Amistad: fisonomías de una relación compleja

Amistades que van y vienen

Aquiles venda a Patroclo, herido por una flecha. Interior de una copa ática de Vulci (hacia el año 500 a.C.), Altes Museum de Berlín. © GNU Free Documentation License, 2009A partir de experiencias personales, el autor habla de dos maneras de entender la amistad: como relación incondicional y como vínculo que une a un grupo, y reflexiona sobre dos formas extremas de la amistad, una literaria y otra real.




Hace unos días un amigo me llamó en Barcelona, y su voz me reveló de inmediato que estaba resfriado; supe entonces que esa noche no podríamos vernos, tal y como habíamos acordado. Tampoco se sintió mejor al día siguiente, de modo que la idea del reencuentro, después de la larga sesión del seminario celebrado por la tarde, no transformó mi paulatino agotamiento en un estado de imprevisible euforia. Yo estaba en vísperas de mi viaje de regreso a Londres. Y mientras viajaba de vuelta a casa por la oscura y húmeda ciudad, sin ánimos para dar un último paseo ni hacer una visita a la sauna, recordé una frase de Adorno. En una noche de “desoladora tristeza”, su melancolía provocó en él un retorno al dialecto de su infancia, suscitando la vergüenza del filósofo. Mi propia tristeza, que apenas fui capaz de separar de la lasitud, despertó en mí el recuerdo de una redacción que había escrito siendo alumno del Colegio Alemán San Alberto Magno.

Fue quizás el año en el que descubrí el placer que sentía al escribir. En la clase de español se nos permitió que escogiéramos libremente un tema. El alumno con la mejor redacción debía participar luego en un concurso local. Yo imaginaba que la maestra había depositado sus esperanzas en mí. Pero la cosa salió mal. Porque el tema que me vino a la mente fue el de la insignificante experiencia de una decepción, algo que una tercera persona apenas podía comprender y que ni siquiera ofrecía material para una anécdota. En el texto, yo contaba cómo había quedado con un amigo y éste había cancelado la cita con muy poco tiempo de antelación. Aquella cancelación me había entristecido de una manera desproporcionada. Se trataba, sin embargo, de una cita común y corriente. Yo veía a mi amigo todos los días en la escuela y podía quedar con él en cualquier otra ocasión. Probablemente la profesora creyera que había escrito mi redacción sin haber encontrado realmente un tema. Había sustituido el argumento ausente por la estilización de un adolescente en cuyo centro estaba el propio e inseguro yo. Al recordar aquella redacción fallida suelo tener todavía ataques de vergüenza, a pesar de reconocerme aún en ella. Me veo como una figura de espaldas en el patio de palmeras y cipreses de la guardería. Como no tenía amigos, en los recreos me apartaba de los demás chicos y prefería tocar el piano sobre un pequeño muro. Se han hecho reformas y hoy el edificio se ha convertido en una residencia de ancianos.

En los años ochenta, en París, me enfadé algunas veces con una amiga italiana porque tenía la impresión de que a ella, en sus citas vespertinas, no le importaba tanto la presencia de uno u otro amigo en concreto, sino más bien la compañía que podía brindarle la alternancia de varios amigos. A los amigos con los que hablaba después de haberse ya citado con alguien, los animaba a acudir tambien a la cita. A mí casi me parecía que se había tomado al pie de la letra la actitud del personaje de una novela de Emmanuel Bove, un autor que le gustaba mucho. Dicho personaje sale a la calle, aborda a los extraños y les pregunta si quieren ser sus amigos. También mi amiga estaba decidida a buscar amigos dondequiera que pudiera encontrarlos. ¿Pretendía yo acaso escribir al margen de su agenda la célebre exclamación que a veces los profesores escriben al final de una redacción y que dice “Te has salido del tema”? Si normalmente no estaba dispuesto a denunciar la promiscuidad, porque creía saber que ésta podía proporcionar el contacto de una proximidad inesperada, tampoco debería ahora cerrarme a la perspectiva de experiencias amistosas que se presentan de forma inconexa, fuera de la historia de una amistad. ¿Comienza o termina para mí la promiscuidad de la amistad cuando, por ejemplo, un amigo argentino se declara dispuesto a aceptar la invitación de una estafadora destructiva, por el mero hecho de que ella le promete que podrá hablar sobre su nuevo libro?

