Amistad: fisonomías de una relación compleja

¿Juntos otra vez?

Casi una isla - Foto y © Elmo AlvesAmor y amistad en la modernidad tardía. ¿Han sustituido los conceptos de amistad y compañerismo el modelo del amor romántico? ¿Será que estamos ingresando en una era posromántica?


“El casamiento es bueno, lo que resulta difícil es la convivencia”. La frase, oída hace algunos años a un agricultor de costumbres sencillas, en el interior de Minas Gerais, en Brasil, parecía resumir décadas de reflexión sociológica sobre el amor. En efecto, buena parte de las investigaciones desarrolladas por varios sociólogos a lo largo del siglo XX, de Georg Simmel a Anthony Giddens y Manuel Castells, se dedica a identificar y describir un dilema constitutivo del amor romántico como forma moderna por excelencia de la relación de pareja. Se trata de la paradoja entre, de un lado, el ideal romántico fundado en la expectativa de un compartir infinito de emociones intensas y, del otro, del amor romántico como núcleo afectivo de la familia moderna.

A lo largo de la historia reciente, esas dos dimensiones del amor romántico se fueron volviendo de tal manera irreconciliables que la sociología de las relaciones íntimas en el siglo XXI ha constatado de forma general el fin del romanticismo y la aparición de un amor posromántico. Para autores como Axel Honneth y Günter Burkart, lo que distingue a la relación íntima contemporánea ya no es más la idealización de un mundo de a dos como refugio y contrapunto de la vida exterior, marcada por relaciones opresivas y alienantes. Por el contrario, la relación íntima, en la modernidad tardía, se convirtió en un recurso más, movilizado en la búsqueda de la superación de las dificultades enfrentadas en las demás esferas de la vida. En lugar del romanticismo tendríamos hoy, según los posrománticos, parejas unidas por la amistad en una alianza de conveniencias.

El tema es difícil y ciertamente no admite respuestas válidas para todas las sociedades modernas y todas las parejas amorosas. Sin embargo, quisiera presentar algunas evidencias en favor de la preservación de la diferencia entre amor y amistad. Para ello reconstruiré en forma breve los argumentos de quienes defienden la tesis de que entramos en una era posromántica. Después procuraré mostrar que la emergencia de la amistad en el ámbito de la relación de pareja no suprime el romanticismo.


Del amor a la amistad

La trayectoria del amor romántico, por lo menos en la forma como se desarrolló en Europa occidental, se encuentra adecuadamente estudiada y cartografiada por la historia social y por la sociología. De acuerdo con esas disciplinas, el amor romántico corresponde a un modelo cultural de expresión de emociones que acompaña el proceso de construcción del individuo moderno en los últimos tres siglos. En cuanto ideal, el amor romántico promete el reconocimiento pleno de las singularidades personales, proyectando a los amantes hacia un universo propio que los desconecta del mundo social exterior. Es ese tipo de idealización que lleva a los amantes a sentir el amor como “la aceptación voluntaria de una fatalidad”, según la traducción lírica de Octavio Paz en La llama doble. Amor y erotismo (1993).

El modelo romántico representa una síntesis de ideales amorosos de carácter espiritual y carnal-sensual precedentes, fundiendo en él el amor platónico, la mística cristiana y el amor provenzal o cortesano y el ars erotica, el hedonismo renacentista y la galantería. En cuanto modelo de relación, el amor romántico combina elementos que en las formas de amor anteriores nunca andaban juntos, a saber: la pasión sexual y el afecto emocional; el amor, el matrimonio y, muy frecuentemente, el deseo de reproducción y la constitución de una nueva familia.

En el contexto de su surgimiento, el amor romántico contempla una dimensión revolucionaria, transformadora, en la medida en que representa la victoria de la elección y de las emociones individuales sobre la imposición de los arreglos matrimoniales definidos a partir de la tradición y de la religión.

Con todo, como mostró la literatura feminista, la posibilidad de liberación individual proporcionada por el amor romántico es unilateral, ya que en la idealización romántica le cabe al hombre el papel de sujeto de la actividad amorosa. Es él quien conquista y domina el mundo nuevo de emociones, mientras que la mujer es el objeto del (auto)descubrimiento masculino. A ella le toca esperar, pasivamente, que un hombre la elija como meta de su pasión, despertando también en ella, mujer, los impulsos del amor. Esta asimetría constitutiva del amor romántico se refleja también en el modelo de familia que de él se deriva: es el sacrificio de la mujer en la esfera privada, al encargarse del cuidado de la casa y de los hijos, lo que le permite al hombre conquistar el mundo público, la política y los placeres mundanos.

