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Lili Mendoza: Todas nosotras tus voces

TODAS NOSOTRAS TUS VOCES

A Diego

“… me pregunto
si las viste, si dijiste
las palabras para librarme de esas tres señoras
cabeceando de noche en torno a mi cama,
sin bocas, sin ojos, de calvas cabezas cosidas.”

Sylvia Plath

Mamá no está bien. Cuando estira el brazo para alcanzar el azucarero, su mano tiembla y tintinean las siete pulseras de oro que lleva puestas desde su boda. La estoy visitando más a menudo ahora que mi hermana se ha ido, que murió papá, que las tías no vienen y los vecinos la ignoran. La visito más a menudo porque sólo quedan los perros en el patio, tendidos al sol sobre cemento y heces. Alguien tiene que limpiar. Mamá ya no puede o ha perdido el interés. Mamá se lleva la taza a los labios y sorbe – sonora - el café caliente. Se ha ido lejos, ya no siente la lengua quemada; no traga el pan que masca con la boca abierta – sonora- llena de café, todo al mismo tiempo, como si ese tiempo fuera el mismo y la mancha castaña que deja su taza sobre el mantel no fuese otra que mi infancia torpe y lejana, que quizás es también la suya – sonora- que intentamos lavar, ella y yo cada vez más tarde, cada día más lejos.

Primer episodio

Mami nos pone los zapatitos de raso blanco y los vestidos de la Primera Comunión. Nos sienta a la mesa y sirve café con leche. Toma el pan, da las gracias y lo reparte a sus discípulas diciendo tomad y comed todas de él. Papi va a llegar del trabajo en cualquier momento. Radio Hogar, son las tres y veinte minutos anuncia una voz desde el aparatito. Mami gira la perilla del volumen. Alto. Mami, me eché encima el café. Qué linda, dice mamá. Mi hermana se limpia los dedos en el mantel. Mami, qué celebramos. Mami. Mami. ¿Máma? No nos oye. Se va metiendo por las bocinas, perdida en la radio o quizás pendiente de otras transmisiones.

Segundo episodio

Cuando regreso de la escuela, mamá me agarra de la trenza y cruzo los aires para dar de cara con el biombo de la sala. Ahora cree que uso drogas. Para probarlo ha eviscerado una a una las muñecas y luego los animalitos de felpa. Las tripas de espuma buscan huecos donde esconderse y tiemblan de puro miedo. Yo también. Camino al suelo me encuentro con dos columnas de carne y pantimedias para sonarme los mocos; no mamita, estás loca; llueven sobre mi cabeza palos y peluches.

Corte comercial

En la entrada de un colegio, dos madres se reúnen con sus hijas. Una usa detergente Limpiex con Burbujas Acción Quita Manchas, la otra no. La madre Limpiex abraza a su hija – la niña con la camisa más blanca, la más feliz- y ambas caminan hacia la cámara en ensueño publicitario. Zoom in. Corte y cambio de escena. La mamá que no lava con Limpiex cuelga su cabeza, quizás de puro cansancio porque la camisa de su niña es irremediablemente gris. La madre la abraza ya sin ganas, la hija deja caer los brazos a los costados –a lo mejor triste- porque mamá no la quiere lo suficiente, porque la ropa sucia se lava en casa, se pasa por baldes y rayo, por golpe de piedra para arrancarle las manchas, para que nadie sepa.

Tercer Episodio

No dejes que los niños te toquen. Por nada del mundo dejes que te manoseen ni te quiten los calzones. Los hombres nada más quieren una cosa ¿me oyes? Y cuidadito con tocarles aquello, ¿eh?
Te metes en mi cuarto sin antes tocar y te instalas en mi cama – ya sin peluches- para decirme estupideces. Un día voy a salir corriendo y no vuelvo más, allá afuera no puede ser tan feo como lo pintas. Vas a ver, me voy a ir. Tú sigue hablando con asco de los hombres, yo sigo acá peinándome frente al espejo. Puta, y hundes mi frente en tu pecho reflejado, maldición de siete años de besos en potencia, para que me sangre la cabeza, sean más los fragmentos y al que venga le cueste barrernos, el recuento de astillas y hematomas. La vieja radio me recuerda

       siete años no es nada
       febril la mirada,
       errante en las sombras,
       te busca y te nombra

loca.

Cuarto episodio

No sin reticencia, papá la lleva a la clínica. No sé si se acuerda – pienso mientras hablamos – cuando salí de casa por última vez en un tumulto de gritos y mirones. Ahora la lleva a la consulta porque cree que él, que de viejo ni al baño va solo, tiene una novia. Entre apenado y harto me llama a la oficina para contarme. Todos los días una nueva migaja, una crisis. Se me está desmoronando como galleta, me dice. Cuando colgamos quedan estáticos entre las líneas las cosas que no me cuenta y este desprendimiento mío que es también el silencio de nuestra conexión hace tanto perdida.
A una semana de la consulta, el viejo llama nuevamente. Me cuenta bajito que mamá escucha voces. ¿Papi? Habla más alto y él responde, no puedo hija, ella escucha todo. Papá se está desbordando por el teléfono y yo le voy detrás recogiendo palabras: desequilibrio, bioquímico, paranoia, medicamento, no debe saberlo. Clic. Como si ella y yo fuésemos otras; hijas o invenciones mismas de las voces desterradas.

Corte comercial

Una madre y su hija se sientan a tomar café Del Campo: El sabor de tus mañanas, 100% orgánico, molido extra fino; el café que se comparte. En la mesa hay bocadillos, azucarero, un recipiente de leche y tazas de porcelana con motivos florales. Las mujeres conversan en silencio, tan unidas que no media entre ellas palabra. Más bien se miran por encima del vapor que desprenden las tazas y sonríen. Fade out. Corte.

Episodio final

Te visito porque ya nadie viene. A veces y con sobresalto, te medico. Te invito a sentarte a la mesa y te brindo café con medicina, a veces bocadillos. A veces, sólo a veces, logramos reírnos o vemos la tele.
Hay días en que me recuerdas a mi verdadera madre, como cuando era niña y me llevabas al museo o cosías trajecitos de baile. En esos días sacamos los álbumes de fotos y nos reímos de los peinados estrafalarios de las tías, la vez que tío Mono le pegó a la abuela y no a la piñata, cuando papá vivía. Hay otros en que nos contamos cosas que creíamos olvidadas; tú porque no estabas, ocupada de voces y presagios, poblada como estabas de minas y cardos; y yo porque también estuve ausente en espera de este tiempo calmo en que duermen los demonios de tu cabeza y yo me he librado, por ti, de los míos. No por ello eres menos mía, menos mi madre; nunca es ajeno mi hilo de tu madeja.

Premio Centro Americano de Cuento Yolanda Oreamuno, 2009

    Sobre la autora

    Existen esos momentos en la lectura, en los que uno simplemente se quiere detener. Porque se ha sumergido uno a tal profundidad en la lectura, que se siente uno parte de ella y olvida su lugar original, tanto en el tiempo como en el espacio. En algunas de sus mejores short stories, microrrelatos y reportajes literarios Lili Mendoza logra construir tales momentos. Más...

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