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Mauricio Orellana: Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto

KAZALCÁN Y LOS ÚLTIMOS HIJOS DEL SOL OCULTO

Quehnimpol se recuerda caminando, cadavérico y huesudo, por esa vereda flanqueada de matas de chichicaste y arbustos de barajo, rumbo a la destartalada choza de mala vida llena de niños apestosos y mujer desaliñada. No recuerda si para entonces (última vez que visitó esa inmundicia) la joroba ya había comenzado a instalársele en la parte superior derecha de la espalda. En todo caso, recuerda haber sentido el mismo peso de siempre mientras caminaba odiando las oblongas hojuelas del barajo, caducas como él, espinosas en su base, como su vida, por lo que, joroba o no, tampoco es relevante. Sin aliento, después de larga caminata en solitario, encumbrándose de poco en poco hasta la cima de la marginal colina, pequeña como todo cuanto en ella había, se vio con las sandalias y polainas enrojecidas hasta la médula por el barro incisivo del camino, y supo que había llegado.

Se detuvo. Miró alrededor. Con el dorso de la mano izquierda se alivió del polvo inmundo asido a sus labios, polvo que había venido masticando desde hacía ratos. Escupió con repugnancia, sin atreverse a ver el caído resultado de saliva y barro que como gota de sudor salado que se diluye en el mar, se había también probablemente diluido en ese camino hecho de polvo de barro y saliva. Al menos de eso quería él creer que estaba hecho el camino. Recuperó el aliento, enterró con fuerza la punta del improvisado bastón de guayabo que le sirvió de compañero de viaje en ese infierno, y emprendió la ruta hacia la choza. No quiso ver, sin embargo, hacia adelante. Menos existiría esa choza inmunda mientras menos la hiciera existir con la mirada. Los ojos, entonces, a los pies: preferible, en este caso, el polvo de barro y la saliva.

Niños apestosos salieron a su encuentro. Tropel de manchas rojas invadieron su ropaje. Muestras de manos de niños rojizos. Niños de barro: siete, ocho, doce. Hubo que quitárselos de encima a bastonazos y juramentos. Pensó que nunca iba a llegar, pero llegó, maldita sea, llegó, y la miseria de una vida le inundó los ojos, con qué más iba de ser que con miseria. La mujer desaliñada estaba ahí, mirándolo alegre, chispeándole blancura a la deshonra con sus dientes pelados: sonrisa, le llaman ahí. No quería mirar al hombre sentado a la mesa, pero lo vio. Había venido para verlo, para saber si era cierto cuanto se decía de él: que era feliz, que no reñía sus derechos; lo que no significaba querer mirarlo en su desgracia.

—Bienvenido, Quehnimpol –le dijo con firmeza, queriendo decir lo que dijo.

Hombre gallardo en la desgracia Uxtlalbavá, sin jorobas ni ademanes falsos. Daba lástima al Noble Corcovado, por lo hermoso que era, y lo joven y fuerte, y lo alegre en su vida de miseria
Quehnimpol habló tendido con él, observando, receloso, cómo abrazaba a las mugres esas que hacía un rato lo habían llegado a recibir en el camino, a quienes había tenido que alejar a bastonazos. Lo vio besar a la desaliñada, sonreírle.

—Te ayudaré a salir de acá –le dijo, ya sin poder contener la respiración. Porque, de alguna forma, había estado conteniendo la respiración desde el mismo instante en que entró a la choza. Iba a asfixiarse ahí si no salía pronto.
Uxtlalbavá lo miró sorprendido, dándole a Quehnimpol la sensación de haber hablado otro dialecto.
—Te ayudaré a salir –le repitió, asegurándose de hablar la misma lengua, la que todos comprendían.

Por respuesta, la misma reacción de no haber entendido la razón de ser de la pregunta.
—No puedes conformarte con...
—Deja eso –interrumpió Uxtlalbavá–, y piensa bien antes de atreverte a irrespetar mi casa.
Brillaban los ojos de Uxtlalbavá, y la sonrisa estaba quieta en sus labios, enfatizando lo dicho. ¿Era ese el ruego de un hombre feliz? ¿Qué habría pasado de haberse atrevido Quehnimpol? Pero no se atrevió. Había encontrado al idiota feliz en la miseria que todos decían que era Uxtlalbavá.

—Lucharé por ti de todos modos. Bien sabe Topuc que sé lo que mejor te conviene –dijo Quehnimpol, y dejó el asiento, y salió de la choza mirándose los pies, haciendo que la choza no existiera. Buscó el camino de barro y saliva y comenzó a desandarlo. Los niños salieron con él. Siete, ocho, doce niños. Bullanga y tropel. Fastidiosos niños rojos. Sus nietos.

Fragmento de "Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto" (Uruk Editores, 2011. Costa Rica).

    Sobre el autor

    Mauricio Orellana Suárez nació en San Salvador, El Salvador, en 1965. Estudió ingeniería electrónica y ha sido director y editor de la Revista "Cultura" de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de El Salvador. Actualmente se desempeña como corrector de textos y traductor independiente.Más...

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