Clásicos

Wilhelm Busch

Wilhelm Busch (1832-1908): Autorretrato, alrededor de 1895; Copyright: Wilhelm-Busch-Museum Hannover La historia de los pícaros Max y Moritz es una de las obras más conocidas de la literatura infantil alemana. Se ha traducido a aproximadamente trescientos idiomas, otros autores la han parodiado, adaptado a la escena y le han puesto música. Hoy en día resulta difícil imaginar que el autor, Wilhelm Busch, tuvo muchos problemas en 1865 para publicar su historia en siete tiras.

En aquel entonces, a sus 33 años había dibujado sólo cuatro historietas, que se habían vendido muy mal. Cuando Busch le presentó Max y Moritz a su editor, Ludwig Richter, éste en un principio no quería imprimir la obra. Busch tenía que buscarse otro editor. Kaspar Braun, el editor de Fliegende Blätter, pagó mil florines en efectivo, para alegría de Busch, que llevaba mucho tiempo sin ganar dinero. El editor había tenido olfato: diez años más tarde, las historietas de Wilhelm Busch eran conocidas en todo el mundo.

Una mirada sin piedad a la sociedad

La popularidad de Max y Moritz motivó al magnate periodístico Randolph Hearst, en la lucha por la edición del New York Journal, a encargar una adaptación al dibujante Rudolph Dirks. Los Katzenjammer Kids aparecieron en 1897 en el suplemento dominical del periódico. Hasta cierto punto son los herederos del artista Busch, y marcan un hito en la historia de la tira cómica. Wilhelm Busch no era un artista cómodo. Sus historietas son crueles y en ocasiones también sorprendentes. Se le prende fuego a la cola de un gato, y aparecen personas que se trituran, vuelan por los aires o se cuelgan por un aro de la nariz. Busch tiene una mirada despiadada frente a la sociedad y los abismos mentales de las personas.

Wilhelm Busch (1832-1908): de: Max y Moritz, 1865; Copyright: Wilhelm-Busch-Museum Hannover

Las historias resultan fascinantes por el engranaje estrecho entre imagen y texto: La línea es precisa y rápida, pero las caricaturas también dejan mucho por descubrir a segunda vista. A esto se une el gran talento de Busch para el ritmo, la lengua y los elementos onomatopéyicos. Busch conocía las sencillas condiciones que dibujaba en sus historietas de su propia experiencia: Busch nació el 15 de abril de 1832 en el pueblo de Wiedensahl, en lo que entonces era el reino de Hannover, siendo el primero de siete hermanos. A los nueve años, su padre, un tendero, lo envió a vivir con su tío, el pastor evangélico Georg Kleine. El viaje en carruaje hasta Ebergötzen (junto a Gotinga) llevaba tres días.

Mejor artista que ingeniero

Cuando Busch volvió a casa de visita por primera vez en tres años, ni su propia madre lo reconocía. En casa de su tío le iba muy bien: Tenía clases particulares, leía poesía y aprendía a dibujar. Con su amigo Erich Bachmann, hijo de un molinero, caminaba por la región.  Por deseo de su padre, Wilhelm Busch comenzó a los quince años a estudiar ingeniería en la Escuela Politécnica de Hannover. Pero Busch prefería ser artista: en 1851 se cambió a la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf. Un año más tarde fue a la Real Academia de Amberes, para estudiar a los viejos maestros como Rubens, Brouwer y Teniers.

A Busch no le gustaban en absoluto las clases académicas; además el joven dudaba de su talento artístico. Después de sufrir un caso grave de tifus, en 1853 Busch volvió sin recursos a su lugar de nacimiento. De forma similar a los hermanos Grimm comenzó a recopilar leyendas y cuentos de su región. No dejaba de pensar en el arte; Busch consiguió que su padre le diese dinero una última vez para irse a Múnich a estudiar en la Academia de Bellas Artes. En la capital bávara conoció a Kaspar Braun, editor del semanario satírico Fliegende Blätter y de Münchener Bilderbogen.

Wilhelm Busch (1832-1908): Vacas pastando bajo árboles, alrededor de 1887; Copyright: Wilhelm-Busch-Museum Hannover

Por fin llega el éxito

Busch se convirtió en su colaborador y publicó sus primeras historias, entre ellas Los pequeños ladrones de miel o El pequeño pintor de la carpeta grande. Por fin Busch tenía éxito: producía ahora historias gráficas completas. A Max y Moritz le siguieron San Antonio de Padua (1870), La devota Helene (1872) y Padre Filuzius (1872), obras anticlericales de humor mordaz y referencias a personas contemporáneas. Algunas obras creadas durante la Guerra Franco-Prusiana, como la historia Monsieur Jacques à Paris durante el sitio del año 1870, son tan hostiles y malévolas que hoy en día se prefiere pasarlas por alto. Tampoco se puede negar la postura antisemítica de Busch en algunas de sus obras, como en Plisch y Plum.

A los cuarenta años, Busch se había convertido en un personaje conocido en Alemania por sus historietas. Hasta el final de su vida no encontró esposa. Durante toda su vida este artista pintó también paisajes y retratos, además de escribir poesía y prosa. En 1874, Busch publicó el libro de poemas Crítica del corazón, al que siguió en 1891 la novela El sueño de Eduard y en 1895 La mariposa. Cuanto mayor se hacía Busch, más se retiraba de la vida pública.

En su lugar de origen, Wiedensahl, encontró la tranquilidad que buscaba, pero sufría de inapetencia e insomnio, probablemente también porque hacía muchos años que era un fumador empedernido. Pasó los últimos años de su vida con familiares en Mechtshausen am Harz, escribiendo poemas y observando la naturaleza. Wilhelm Busch murió el 9 de enero 1908. Hoy en día se conmemora al «abuelo del cómic alemán» en el Museo Wilhelm Busch de Hannover y en sitios conmemorativos situados en Wiedensahl y Mechtshausen.
Rieke C. Harmsen
es historiadora de arte y redactora del Servicio de prensa evangélico (epd) en Múnich.

Copyright: Goethe-Institut e.V., Redacción en línea
Octubre de 2009
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