Amistad: fisonomías de una relación compleja

Minutas para una carta al barón

‘Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland en la cabaña junto al Orinoco’ Xilografía de Otto Roth (1870) © bpkEl nieto de Aimée Bonpland hurga en el mito que en ocasiones ha conferido matices heroicos a la amistad histórica entre su abuelo y Alexander von Humboldt. Una ficción.

Estimada redacción de Humboldt:

Mi nombre es Amadeo Roque Bonpland; dicto Biología en el Colegio Alemán de Buenos Aires. Si confío en la reputación de cada cual en aquella lejana y poblada casa de campo de mis ancestros en la frontera con Brasil, soy un descendiente directo del naturista y médico francés Aimé Bonpland, nacido en 1773 en La Rochelle. Así, al menos, confiaban mis padres y me dieron su nombre. Con mi colega alemán, nuestro profesor de Historia Europea, comenté unas notas que había descubierto por azar entre un lote olvidado de papeles del famoso explorador: “¡Amadeo, das ist interesantísimo!”, exclamó, y me ayudó con la traducción del francés y con la letra temblorosa del octogenario, y hasta me animó a enviarlas, con un breve comentario, a la revista Humboldt. Me decía: “Allí está el destino idóneo para tu hallazgo”. Esa noche, con los viejos papeles extendidos entre nuestras copas de buen tinto, nos explayamos sobre el carácter “marmóreo” que suelen ganar las amistades históricas. La metáfora, pétrea y monumental, me la sugirió el alemán, quien la completó: “La hiedra del mito las trepa desde la antigüedad y las envuelve; nos inhibe y nos parece indicar: ¡no remuevas!”. Y más inspirado aún, con el correr de la noche y del vino, el profesor de Historia sentenció: “Debajo de aquellas lejanas palabras de tu antepasado, fluyen, cual corriente subterránea oculta, cristalinos sentimientos y recuerdos”. 

Aquí, entonces, mi comentario y los fragmentos traducidos, ¡y a rememorar (¿quizá remover?) un poco la hiedra!

Mi antepasado emigró a fines de 1816 a Buenos Aires. Si uno menciona su nombre, se recuerda o se añade de inmediato el nombre del barón (¡a la inversa eso no sucede nunca!).
Como esculpida en el mármol de la Historia, sigue vigente la obra: Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, fait en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 et 1804 par Alexandre de Humboldt et Aimé Bonpland.

La llegada de mi antepasado a la Argentina no estuvo marcada por su buena estrella. El Gobierno que lo había responsabilizado con la creación de un jardín botánico había dimitido o había sido derrocado. Pero un regreso al París de la Restauración estaba prohibido para el otrora amigo de la emperatriz Josefina y director de los jardines imperiales de Malmaison. Además, a él le atraía la idea de hacer por su cuenta algo nuevo en el continente en el que había comenzado su relegado nimbo. En contra de los conocimientos de la época, él había hecho el descubrimiento de que la hierba mate (Ilex paraguayensis) no sólo podía cosecharse en la selva, sino también en forma de plantaciones mucho más eficientes desde el punto de vista económico. Las hojas secas de esa planta eran, tanto ayer como hoy, un artículo comercial muy codiciado: en toda la región se consumen grandes cantidades de la misma para la tradicional infusión que se bebe a lo largo de todo el día. El propósito de mi antepasado, sin embargo, hubiera puesto en peligro el monopolio productivo del hombre más poderoso de esa región, el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia; por eso, este último hizo secuestrar sin más a Aimé Bonpland y lo retuvo en suelo paraguayo durante una década. Las condiciones no eran demasiado severas: mi antepasado recibió tierras y personal, trabajó en su profesión de médico, revelando también sus dotes de agricultor ejemplar y de buen amigo de las hermosas mujeres guaraníes. Mientras tanto, desde el lejano París, el barón movilizó sus relaciones entre los poderosos de Europa y América a fin de conseguir la liberación de su mundialmente famoso compañero de viaje. La Venezuela de Simón Bolívar amenazó incluso con una invasión militar. Pero todo fue en vano.

Sin embargo, tan súbito como había sido el secuestro, así de repentina fue luego la puesta en libertad. Mi antepasado
se quedó en Argentina. Desarrolló una labor variada, fructífera en los ámbitos de la medicina, la botánica y la agricultura. Su larga vida corrió paralela a las enormes transformaciones históricas y tecnológicas del siglo. A la edad de ochenta y cuatro años, en 1857, remontó el río Paraná como pasajero de honor del buque de guerra francés Le Bisson. Es muy probable que, en el transcurso de ese viaje, que duró varios días, el anciano recordase al barón muy a menudo. Algunos apuntes hechos en su último diario de viaje lo revelan: parecen haber estado concebidos, precisamente, como una carta de despedida a su amigo, que tenía casi su misma edad. Hasta donde sé, esa carta nunca fue escrita en el corto tiempo de vida que siguió a continuación.

