—¡ACCIÓN! —grito finalmente.

Todos empiezan a actuar. Yensi llena los vasos de leche, los niños comen tortillas y se alistan para ir a la escuela, Edwin camina hasta la ventana y la abre para que entre el rojizo sol del amanecer.
Yo repito la toma siete veces hasta que finalmente lo hacen bien.


INTERIOR – TOYOTA PRADO - NOCHE

El alcalde no aparece. Nadie sabe nada. Lo buscamos en la casa, en el celular, en la oficina, dónde el gerente de campaña, en la municipalidad. Nada.

—¿Y si lo secuestraron?—me pregunta Alexis.
—Esperemos —miro de nuevo la hora.

Finalmente llega su 4x4 y se baja el vidrio del acompañante. El alcalde tiene la nariz roja y los cachetes como marshmallows. Nos subimos con él. Adentro el olor es intoxicante: una mezcla de tabaco, alcohol y sexo.

—¿Cómo… —sonríe el alcalde— están?
—Muy bien, gracias—dice Alexis—. Nos costó bastante localizarlo.
—Es que… —sonríe— teníamos algunos pendientes.


INTERIOR – CASA DEL ALCALDE – NOCHE

Entramos a la medianoche por la cocina. Todos las ollas cuelgan relucientes de un cordón metálico. No parece haber nadie. No hay ruidos ni movimiento. Nos cuenta que él funciona mejor de noche. Es más eficiente. Su día comienza recién a las dos de la tarde. Siempre ha sido así.
Nos conduce por su laberíntica casa. Llegamos a un living con una biblioteca atestada de libros, la mayoría enciclopedias y colecciones de fascículos. Sobre nuestras cabezas cuelgan más cabezas del alcalde en dos dimensiones: el alcalde con la bandera hondureña, en caravana por los barrios, dándole la mano al Presidente, en caricatura.

—Los libros… —dice y se queda tildado. Cada vez que abre la boca, uno no sabe si se le va a olvidar o no lo que pretendía decir.

En poco tiempo, el sitio se llena con sus colaboradores. Aparecen de los lugares más insospechados. Se abre una puerta del fondo y sale la esposa: una mujer elegantemente vestida y muy bien peinada a pesar de la hora. Rogelio, lo presenta como el mejor amigo de la secundaria. Trae un sixpack y lo apoya sobre la mesa ratona. El guarda. El gerente de campaña.
Alexis hace su cajonera introducción sobre lo difícil que fue producir la campaña, las condiciones tan tercermundistas no solo de Honduras, sino de toda Centroamérica con respecto al audiovisual, las ganas de que hubiera un poco más de tiempo y de planeamiento para sacarle mayor rendimiento a las imágenes y—¿por qué no?— pensar en un documental sobre la obra de la alcaldía. Finalmente agradece la confianza depositada en la productora y manifiesta el orgullo por los visibles resultados obtenidos a pesar de los obstáculos.

—¡Lo mejor es que el trabajo hable por uno!—dice Alexis con total convicción y le entrega un CD al alcalde.

Este lo introduce para verlo en el plasma, se aleja y le da play con el control remoto. Los comerciales empiezan a correr.
Las caras se mantienen inexpresivas, vacías de cualquier emoción a pesar de la música que invita al llanto instantáneo. Al terminar, el silencio se instala como un telón. Todos esperan que alguien sea el primero en arrojar su opinión, en picar la pared de hielo.

—¿Qué pensás, Rogelio? —lo empuja el alcalde.
El mejor amigo apoya la lata en el piso, se cruza de brazos y se refriega la nariz varias veces.
—Vea, Alcalde…—nos mira, luego se lleva al mano al pecho como si le doliera—. Los primeros dos están muy bien. Pero, con todo mi respeto, ese último no me parece. Creo que la idea de asociar un marero a su gestión es peligrosa, y esa imagen de él con esos tatuajes tan feos…no sé, puede traerle problemas. Esa es mi humilde opinión.
El alcalde cede el turno al guarda.
—Ellos son los especialistas… pero yo coincido con don Rogelio, ese comercial puede hundirlo.
Yo me levanto ofuscada de la silla.
—¡Yo más bien creo que este podría ser el primer paso para que muchos mareros se percaten de que sí existe una salida! —digo repitiendo textualmente lo que nos dijo Cristian.
—Es cierto. Lo que pasa es que la campaña no es para mejorar la imagen de los pandilleros… es para mejorar la imagen del alcalde—dice el gerente de campaña y me guiña el ojo.
El alcalde se pone de pie y gira en semicírculo para vernos a todos.
—La campaña… está muy bien. Estoy… muy agradecido. Me gusta el de los niños en la escuela y el de…—se tilda de nuevo.
—La policía municipal —lo socorre la esposa.
—¡Ese mismo! —agradece—. Pero este comercial del maleante tatuado lo voy a dejar en reposo. Prefiero salir al aire con el de los niños.
—¡Estoy de acuerdo! ¡Lo podemos descartar! —se suma Alexis—. Aquí lo importante es hacer esfuerzos permanentes. No nos olvidemos de que la comunicación es una construcción en el largo plazo.
Rogelio reparte las cervezas y propone un brindis por el equipo de campaña. Luego el alcalde nos conduce a su despacho, se sienta en su escritorio y saca la chequera del cajón.
—¿Le digo al chofer que los acerque?—nos propone mientras firma. Nos despedimos con un abrazo efusivo deseándonos un futuro prometedor. Afuera nos espera el chofer con el carro en marcha.

A las tres de la mañana la ciudad es un cuarto oscuro. El hotel en el que nos hospedamos es lo único iluminado de la ruta. Una flecha de luz dice “Cinco estrellas”. Sin embargo una de ellas apenas se sujeta a la frágil constelación.

    Sobre la autora

    Carla Pravisani tiene una sonrisa cálida, algo que invita a conversar con ella. Es rápida y lista, como debe ser alguien que se dedica a la consultoría en estrategia y creatividad. Más...

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