¿Realidad?

Triste zona templada (e igual de traumática)

El rubicundo sol del apuntar del día enseñoreábase de los viejos muros que rodean la estación principal de Dresde cuando nuestro tren reemprendió su viaje rumbo al norte.

Entre la multitud vocinglera que pululaba por la estación alcancé a divisar, aunque sólo gracias al elocuente cartel con mi nombre, alzado por su jefe, a los porteadores que debían cargar mis bártulos científicos hasta el hotel. Ese corrillo de tímidos jóvenes blancos me contemplaba con ojos desorbitados hasta que él, con un grito agudo, en un idioma para mí indescifrable, los despertó de su letargo. Con una mano señaló mi equipaje, y vi como se precipitaban a hacerse cargo de mis valijas. “Diles que tengan mucho cuidado”, le pedí a Helmut, mi boy. Por señas y más señas trató él de hacerse entender de los porteadores, una tarea inútil. “No hablan alemán culto, bwana”, me dijo, e hizo un gesto con el que me dio a significar que debía seguir a aquellos rapaces. Atravesando la ciudad mientras ella se despertaba como una flor bajo el sol de primavera, cruzamos la calle principal y un río que los aborígenes llaman Elbe. Desde un puente dizque “augusto” se distinguían las barrocas formas del Albertinum y las torres de la catedral, y por un instante pensé que estaba adentrándome en un mundo nuevo para mí, y rico en descubrimientos.

Luego de que arribáramos al hotel y de que los porteadores depositaran mi equipaje en él, no sin algunos desperfectos, me puse en camino con mi boy Helmut en busca del recinto que los indígenas llaman Musikhalle, donde habría de tener lugar la fiesta estival de aquello que en su enrevesada jerigonza denominan Schlager, un tipo de canciones que recuerdan un poco a aquellas que en cristiano conocemos como baladas. Era ya mediodía cuando, exhaustos, llegamos allí, e intentábamos entrar en aquella construcción por su portón principal, pero un grupo de nativos grandes, musculosos y con caras de pocos amigos nos cerró el paso: “¿Qué tú querer aquí?”, preguntó desconfiado uno de ellos. Me adelanté decidido, lo miré fijo a los ojos y le espeté la frase que había leído miles de veces en mis libros de etnología: “¡Quiero hablar con tu jefe!”

De esta o de manera parecida habría podido iniciar el informe de mi expedición, de haber querido adaptar mi experiencia de campo en Alemania a los tópicos del discurso del género. Pero estos recursos retóricos no sirven para describir mis vivencias como etnomusicólogo peruano, que si bien es verdad que investigaba en la zona templada y no en los trópicos, no por ello tuve experiencias menos traumáticas.

No voy a echarle la culpa a nadie. Sin ningún problema podría haber investigado en cualquier etnia donde la relación jerárquica se hubiese decantado a mi favor. Pero no. Quise poner a prueba la validez de las premisas de mi trabajo y me decidí por la etnografía del Schlager. ¿Cómo fue que se me ocurrió idea tan descabellada? Por pura casualidad. Un amigo español, que financiaba sus estudios en Alemania con las más diversas actividades, como yo también, me telefoneó un día y me contó que había encontrado un trabajo eventual en una editorial musical de Colonia. Su nueva ocupación consistía en anotar los pedidos, ir al almacén y desenterrar los ejemplares correspondientes de entre aquellas montañas de partituras no vendidas. En una de esas veces había encontrado algo que a mí, como estudioso científico de la música, y como peruano de larga residencia en Alemania, me tenía que interesar mucho.

Cuando nos encontramos un par de días más tarde, tuve que desechar por infundado el temor de que mi amigo me iba a entregar una versión impresa de El cóndor pasa, en alemán. Lo que recibí fue la partitura de una canción alemana, cantada y dada a conocer por una intérprete entonces desconocida para mí, de nombre Katja Ebstein. Ein Indiojunge aus Peru –El indiecito del Perú, así se titulaba la canción– estaba realmente muy lejos de ser una versión alemana de la famosa canción peruana, incluso aunque comenzase, como ella, con un solo de flauta. Este “song”, que el editor caracterizaba como “Moderato-Beat”, no era a mi modo de ver nada más que un Schlager alemán común y silvestre.

Download SymbolJulio Mendívil: Triste zona templada (pdf, 213 KB)

Julio Mendívil

Traducción: Ricardo Bada

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