Amistad: fisonomías de una relación compleja

¡Seamos todos amigos!

‘Chaos Communication Camp’ de 2003 en Altlandsberg, Foto: Siewert Falko © picture alliance / dpaAlgunas observaciones sobre el trabajo invertido en la “red social”.






Ehssan Dariani, uno de los fundadores del foro de Internet StudiVZ, cuenta con 831 “amigos” en su lista... En Internet no es extraño encontrar grandes “círculos de amigos”. Se forman o se amplían navegando por la red gracias a innumerables perfiles de usuario y foros en plataformas como StudiVZ, en las que se puede pinchar sobre los nombres o las fotos de las personas registradas e invitarlas a ser tu “amigo”; pasan a serlo una vez que aceptan dicha invitación, para lo que es necesario que el invitado dé su conformidad con un clic. De esta forma, aumentan a la vez ambas listas de amigos. Por eso, siempre que el mero número de contactos entre los usuarios sirve de indicador de la atención o de la fama alcanzadas, suelen multiplicarse los clics. Sin embargo, los contactos realizados de esta manera, suponiendo que lleguen a tener algo más que un valor nominal, en general se limitan a la observación mutua y esporádica de los cambios en el perfil de la otra persona.

Situado a tan sólo unos cuantos clics de ratón, encontramos “myspace.com: a place for friends”, otra variante de la competición social “¿Quién tiene más amigos?”. “Dee” aparece en la primera página, es una de las tres “Cool New People” y es difícil no fijarse en ella. Cierto que dos anuncios animados de eventos musicales distraen un poco, pero nuestra habitual ceguera ante los banners contribuye a que dirijamos la mirada rápidamente a otros sitios: “Dee” gana la lucha por la atención gracias a su foto, la cual no sólo es tres veces más grande que las de sus competidores “Bradley” y “Johnny”, sino que además muestra una mujer joven muy atractiva, maquillada para salir esa noche y con un escote generoso que deja mucha piel al descubierto. Un clic con el ratón nos delata el número de sus amigos: “Dee has 5529 friends”. Pero… ¿qué tipo de relación mantiene con ellos?

En las treinta líneas de su autodescripción advierte que no se le ocurra a nadie mandarle mensajes o añadirla a su lista de amigos sin haber navegado antes por la página web de retrofin y haberla incorporado a sus enlaces. Y además de eso, explica que ya tiene suficientes amigos. Al parecer, el perfil de “Dee” forma parte de una estrategia publicitaria de un grupo de rock. Esto tampoco es inusual: en MySpace se reúnen los artistas, sobre todo músicos de diverso grado de popularidad, con su comunidad de fans. Así surge un entramado de publicidad de productos y personas, de productos de personas y de personas como producto y apenas se puede saber qué significado se le puede atribuir, en este contexto, a los diferentes enlaces entre amigos.


El capital de la amistad y el peligro de inflación

Sabemos que las amistades siguen una cierta lógica del capital desde que Pierre Bourdieu extendió esta categoría económica a las inversiones sociales en relaciones amistosas y a las inversiones culturales en gusto. Según Bourdieu, intervienen sin embargo algunas peculiaridades que ponen límites a la conversión de los diferentes tipos de capital. El trabajo invertido en las relaciones sociales no puede simplemente ignorar las obligaciones recíprocas existentes entre los amigos. En cambio en Internet, la amistad se trata y se negocia más claramente como divisa monetaria. Su dimensión no económica, su valor específico, que resulta de compartir la historia de una relación y que presupone la entrega y el cuidado mutuos, se va retrayendo lentamente frente a lo cuantitativo en el ámbito de la “economía de la atención” (Franck). ¿Vence así definitivamente lo cuantificable sobre la calidad? ¿O es que estamos atrapados en un modelo de amistad superado desde hace tiempo? Hace ya cien años, Georg Simmel se percató de que debíamos despedirnos del modelo de amistad romántico, pues con el proceso progresivo de individualización resultaba bastante improbable que coincidieran totalmente los mundos vitales y los intereses. Por ello, nos recomendaba hablar de “amistades diferenciadas”. Pero la diferenciación, al menos esto debería estar claro, siempre implica diferencias cualitativas en esa forma de relación social.

Naturalmente, no se pretende negar aquí la existencia de tales diferenciaciones en Internet. Las amistades pueden ser en la red muy reales, auténticas e intensas, de igual forma que, a la inversa, en la “vida real” tal vez sólo se mantengan con carácter virtual. El autoengaño de un acosador sobre la existencia y la resistencia de una relación con su víctima es un ejemplo extremo, que quizás se pueda dar, aunque de una manera más suavizada, en algunas amistades. Los internautas experimentados son capaces de compensar en cierta medida la falta de copresencia corporal, la ausencia de gestos y mímica mediante sustitutos, por ejemplo con emoticones en los mensajes cibernéticos o el diseño de la expresión de avatares programados. Tal vez todo esto sea absolutamente prescindible porque también en la red es la historia compartida lo único que cuenta. De hecho, las amistades se resisten a ser clasificadas en online y offline, ya que es práctica habitual alternar los canales de comunicación. En ocasiones se prevé desde un principio la posibilidad de futuros encuentros offline. Con mayor frecuencia, amigos que se han conocido en la “vida real” prosiguen su relación en algún sitio web de contactos sociales. En este caso, se trata simplemente de una ampliación de las opciones de comunicación disponibles. Pero esta perspectiva no tiene en cuenta el desplazamiento que comienza a perfilarse como consecuencia de la inflación del trabajo invertido en los contactos y relaciones sociales en la red.


