Amistad: fisonomías de una relación compleja

Sobre el objetivo de la amistad

Mark Lombardi: ‘World Finance Corporation and Associates, hacia 1970-1984: Miami, Ajmán y Bogotá-Caracas (Brigada 2506: veteranos cubanos anticastristas de Bahía de Cochinos) (7a versión)’, 1999, © Pierogi BrooklynCuando las estructuras de relaciones políticas forman una madeja enmarañada: la sutil diferencia entre cooperación y corrupción.







Casi todo el mundo conoce a alguien con quien no se ha relacionado desde hace tiempo; puede ser un amigo de la escuela o un conocido de las vacaciones. Ambos piensan una y otra vez que hace años la relación que tenían era bastante estrecha; sin embargo, ninguno de los dos se atreve a tomar el teléfono y llamar sencillamente después de tanto tiempo, y la amistad termina por languidecer. En la política, la situación a veces es distinta: aquí hay redes de amistad, pero también de enemistad, que una vez trenzadas están siempre espontáneamente a disposición y se emplean. No precisan un cuidado intenso como en la vida privada, y además son más variables que en la vida “normal”. Los políticos se han socializado de un modo diferente al ciudadano medio; el afán de poder les lleva a tener un concepto específico de amistad (política).'

Las redes de cooperación que facilitan el trabajo a los políticos no sólo existen en un plano emocional; además viene a añadirse algo que en la vida privada está mal visto: la instrumentalización de la amistad. Quien sólo llama a sus amigos cuando necesita que le ayuden en el traslado a la nueva casa, y por lo demás más bien descuida sus relaciones, no será considerado en serio como un “amigo”. Los representantes del pueblo, debido a la falta de tiempo, en ocasiones están obligados a elevar las posibilidades de imponer sus propios puntos de vista ideológicos en redes de orientación temática. Se trata de conseguir el mayor resultado posible con un esfuerzo tendencialmente mínimo de comunicación. Además, se puede pertenecer al mismo tiempo a varios grupos, de diferente orientación; para acumular poder, incluso es preciso hacerlo.

Max Weber definió el poder como posibilidad de imponer algo contra la voluntad de otros. En torno a ello giran la actuación y los pensamientos de todo político, pues sin aplicar poder con éxito no es posible un progreso personal, ni a nivel voluntario ni profesional, en las instituciones políticas. La flexibilidad de cooperación y comunicación que se precisa para ello se expresa de un modo especialmente franco en el comportamiento que en Colonia se conoce como “Klüngel” (“madeja” o “cordada”); al respecto, la ciudad de la célebre catedral a orillas del Rin es famosa en toda Alemania.

El término procede del dialecto renano y significa “Knäuel” (“madeja”), tal y como se conoce de la lana. Desde el exterior sólo se puede apreciar hasta un cierto grado el entretejido de los diferentes hilos entre sí; lo que pasa en el interior sólo se puede presentir; puede estar todo muy limpio y ordenado, como parece a primera vista; pero el envoltorio exterior puede ser también una fachada muy sutil que engaña sobre los entresijos caóticos. Así de difusa es como gusta la situación a los habitantes de Colonia, con su “Klüngel”. Colonia es famosa por el hecho de que es normal que alguien desconocido le invite a uno a una cerveza cuando se encuentra solo en la barra del bar. Es la forma más inocente, pero también la más extendida, de una cordada: una cooperación sin compromiso alguno, la posibilidad de aprender a evaluarse y valorarse sin problemas, de recoger la cuerda, de momento sin segundas intenciones.

Sólo en un número muy pequeño de tales encuentros casuales se alcanza con las redes el siguiente nivel de la cordada, en el que se constata una cooperación más estrecha y más regular. Por otro lado, ésta puede ser muy fuerte y aislarse al exterior; en esto radica a su vez el mayor peligro de convertirse en corrupción. Un comportamiento deseable y agradable se puede convertir en un problema para la sociedad: una cordada positiva se transforma en una negativa.

Los políticos han de buscar tales cordadas positivas, pues eso es necesario para la democracia y el equilibrio fundamental de los más diferentes intereses. Sólo aquellos intereses que tienen la posibilidad de articularse con los decisores pueden tenerse en cuenta en los procesos políticos. Por ello, los políticos han de crear redes y establecer amistades (instrumentalizadas), para generar una y otra vez poder. Así lo esperamos de ellos, con razón, por ser nuestros intercesores libremente elegidos. Pero los políticos no están libres de emociones; desarrollan ambición, alegría o avaricia como cualquier otra persona. Y como, según Max Weber, para adquirir y conservar poder han de superar también resistencias, es importante que sometan su mundo subjetivo una y otra vez a prueba. De lo contrario, puede suceder que la ley no sea considerada como una instancia social superior, sino como una mera resistencia para impedir el poder.

El rasero para examinar la (propia) actuación política lo denomino ética de la corrupción: no sirve para nada contar el número de prevaricadores en el ámbito de la política e incluso sospechar de toda una profesión, como suele suceder en amplias partes del periodismo. Hay que diferenciar nítidamente entre cooperación y corrupción. Sólo si entendemos qué vías de la cooperación son susceptibles de ejercer maliciosas influencias, podremos al menos contener la corrupción, pues la corrupción puede consistir en servicios de amistad, maniobras arriesgadas o un gélido cálculo: siempre es dañina para el bien común.