La asimetría de papeles en las primeras fases de la modernidad fue dando lugar cada vez más a la búsqueda de una igualdad sustantiva entre mujeres y hombres, tanto en el plano de la familia como en la vida pública, imponiendo, de acuerdo con la evaluación de la nueva sociología de la intimidad, el fin del modelo del amor romántico. En su lugar surgen relaciones íntimas más bien caracterizadas, conforme a la definición de Axel Honneth en la introducción al dossier “Liebe und Kapitalismus” (amor y capitalismo), como “sociedades orientadas hacia fines, en el interior de las cuales los actores individuales se empeñan en hacer valer sus propias aspiraciones, [...] las cuales comprenden desde la busca de la autorrealización hasta la independencia financiera”(WestEnd, 2005).

De acuerdo con esta visión, estamos asistiendo a la disolución entre las fronteras construidas, históricamente, entre la vida íntima y la vida privada, el amor (romántico) y la amistad. El cimiento de la relación de pareja no sería más la idealización de un sentimiento intenso y único, sino el respeto mutuo y la amistad íntima.


La intimidad entre el código romántico, los rituales y la amistad

No hay duda de que la aspiración a una relación íntima igualitaria remodela el amor romántico de la primera modernidad, efectivamente asentado, en aquella época, sobre la opresión de género. Tampoco se puede discordar con el argumento de que con la igualdad de los géneros –aunque todavía concretizada de forma insatisfactoria e incompleta– surge la posibilidad de que la pareja desarrolle una relación de amistad en cuanto que individuos que se atribuyen, recíprocamente, el mismo valor y respeto. Destáquese que la forma moderna de la amistad supone alguna forma de simetría e igualdad.

No obstante, me parece equivocado suponer que la amistad o la comunidad de intereses habrían sustituido la forma romántica del amor. Por diversas razones.

Mi primera objeción es de orden empírico y se basa simplemente en los números producidos por el amor romántico. Solamente en Alemania existen 2.500 portales electrónicos de relaciones, usados por un 40% de la población single del país, según los datos divulgados por el diario suprarregional Süddeutsche Zeitung en diciembre de 2008. Las ventas de innumerables manuales de autoayuda, cursos, guías místicas que prometen llevar al encuentro de la persona amada, así como la infinita producción cultural romántica en la literatura, la música y en el campo audiovisual, también indican que el ideal romántico continúa siendo la principal fuerza movilizadora de emociones en las sociedades contemporáneas.

Mis otras objeciones son de orden teórico y se refieren a la diferenciación simbólico-funcional de la relación íntima. No parece razonable imaginar que la sexualidad sea el único elemento distintivo entre las relaciones de pareja y las relaciones de amistad. Las parejas atribuyen a su relación íntima un sentido que no vislumbran en ninguna otra relación, y esa simbología distintiva no desaparece en la modernidad tardía. Tal dimensión expresivo-simbólica de la relación íntima fue traducida con gran propiedad por Niklas Luhmann. Para este sociólogo, la intimidad constituye un subsistema social propio que, como el sistema económico, jurídico o científico, presenta un código de comunicación único que lo diferencia del entorno social. La marca característica de la forma de comunicación específicamente íntima está en su desacoplamiento de los fines externos a la relación de los amantes. Es decir, la comunicación no cumple otra función que no sea la de colocar a la pareja en sintonía, buscando comprobar a cada momento que los amantes comparten un mundo de sentidos que es exclusivo de ellos. La acción de los amantes no vale por los efectos concretos que produce, sino que “es definida y buscada a partir de su significado simbólico para revelar el amor como la materialización del carácter especial de aquel mundo que se sabe, juntamente con los amantes (y nadie más), que se trata de un mundo del gusto común, de la historia común, del desvío común, de los temas discutidos, de los resultados analizados” (Liebe als Passion [El amor como pasión], 1982).