Con motivo del aniversario de la revista
Humboldt, recordé de nuevo aquellas notas, y me pareció oportuno compartirlas con ustedes:

“Y ahora me ha sido dado vivir ese futuro que usted y yo soñamos para estas tierras. Un moderno barco de vapor me lleva con todas las comodidades de un hotel, aunque bajo un calor sofocante, a ochocientas millas de distancia del mar, hasta el interior del continente: a la ciudad de Asunción, enclavada en medio del cieno rojizo, a orillas del verde río Paraguay. Durante mi destierro, jamás me fue permitido visitarla. Ahora me espera allí un presidente de la República amante del progreso. Seguramente nuestra travesía en este barco de vapor conquistará próximamente también nuestro Orinoco y el Amazonas. Y tal vez, más tarde o más temprano, nos abrirá
el acceso a todo el continente a través de vías de agua, usando aquella conexión descubierta por nosotros en el Casiquiare. ¡En ese caso, habríamos dado el impulso para un desarrollo grandioso!

“He estado todo el tiempo al tanto de sus esfuerzos para conseguir mi liberación, y de los progresos de su impresionante labor científica, basada en nuestra expedición conjunta. Hoy quisiera confesarle algo: ¡a menudo, en los primeros años de mi destierro, me sentí muy derrotado! Cada vez que me tumbaba en la hamaca o dormitaba bajo el mosquitero durante las tórridas horas de la siesta, después de una cosecha de mandioca o de miel, después de tratar a las embarazadas y a los enfermos del estómago, podía suceder que empezara a soñar con una enorme aula: llena de libros e instrumentos científicos; usted trabaja en ella laboriosamente; tras las altas ventanas se ve el cielo frío y gris de mi ciudad, París; desde la calle penetra un ruido que resulta familiar; delante de la puerta esperan quienes vienen a visitarle desde todo el mundo. ¡Sí, así es: me corroía la envidia, una envidia bastante inapropiada! Eso me amargaba aún más, si cabe, el conocimiento de sus esfuerzos por lograr mi puesta en libertad”.

“¿Pueden intimar honestamente dos hombres jóvenes más que nosotros en nuestro viaje por el mundo? Juntos durante muchos años, siempre relacionados el uno con el otro, profundamente familiarizados con nuestros cuerpos y nuestras ideas. Por entonces, usted estaba todavía conmovido por su época como miembro del Tugendbund de Berlín, y yo era un médico algo curado de espantos. Más tarde, en Montevideo, al leer sus obras, volví a encontrarme con aquellos dos jóvenes, con nosotros: siempre aparecemos muy bien vestidos y trabajando en aras de nuestra enorme avidez de estudio, pero usted aparece siempre en un papel protagónico, casi siempre más alto, en un primer plano, a la luz; mientras yo aparezco más bajo, en un segundo plano, en medio de un claroscuro”.

“Usted, barón, al igual que otros amigos, me ha recomendado encarecidamente que vuelva a afincarme en la vida científica de la nueva y abierta Europa. Sólo de una manera indirecta le he comunicado a usted el motivo de mis reticencias al respecto: en todo este tiempo, me he enriquecido, he tenido abundantes responsabilidades, goces vitales y he contado con el afecto que se me tiene en las provincias del Río de la Plata. Los amigos, las mujeres, los hijos y los nietos me rodean hoy como a un cacique local…
‘Allá’ volvería a aparecer, sencillamente, a su lado, pasaría a formar parte de aquel binomio, el del ‘barón y Aimé’. Y la verdad es que cuando miro ahora por encima de esta corriente de color marrón, cuando veo esas llanas y vírgenes orillas del río bajo la niebla matutina, sin que me martiricen los mosquitos, empiezo entonces a fantasear: si ahora pudiéramos, sencillamente, estar aquí los dos, sentados juntos, contemplando, llamándonos mutuamente la atención acerca de alguna cosa, presas del asombro, intercambiando opiniones…; usted, por supuesto, en su condición de hombre universal y científico famoso; y yo como el vigoroso acompañante, sacado de su rinconcito sudamericano, porque volvemos a tener en Francia a un Napoleón que quiere verme revalorizado junto al barón alemán”.

“Después de seis años de viaje, nosotros dos hemos proporcionado a los centros europeos de la ciencia una enorme ampliación de los conocimientos sobre estas regiones, y sobre todo usted, barón, ha divulgado la información sobre esto delante del gran público. Yo he podido pasar más de la mitad de mi vida en este continente, y ese mundo sentido por nosotros como algo extraordinariamente atrayente se ha vuelto parte de mi vida cotidiana; y de ello forma parte, asimismo, tal y como vuelvo a sentirlo ahora en lo más hondo, aquello que otrora también fuera tan cotidiano para nosotros durante miles y miles de días y de noches: nuestros cuerpos, nuestros distintos caracteres, nuestras inclinaciones, nuestras incansables observaciones, entusiasmos y charlas.
Así resurge, a fin de cuentas, la imagen de una amistad que sigue viva, como en la juventud, limpia y pura en mi mente. Y así, finalmente, debe continuar siendo”.

Muy afectuosamente suyo
Amadeo Roque Bonpland

Germán Kratochwil
(1938, Korneuburg) se doctoró en Ciencias Sociales en Hamburgo en 1973, y vive en Argentina. Ha desarrollado una larga actividad en organizaciones internacionales de cooperación social y económica en Latinoamérica. En la actualidad está terminando su segunda novela, sobre europeos en la Patagonia.

Traducción: José Aníbal Campos
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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