Tomemos como ejemplo el lobbismo. En el Bundestag (Parlamento alemán) hay una larga lista oficial de aquellos que pueden representar profesionalmente los intereses de su sector en el Parlamento. En este grueso libro se puede consultar el “Quién es quién” de las organizaciones influyentes. Este hecho tiene como objetivo que los políticos, y también el personal de los ministerios, puedan cooperar con esas personas. Pueden obtener información, por ejemplo cuando se trata de hacer nuevas leyes. ¿Qué dice la industria, qué dicen los agricultores o los protectores de la naturaleza sobre un determinado problema? ¡Una mirada a la lista de los lobbies facilita la búsqueda del interlocutor competente!

Quien resulte fiable, quien sepa hacerse estimar, pronto formará parte de una red política de búsqueda de decisiones. Los sectores representados invierten en ocasiones ingentes sumas en ello. ¿Dónde está aquí el límite entre red y corrupción, qué ética sigue un comportamiento nocivo? Entre la mayoría de los cientos de lobbistas, cada uno, por supuesto, intenta introducir del modo más efectivo posible sus propias ideas en el proceso de debate político. Y lo hace con el menor ruido posible, para no despertar a eventuales enemigos; es decir, hay que buscar un lubricante para una comunicación eficaz.

El concepto “lubricante” está elegido aquí conscientemente: puede significar, por ejemplo en el caso del aceite para automotores, algo completamente normal y necesario; pero también puede ser una metáfora de soborno ilegal. Tan ambiguas como este término son las opciones de acción de los lobbistas. Los intercesores sinceros de su sector intentarán ilustrar a los responsables, por vía de la comunicación, su modo de ver las cosas y, en último término, convencer con argumentos. Esto cuesta tiempo y esfuerzo. Los que prefieren tirar falsamente de hilos elegirán otras vías para conseguir su objetivo: se ocupan de escribir ellos mismos el proyecto de ley y de que no se modifique en el ministerio.

La “madeja” que surge con esas relaciones refleja a su vez una postura profundamente humana. “Cuidar relaciones” es, en el sector privado, incluso motivo de orgullo. La positiva cordada significa emplear esas relaciones sin dañar a un tercero o a la generalidad. Las relaciones son un tesoro en la comunicación que busca el propio beneficio, porque la gente ha aprendido a evaluarse y se valora, y así pueden reducirse a un mínimo los gastos de transacción para una toma de decisión. En la política, la situación no es distinta; pero aquí, mucho más que en el caso de personas particulares, los actores se han de preguntar si se han aprovechado de la protección que ofrecen las relaciones “enmadejadas”.

Por último, las diferentes formas sociales, desde la Antigüedad clásica, no han conseguido abolir completamente la corrupción. Sólo se puede intentar contenerla lo máximo posible con la ayuda de la transparencia. Un comportamiento que difiera legalmente lo habrá siempre. Del mismo modo que los asesinos y los estafadores se inventan subjetivamente una estrategia para justificar sus acciones, los criminales de la política y la economía también tienden a encontrar escudos protectores morales para sus acciones. A diferencia de esta cordada negativa, la positiva no tiene por qué temer el discurso público. Lo que se ha acordado en el ámbito privado no tiene que ser malo per se; todo lo contrario: sobre muchas cosas sólo se puede tomar una primera decisión en un ámbito reducido, entre expertos. Pero al dar a conocer tales decisiones generales se tendrá que dar mayor importancia a la búsqueda de motivos políticos, para descubrir las estrategias de la corrupción éticamente justificada.

En Colonia, esto no tiene aún una larga tradición. En el pasado, las decisiones importantes sobre los proyectos de construcción se decidieron en procedimientos de urgencia. Lo que se había decidido entre bastidores no se presentó a la opinión pública crítica; en lugar de ello se tomó el atajo inmoral de la supuesta decisión urgente, que no permite un debate amplio ni sopesar alternativas. En el caso de la construcción de nuevos pabellones para la Feria, en la que se renunció conscientemente a un concurso entre empresas de la competencia, Alemania se ha de enfrentar ahora con las consecuencias: después de una demanda de la Comisión Europea, el caso ha pasado a la Corte Europea de Justicia. Los representantes oficiales de la Unión Europea en Bruselas están convencidos de que se ha lesionado el derecho comunitario de la competencia. De este modo, la “madeja” que se tendió en Colonia en torno a los pabellones feriales se ha de poner involuntariamente a prueba públicamente; un buen ejemplo de que es mejor plantear un debate antes de que sea demasiado tarde.

Frank Überall
es doctor en Ciencias Políticas. Vive en Colonia, donde trabaja como periodista para cadenas de radio y televisión públicas, así como para periódicos y la agencia de noticias DPA. Ha escrito un libro sobre las estructuras de las relaciones políticas en Colonia.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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