Hace pocas semanas cené con mi amigo Gilbert y el cineasta chileno Raúl Ruiz. Al mencionar yo el DVD de una película comercial que había comprado poco antes en Buenos Aires, una expresión de alegría iluminó el rostro del artista. De un modo totalmente inesperado, le había recordado al cantante español Raphael, protagonista de Digan lo que digan y conocido también en América Latina, donde ha rodado varias veces. Gilbert jamás había oído hablar de Raphael. Decidió entonces salir a la calle para fumar un cigarrillo. Y dijo: “Todo el mundo tiene su propio mal gusto. ¡Pero a diferencia del buen gusto, el mal gusto no se puede compartir!” Entonces Ruiz sonrió y le llevó la contraria a mi amigo. No se trataba de mal gusto, dijo, sino de “violetas”. Aquel calificativo tan peculiar me fascinó. En él resuena tal vez el eco de la canción de una opereta francesa que cantan las tunas. Por lo menos por un instante, fui amigo de Raúl Ruiz. No importa si volveré a verlo o no.

En una ocasión charlaba con mi amiga italiana en París sobre las distintas cosas que hacemos normalmente en un día habitual. También para mí una cita después de acabado el trabajo contribuía a que el día fuera un día redondo. Si desde por la mañana sabía que por la noche iría al cine con unos amigos y que luego iríamos a cenar, podía trabajar mucho mejor. La escritura fluía casi espontáneamente, ya que la franqueza prometida posibilitaba una inmersión productiva en el tema. Tal vez mi amigo Giorgio tuviera una noción parecida de la amistad. A menudo proponía que creáramos una comuna, que los amigos se establecieran allí donde la vida no fuera tan costosa y estuviera libre de presiones, como en Turquía o en México.

Un lugar como ése me resulta familiar por los libros del escritor mallorquín Llorenç Villalonga. Tanto en su novela Les fures como en el fragmento póstumo titulado La bruixa i l’infant orat aparece un pueblo imaginario llamado Bearn. En él vive un niño cuyo amigo, mentor e ídolo es el herrero del pueblo. Xim enseña al niño a nadar en un “safareig”, un gran depósito público de agua que sirve para lavar y regar, y el chico lo hace desnudo, porque todavía no ha descubierto la vergüenza, y porque el personaje de mayor edad no conoce los falsos pudores. Xim, que también enseña al niño a hacer el pino y caminar hacia delante con las manos, a ir en bicicleta y a sostenerse con seguridad, incluso haciendo acrobacias, sobre un caballo al trote, tiene un cuerpo fornido y un espíritu vivo. Es simplemente él mismo y, debido a ello, está expuesto al debilitamiento mortal que terminará llevándoselo a la tumba. Cuando el narrador que describe su infancia afirma que el recuerdo del venerado herrero del pueblo le otorgó sentido a muchas cosas en su vida, cosas que, de otro modo, hubieran carecido de sentido, no sólo lo acompaña en ese momento su antiguo instructor. Lo que transforma al herrero en un amigo del chico, un amigo cuyo apoyo sigue recibiendo al ser ya adulto, es la ausencia de una conciencia jerárquica, que no se debe confundir con una negación de la diferencia condicionada por la edad; también lo hace el carácter ligeramente burlón y desamparado del trato.