En el mercado de las amistades

En la plataforma de compras y opinión “Ciao.de”, a la que vamos a parar muchas veces cuando queremos comparar características o precios de un determinado producto, las pequeñas historias personales desempeñan un papel especial. En ella se recogen las opiniones de los consumidores que poseen un determinado producto e informan a compradores potenciales sobre el grado de satisfacción con su decisión de compra. Esto no supone la base de ninguna amistad pues la persona que aconseja y la que busca consejo en general no se conocen ni llegan a hacerlo. Pero la plataforma no funcionaría si no ofreciera además otro escenario secundario en el que es posible intercambiar ideas y desarrollar una extensa “vida de comunidad”. Ésta no se reduce a las evaluaciones y comentarios sobre las experiencias con determinados productos, en función de los que se reparten los llamados “micro-payments” para asesorar a los consumidores. Dicha vida tiene sobre todo lugar en los libros de visita personales y en el “Café Ciao”, en el que se puede conversar sobre numerosos temas. Uno de los epígrafes se llama Freunde finden bei Ciao (Hacer amigos en Ciao). Resulta curioso que algunos miembros de Ciao emplean el mismo formato que en los informes de opinión sobre productos y conceden un número determinado de estrellas: “Como evaluación pongo tres estrellas a favor, porque en Ciao se encuentra a personas que, de otro modo, no habría conocido y dos estrellas negativas porque Ciao no puede dar ninguna garantía. Eso sería poco serio y también poco realista”. Pero lo más importante es que tales amistades van precedidas de un tipo de relación que en primera línea no tiene que ver con la relación en sí, sino que de nuevo se debe a cálculos económicos.

Es muy revelador observar quién obtiene mayor beneficio de todo esto. Los consumidores que buscan en Internet la mejor relación precio calidad y consultan para ello las opiniones de otras personas encuentran en primera línea expresiones de júbilo sobre los productos, ya que los informes proceden de experiencias de compra positivas. En definitiva, las plataformas como Ciao no ponen a disposición de sus clientes más que un hábil método de publicidad externalizada. Y los “anunciantes”, cuyas historias aparentemente auténticas otorgan un aura a los productos y a la anónima plaza del mercado un ambiente hogareño, reciben tan poco por su valor añadido cultural que tienen que ser atraídos mediante incentivos secundarios; por ejemplo, la posibilidad de ascender en la jerarquía de atención de la comunidad o de obtener una buena puntuación en el juego “Hacer amigos en Ciao”. No obstante, la que más gana es la propia empresa de la plataforma, una firma de estudios de mercado, que accede a valiosos datos sobre los clientes a bajo coste y que puede vender muy caros los conocimientos acumulados digitalmente a otras compañías. Podríamos ignorar todo esto si no fuera porque el principio de la “amistad” queda destruido irreversiblemente debido a esta forma de crowdsourcing. Pero ¿qué efecto tiene el trabajo invertido en redes sociales en plataformas como Ciao, MySpace, YouTube o StudiVZ, que han sido compradas por sumas multimillonarias por consorcios o magnates mediáticos para abrir nuevas superficies publicitarias en los escenarios culturales digitales?

La situación es complicada, pues no sin razón se dice que la amistad puede surgir en contextos sociales muy diferentes, entre los que no podemos descartar de entrada los mercados digitales con su febril actividad. Pero es de suponer que el modelo de amistad no permanece intacto frente al espíritu económico que lo rodea. Dee es un buen ejemplo, y también Ehssan Dariani tiene que hacerse con una larga lista de amigos aunque sólo sea porque simboliza crecimiento, que a él en concreto le ha supuesto dinero contante y sonante. Lo que tememos es que, en tales entornos, se acabe dañando el noble arte de diferenciar entre la reciprocidad social y la económica. Hay ya muchos indicios de tal tendencia, pero ninguna garantía de que triunfe. Y es que Internet sigue encarnando esa forma de intercambio de capacidades que, como en el caso de Linux, Wikipedia y otros proyectos open source, guardan todavía la debida distancia frente a los intereses de propiedad ayudando así a renovar el potencial solidario de una comunidad de comunicación descentralizada. La cuestión es por cuánto tiempo todavía.

Jörn Lamla
(1969) suple la cátedra de Sociología general en la Universidad Justus Liebig de Gießen. Hasta 1994, estudió Ciencias Políticas, Matemáticas, Ciencias de la Educación y Psicología en Marburgo y, a continuación, trabajó como colaborador científico en la cátedra de Sociología general y teórica de Jena. Se doctoró con una tesis sobre la política social del partido verde alemán Bündnis 90/Die Grünen. Ha estudiado a fondo las prácticas de consumo en la economía doméstica virtual.

Thies W. Böttcher
es doctorando de Sociología, con una beca de doctorado del International Graduate Centre for the Study of Culture (GCSC) de Gießen. Investiga sobre medios digitales, en particular, sobre páginas de redes sociales y performatividad.

Artículo publicado en polar. Zeitschrift für politische Philosophie und Kultur, N°5, otoño 2008

Traducción: Carmen García del Carrizo
Copyright: www.polar-zeitschrift.de

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