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Gustavo Campos: DSM-IV. Iris

DSM-IV. IRIS

Pero no tenés casa, y lo sabés, confesarlo de entrada te ayudará bastante; no tenés dinero, ganás un sueldo miserable que apenas te ajusta para pagar la renta, las cervezas o el ron Plata y la comida de rata que comés; no tenés nada, compartís una pila y el baño es público, no tenés nada, no sos nada, vivís en una cuartería, y los que fueron tus amigos te dicen que no sos nada, pero las personas con quien compartís vecindario son seres humanos, y te enternece saberlo y los defendés ante cualquier acusación de algún ex amigo tuyo de parrandas y de estudios, y lo hacés porque quizás no tengás el valor de un ser humano, porque no valés nada, no tenés nada, ni mujer ni hijos, ni carro; no tenés seguro, si te enfermás vas a la pulpería más cercana a comprar Tabcin, Panadol, amoxicilina, tetraciclina y un ron Plata, si es diarrea lo que tenés debido al gran cultivo de amebas dentro tuyo porque no comprás agua purificada, comprás Enteroguanil o Alka AD para taparte porque no sos nada y por lo tanto alguien que no es nada no tiene derecho a tomar agua purificada, sino agua de la llave, agua de tubo, y echarle un par de gotas de cloro o si no colocarle un pañuelo o camiseta blanca al grifo para que cuele el agua, y eso bebés, y si te enfermás, no importa, sabés cómo se cura un hombre que no posee nada, vivís frente a la Cruz Roja por si las moscas, muy cerca del Hospital Leonardo Martínez, aunque vos no tenés derecho a la salud, en todo caso tu hospital debiera ser el Catarino Rivas, y no tenés nada, y recordás, nuevamente, la razón por la que te fuiste de casa, no tenés nada y más o menos podés imaginar lo que te depara la vida, más o menos podés hacerte la idea que los sueños de tu familia los estás desperdiciando, pero ellos siguen soñando, y quizás alguien que creyó en vos aún cree en que serás alguien en la vida, pero las historias de un Totó en Cinema Paradiso solo existen en el cine, tal cual le dijo Alfredo a Totó: “La vida es más dura que el cine”; no sabés si seguirás escribiendo y si lo que escribás te dará de comer, que lo más seguro es que no, pero algo sabés, que debés seguir trabajando en la gasolinera, por muchas borracheras que pasés debés conservar ese único dinerito para sobrevivir, jamás tendrás auto, a menos que le entrés a algún negocito ajeno a la escritura; y si abandonaste la universidad porque no podés pagar tanto, y porque sabés que de nada sirve estudiar, que tu título no valdrá nada, que jamás te pagarán por hacer lo que te gusta, decidís renunciar a vos y dedicarte a lo que te impongan, no valés nada, lavar platos, ser dependiente en una tienda o mesero en un bar o cantina te dará algo de dignidad, pero eso sí, no cargarás con la hipocresía de ese montón de seudoescritores envidiosos y mediocres, para colmo en la radio no pasan música de Mahler, pero no importa, él tampoco es tan importante como el arroz, el pan, la leche, los frijoles, la Coca-Cola en la mañana y de vez en cuando las baleadas o un pollito frito con tajadas, y llegado este momento debés replantearte una de las preguntas que determinarán el resto de tu vida: ¿qué significa renunciar a tus sueños? ¿Escribir es un sueño? ¿O tener plata? ¿A qué debés renunciar si querés escribir? Al hambre no siempre se le asocia el genio, no tiene por qué ser así siempre. Y sentís la necesidad de escribir hasta dejar de hacerlo, hasta que vaciés tu alma de esas palabras que pocos entenderán, hasta que toque esperar nuevamente a que haya agua en la pila que compartís con ocho inquilinos, y el acto de creación es lo más parecido a tu modo de vida: una pila que se llena de agua una vez cada tres días, el agua es la inspiración, las musas; en cambio la mendicidad del espíritu es la pila, que a su vez es tu alma; y de nada sirve que vivás decepcionado de tu vida, vivís un desencanto atroz pero de pronto pensás en H. Miller y te decís que en los países tercermundistas también puede haber genios, que en los lugares más infértiles y extraños, donde la ruina es nuestro hogar, también puede crearse literatura de verdad, pero debés comer, debés comer, en Honduras solo podés sentirte un Bukowski de tercera categoría, y considerás que hasta para él fue fácil la vida, y que su vida no fue tan dura como lo es la tuya… y pensás que lo mejor sería que tu corazón dé por fin el salto, y pensás en el argumento de “Enoch Soames” y en La máquina del tiempo y en la película Volver al futuro, e imaginar que tu vida podría ser distinta, solo de imaginarlo, te envuelve una melancolía de fracasado iluso, de vergonzosa ingenuidad, y la incredulidad que te rigió y te formó como hombre escéptico te hace aborrecer cualquier sueño o idea que podrías albergar en el último indicio de brillo que queda en tu pupila, y recitás no poemas de Wordsworth, ni de Coleridge, ni de Neruda, Vallejo o Parra, o de Villon, Baudelaire o Rimbaud, no de Santiago Papasquiaro, ni de Carver ni de Lowry ni de Bukowski, ni de Sosa, ni de Quesada, incluso ni de Bulnes, sino un poema hallado en la basura, rescatado del olvido, un poema que jamás podría haberlo escrito un esteta o poeta de renombre, un poema rescatado que no desfila en la historia de la poesía de tu país, un poema que quizás podría equipararse a la pureza del realismo sucio, a tu condición de no valer nada, de no poseer nada, que hallaste un día en uno de los peores libros que nadie compraría, Atlas, y que revela en pocas líneas lo que nunca podrá hacer un poeta como Sosa: evocar en breves destellos la angustia, vergüenza y dolor de un verdadero pobre:

