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Lucy Chau: Rolando sobre ruedas

ROLANDO SOBRE RUEDAS

Pleno mediodía en la Ciudad de Panamá. Con todo y brisas navideñas, le doy al menos treinta y tres grados centígrados. En la esquina del frente, un todo-terreno suena la bocina desesperadamente detrás de un taxi amarillo que deja un pasajero en la entrada del restaurante. Pasa uno, dos, tres; cada taxi que veo está ocupado y ni siquiera se detienen por si voy en ruta.

El taxi amarillo gira y atraviesa la avenida en pleno cruce, para detenerse justo frente a mí. Ventanas abajo, sin aire acondicionado, parece un contrato inadecuado para la ocasión. El conductor lleva el rostro empapado en sudor y pregunta mi destino con un gesto parco. Acepta llevarme y mientras me acomodo, le aclaro la dirección. Antes de echar a andar el auto toma un objeto de la silla del pasajero y lo guarda debajo del tablero. Creí ver mal, pero al final era ciertamente una pistola.
"No voy a permitir que nadie me hostigue. A mi ni el presidente de este país me trata mal" – dice, evidentemente ofuscado. Algún tipo de sustancia helada me recorre el cuerpo y pienso que lo mejor sería pedirle que me deje ahí mismo. En eso, el auto frena y aparece el embotellamiento. Lo miro fijamente y el hombre, casi como si yo no existiera, sigue hablando de sus derechos ciudadanos. Me explica que una vez los escoltas del presidente trataron de avasallarlo. Luego de algunos intercambios de palabras, el propio presidente baja el vidrio de su auto y le pide amablemente que lo deje pasar, añadiendo una solicitud de disculpas por el mal entendido. "Le hubiera volado el rostro de una trompada al custodio ese, y si se ponen guapos yo también sé sacar mi revolver", añade.

"Demasiado para un estacionamiento…" – digo casi murmurando, pero mi interlocutor no lo nota, porque sigue alegando a su favor.

"Fui chofer de una poderosa firma de abogados – la cual menciona sin mayores ceremonias – y con el dueño aprendí mucho sobre mis derechos. Además, cuando lo tenía que esperar, me dejaba leyendo y me preguntaba lo que había entendido. Yo sé de leyes" – concluyó.
A medida que avanzamos por la Avenida Balboa, el tipo va metiendo el auto entre las filas y retando a los demás conductores con maniobras agresivas. Algunos intentan meterle el carro por delante, pero un accidente al mediodía sería terrible. Uno puede pasarse horas esperando al patrullero, y aún cuando llegara pronto, el levantamiento del incidente y las interminables audiencias acabarían con la paciencia de cualquiera. De modo que los demás conductores terminan por echarle alguna maldición entre dientes o darle una mala mirada. Me pregunto si imaginarán que en este humilde taxi estamos armados.

En una de esas, el hombre termina metiéndose al barrio ejecutivo de Marbella, mientras me cuenta que su madre piensa que el es un demonio. El me explica la razón y poco a poco me voy calmando. Resulta que le gusta desarmar aparatos y mezclar sus funciones. Hizo una radio que anda por la casa y también logró atrapar señales privadas de teléfono en su televisor.
Aprovechando un minuto de silencio me atrevo a preguntarle por qué dejar el auto lujoso de un abogado importante, para cambiarlo por un caluroso taxi. "Libertad" – me dice. "Aquí hago lo que me da la gana".

Justo antes de entrar en pánico y ya pasado el edificio de la Contraloría, me aclara que en realidad fue víctima de un malentendido con el socio de su jefe. Le robaron y no supo como probarlo. Pidieron su renuncia cuando apenas comenzaba la investigación. Esa misma tarde llamó al “palanca” y le pidió que le devolviera el taxi para manejarlo él mismo. Desde entonces no deja de ser un ruletero.

A dos calles de la Avenida 5 de Mayo, ya estábamos conversando a la par. Para entonces los abogados le habían pedido mil disculpas y le mostraron los videos del banco donde el verdadero ladrón se mostraba tratando de cambiar los cheques. Ahora dábamos gracias a Dios por la vida, y aunque mi accidente fue peor que el suyo, porque casi muero en el camino montañoso de la Costa Arriba de Colón; el suyo daba más que pensar, porque un extraño momento de ceguera le nubló la vista y se fue de frente hasta la sala de cuidados intensivos del Hospital Santo Tomás.

Doblando por el Mercado de Abastos pensaba que si yo, a pocos metros de la oficina, lograba llegar viva con un taxista imprudente, veloz, colérico y armado; entonces era un día de suerte. Pero cuando bajaba y recibía mi cambio de sus manos percudidas y callosas, no pude evitar mirarle a los ojos, a unos extremadamente hermosos ojos de color miel, dilatados por la felicidad de haber contado historias por casi treinta minutos. Entonces apreté su mano, dejando caer las monedas al asiento, y le dije "Gracias, gracias por una buena historia".

cuento inédito

    Sobre la autora

    Luca Cristina Chau nació en la ciudad de Panamá, el 29 de noviembre de 1971. "Mi madre, Lucinda, era hija de inmigrantes. Mi abuela Roselyn, hija de una francesa y un esclavo africano. Mi abuelo George, hijo de un yugoslavo y una alemana. Este último se trajo a mi abuela de Martinica antes del gran terremoto (sí…da para novela). Más...

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