Lo único en el arte escénico tan especial del director suizo y músico es, en primera instancia, que genera belleza a partir de la debilidad y la superación. Las personas que pueblan su escenario son la negación total de un pensamiento que busque un fin. Porteros cansados, proletarios malhumorados, empleados grises, pensadores lentos y muchas otras formas de sucumbir al destino. Aquí la inercia cobra heroismo. Pero a diferencia de la comedia o la sátira que emplean tipos similares, el teatro de Marthaler no obtiene su grandeza de caricaturar ese tipo de biografías. No importa si muestra un racista borracho que se orinó su pantalón jogging, o un empresario totalmente fracasado, sus personas siempre conservan su dignidad. Cantando y esperando todos juntos, con acciones torpes o a través de una timidez capital los une, a pesar de todas las diferencias, un fuerte lazo de emoción y de humor.
A pesar de la gran simpatía con la que Marthaler trata a sus perdedores principalmente masculinos y que les confiere a sus puestas tanto corazón su estilo al principio representaba una fuerte provocación. Mismo su primera velada de canciones en Basilea, donde el músico de teatro dió sus primeros pasos escénicos terminó en un escándalo. El proyecto sobre las fuerzas armadas suizas, cuyo título estropeaba el himno nacional (“Cuando el cerebro alpino se enrojece, maten, suizos libres, maten”) casi terminó en que lo echaran de su puesto a su director general Frank Baumbauer. Pero no solo su burla fina, dirigida en diversos proyectos una vez a los políticos alemanes de posguerra, otra vez a la insolvente Swiss Air, o bien a un falso patriotismo, tiene marcadas aristas. En especial la prolongación del tiempo, que en alguna oportunidad obligó al público a observar durante minutos una vaga somnoliencia sobre el escenario, o bien el libre manejo de los textos se volvió incomprensible para muchos espectadores y críticos. Algunos de sus primeros proyectos importantes a principios de los noventa – p.ej. la actualización de Goethe “El Fausto de Goethe raíz 1 + 2” en el Schauspielhaus de Hamburgo o “Murx den Europäer! Murx ihn! Murx ihn! Murx ihn! Murx ihn ab!“ una velada de canciones sobre la mala relación entre las dos partes de Alemania presentada en la Berliner Volksbühne les resultaron tan ajenos a algunos observadores, que lo culparon de diletantismo.
Sorprendentemente la atmósfera musical densa y el extraño tableau de tipos perturbados y situaciones cómicas que Marthaler crea constantemente hasta el momento casi no muestra síntomas de desgaste. Lo cual se debe seguramente también a la organización familiar de su universo. Desde sus primeras producciones se mantuvo un núcleo personal que coparticipa del éxito de sus trabajos. La escenógrafa Anna Viebrock con sus arquitecturas cotidianas como catedrales, la dramaturgista Stefanie Carp que provee los textos de base para los proyectos, al igual que algunos actores (André Jung, Ueli Jäggi, Josef Ostendorf, Jean-Pierre Cornu, Graham F. Valentine) que contribuyen en equipo a que el teatro de Marthaler cree variantes nuevas, conservando su arraigada originalidad.
Esta comunidad artística fracasó como dirección de teatro en Zürich, donde en 2000 lo habían nombrado director general a Marthaler, sin embargo, recientemente con la adaptación de “La muerte de Dantón” de Büchner volvió a develar con alegre curiosidad el lado temido y modesto de un gran clásico. La revolución se traslada a una posada, donde los conflictos históricos solo tienen consecuencias musicalmente medidas y las mujeres revelan atrevidas los aspectos realistas de las luchas masculinas. De ese modo figuras conocidas del teatro adquieren dimensiones humanas completamente nuevas. Es decir que la belleza de los débiles aún da para mucho más.