Recuerdo
cuando de niño
que mi caja de colores
era la ventana de un vecino
y las veces que golpearon mi sonrisa
recuerdo el oscuro callejón
de los mesones
su húmedo aliento
su miseria
recuerdo las corridas…de toro
el olor
a comida ajena
mi soledad/ tu ausencia
los cuartos en que viví
jaulas de madera
mis juguetes sin cabezas
y la ternura obligada/ prestada
de algunos vecinos
que cambiaron
mi coraza
de piedra

pero yo soñaba con una imagen...eran tres árboles, los árboles de Desnos, había más árboles y sendas, las sendas de Frost, y multiplicándose rápidamente conformaban un bosque, un bosque en llamas, un bosque en aguas, un bosque de humo y un bosque de árboles de piedra, cada piedra un árbol, cada árbol, piedra, eran muchas hojas y tantos frutos, marchitos frutos y maduros frutos, estos frutos y estas hojas eran rostros, rostros entre las sendas y los árboles de piedra, rostros derruidos por el tiempo, rostros sin savia, eran muchos ríos, en cada río sangre, en cada río en lugar de peces había rosas, era todo eso y yo parpadeaba, y en cada abrir y cerrar de ojos, como en un abrir y cerrar de puertas, aparecía una imagen que era laberinto, avenidas y calles que se entrecruzan absurdamente en la ciudad en la que vives, laberinto escheriano de la vida, de tu vida, entre cada pliegue de la rosa una habitación, que a su vez es tu alma sórdida, pero esperanzada, y muchos gritos cercados entre muros de miseria, de cartón y láminas, de madera que se comen las termitas, y camino entre solitarias calles, y caminás con tristeza y cansancio, yo soñaba con una imagen…eran muchos los muros, con cada muro un pétalo, con cada pétalo un aroma...una imagen, una imagen o una obsesión que en ese entonces creí auténticos, una vocación que no era falsa sino auténtica. El ojo del mundo es el ojo ávido del poeta, el ojo del mundo es el ojo de un joven fan de Mahler, no debe importar a quién espere o qué espere, no soy escritor, y otros podrán ser escritores, podría ser escritor y no lo soy, y otros no podrán serlo nunca, poseo una biblioteca digna, de cuyos libros no sé su procedencia, quizás de un párpado que es un hombre y a su vez dos hombres que cierran la puerta mientras otro parte, esos dos hombres se despiden observados por el fan de Mahler, dos párpados son dos hombres que discuten frente a frente, esos hombres son las sendas que nosotros inconscientes esperamos, esos hombres pueden ser los ríos en los que resignados al destino naufragamos, esos hombres pueden ser la Cuarta sinfonía de Mahler o un arcoiris y nosotros lo sabemos...

Fragmento de "Katastrophé" (Editorial Nagg y Nell. San Pedro Sula, 2012)

    Sobre el autor

    Gustavo Campos, poeta, narrador y ensayista, nació en San Pedro Sula en 1984. Actualmente se desempeña como profesional en el campo de las letras con orientación en literatura. Ha trabajado como corrector de estilo en el Diario La Prensa (2006) y en la Dirección Regional de Cultura Noroccidental. También ha sido gestor y promotor cultural y artístico. Más...

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