Naturalmente, ese tipo de comunicación íntima no acompaña todas las situaciones compartidas por los amantes. No obstante, para que se autodefinan como envueltos en una relación íntima, el código específico de la comunicación amorosa necesita prevalecer en algún ámbito de la vida de la pareja y no puede ser simplemente sustituido por la lógica de la reciprocidad presente en la amistad.

En ese contexto, me parece valiosa la idea de los rituales románticos, introducida por la socióloga Eva Illouz al estudiar las transformaciones de la utopía romántica en los Estados Unidos. Según la autora, los rituales amorosos tomaron en cierta medida el lugar de la religión en cuanto universo en busca de lo sublime y de distanciamiento de los problemas mundanos. Es a través de la comida romántica a la luz de las velas o de un viaje de los dos a una playa desierta –dice ella– que se buscan hoy las vivencias liminales entendidas como “rituales de oposición al orden social a través de la inversión de las jerarquías, vigorizando la primacía del individuo” (Consuming the romantic utopia. Love and the cultural contradictions of capitalism [El consumo del romanticismo. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo], 1997). De acuerdo con la investigación empírica de la autora, esos rituales no se restringen a las fases iniciales de las relaciones íntimas. También las parejas que llevan juntas desde hace años, y hasta décadas, buscan a través de esos rituales restaurar su apuesta por el amor romántico, restableciendo, para valernos del vocabulario de Luhmann, la posibilidad de la comunicación íntima.

Las experiencias vividas por las parejas como transgresivas obviamente tienen un alcance político limitado: se reducen a rituales extravagantes de consumo que hacen que las parejas se sientan distantes y emancipadas de una fastidiosa cotidianidad que las oprime. Al final, “la revolución de a dos”, según Illouz, no hace más que incrementar la demanda de bienes de lujo y vitalizar el capitalismo, realimentando el deseo de nuevas “subversiones” románticas.

No obstante, para nuestros objetivos aquí, el creciente interés por los rituales románticos como forma de reproducción de la comunicación íntima permite afirmar que no hay una fusión entre amor y amistad en la modernidad tardía. Amantes y no amantes continúan separando, claramente, esos dos patrones de relación, ya sea identificándolos como propios de las diferentes relaciones sociales, ya sea distinguiendo, en el ámbito de la propia relación íntima, los momentos de amistad y los momentos románticos. Por lo menos en el plano práctico, no reconocer tales distinciones puede llevar a reprensiones y sanciones (afectivamente) graves.


Juntos y, sin embargo, distintos

La tesis del amor posromántico llevada al límite implicaría la inversión de la frase del agricultor mencionada más arriba, generando algo más o menos así: “La convivencia es buena, lo que resulta difícil es el casamiento”. A fin de cuentas, en la lectura posromántica, la buena invención ya no es más el amor como concretización del ideal romántico de una vida en pareja, intensa y llena de sentidos únicos. El casamiento, pensado en términos románticos, habría llegado a su fin. En lugar suyo tendríamos la posibilidad de la amistad en pareja como convivencia íntima.

He tratado de mostrar que la transformación en el modelo de la relación íntima que acompaña las luchas por la igualdad entre hombres y mujeres no conduce al fin del amor romántico. La relación romántica fue remodelada y no implica más (necesariamente) asimetría entre los emparejados. Nace así, para la pareja, la posibilidad de la amistad entre dos personas que se respetan como iguales, en sus diferencias, en sus limitaciones, en sus derechos y en sus deberes recíprocos. No obstante, la idealización de las emociones únicas continúa viva, alimentada por rituales, viajes, momentos románticos. Para hacer justicia a la nueva situación, la frase de la cual partimos podría ser reformulada en los siguientes términos: el casamiento y la convivencia son buenos... y difíciles.

Sérgio Costa
es profesor de Sociología en la Universidad Libre de Berlín. Sus investigaciones se centran en cuestiones tales como los procesos de democratización en Latinoamérica, el Estado de derecho, poder y diferencia, racismo y antirracismo, multiculturalismo y teorías postcoloniales. En 2007 publicó el libro Vom Nordatlantik zum “Black Altantic”, sobre las paradojas del antirracismo.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

    Haga su pedido ahora

    Haga su pedido ahora

    Los lectores interesados en la revista Humboldt pueden solicitarla a través de la tienda online de Goethe.
    8,50 € gastos de envío gratuitos
    Ir a la tienda online de Goethe...