En la actualidad, puedo soportarme mejor a mí mismo si en una situación dada soy capaz de atajar la maligna sospecha de que se está produciendo una degradación de la amistad por culpa de algún tipo de instrumentalización de sus lealtades. Me propongo no promover una rivalidad entre los amigos entendidos como una minoría incondicional – que es a fin de cuentas lo que son – y los amigos vistos como un grupo abierto. Si la relación imaginaria entre el niño y el herrero del pueblo puede considerarse el fenómeno límite de una amistad real, la figura única del español Pepín Bello representa otro fenómeno límite que colma el concepto de amistad de forma extrema. Como puede leerse en el hermoso libro La desesperación del té, Bello no dedicó su vida a ninguna profesión o vocación; o mejor dicho: su talento parece radicar en ser un amigo, y él puso su vida al servicio de ese talento. José Antonio Martín Otín, el autor del libro mencionado, nos habla de un “mimo”, de un cuidado y una manera de acariciar la amistad. Un soltero que hacía amistades y las conservaba, un mediador genial sin obra, una inteligencia que se abría totalmente a la hora de compartir: ése era Bello. Pues sus amigos eran todos artistas, gente que se hizo famosa con su arte, con su obra, poetas como Lorca, directores de cine como Buñuel, pintores como Dalí, toreros como Sánchez Mejías.

Hace poco tuve ocasión de ver Nina (A Matter of Time), la mutilada obra maestra de Minnelli. En una escena, el personaje que encarna Charles Boyer se baja de una vieja limusina conducida por su chófer. Poco antes aparece una pareja, tal vez dos señoras, que cruzan la plaza situada frente al gran hotel venido a menos. No pude evitar darme cuenta de que eran extras. Así cruzamos Gilbert y yo una calle lateral en Oxford mientras Ruiz filmaba la escena. Lo hicimos doce veces. ¡Los amigos como extras en las obras de los amigos!

Recientemente volví a encontrarme con Bello, el “decano de los artistas sin obra”, en el diario del escritor Enrique Vila-Matas. Pasé mucho rato hojeando ese diario en la librería La Central sin poder decidirme a comprarlo, si bien luego, para poner fin a mis dudas, lo compré como si sientiera una repentina ansiedad para hacerme con el libro. Actué a partir de un impulso, movilizando el valor de la osadía frente a la anticipada sensación del arrepentimiento. ¡Demasiados nombres célebres aparecían en cada página! Mientras lo leía y a medida que iba pasando las páginas, mi escepticismo del principio se fue quedando en límites cada vez más estrechos y el placer fue creciendo cada vez más, hasta que al final llegué a preguntarme si Vila-Matas, a quien no conozco personalmente, no podría ser un amigo. ¿Lo era ya acaso? Siempre me siento desolado, sin recursos, cuando me decepcionan los libros de una persona que me cae bien y con la que mantengo una relación amistosa. Lo mismo me pasa cuando me hago amigo del autor al leer su obra, y más tarde, cuando lo saludo en persona lleno de expectativas, compruebo que algo falla, que no nos llevamos bien ni tenemos mucho que decirnos. Y sin embargo tengo también esa clase de amigos, del mismo modo que, para otros, soy yo seguramente un amigo así.

Cuando, a finales de los ochenta, le pedí a un amigo francés que escribiera un ensayo para una antología dedicada a la amistad, antología que quería editar en colaboración con Silvia Bovenschen, él rechazó mi propuesta y dijo que apenas podía aportar nada sobre el tema. La amistad no significaba para él lo que, al parecer, significaba para mí. No me sentí ofendido. A veces creo entender lo que quiso decir, aunque me resultaría difícil señalar el motivo exacto. Luego, en cambio, vuelve a parecerme inexplicable la negativa del amigo.

Alexander García Düttmann
nació y se crió en Barcelona. Es profesor de Filosofía en el Goldsmiths College (Universidad de Londres). Entre sus publicaciones más recientes se cuentan Philosophy of Exaggeration (al. 2004, ingl. 2007), So ist es (2004), donde hace un comentario filosófico de Minima Moralia de Adorno (2004), y Derrida und ich. Das Problem der Dekonstruktion (2008).

Traducción: José Aníbal Campos
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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