Amistad: fisonomías de una relación compleja

Selecciones afectivas

Poemarios de editoriales cartoneras latinoamericanas. Foto: Heinz BährLas únicas puertas abiertas para el inter-cambio y la curiosidad en un mundo donde la relación con los libros sigue siendo en muchos sentidos clandestina.







Empecé a trabajar en este texto cuando nos conocimos en el Goldene Hahn, en Mariannen Platz, Berlín Kreuzberg. Invierno de 2007, una noche “Katchenke”, o de desmadre poético-etílico, básicamente latina. Rother es normalmente el anfitrión, el mago maestro de ceremonias de la literatura en español del SO 36, el sector oriental del distrito de Kreuzberg, cercano al centro de Berlín. En esa ocasión el invitado de honor era El Profesor, que acababa de llegar de Buenos Aires con una beca de investigación. Con él llegaron varios libros y una revista, era un camello. Un típico dealer de brolis latinoamericano, que venía a quedarse tres meses en la ciudad.

Comenzamos a hablar, nos identificamos y, después de intercambiar figuritas, empezamos a discutir sobre el estar aquí y el estar allá y el estar en todos lados a un tiempo. Cosa que pasa con frecuencia cuando una viene del otro lado del charco y que se ha agudizado en el tono desde que la Unión Europea se puso intransigente con su política de migración. Por otro lado, los tres tenemos un ordenador y los tres nos sentimos –al igual que todos los poetas que integran el dossier de poesía de la revista Grumo, así como todos los que la integrarían si hubiéramos tenido más espacio o aquellos que hubiéramos podido contactar de haber sabido dónde estaban o los que se encontraron en Teruel, España, en septiembre de 2008, en el primer encuentro de poetas jóvenes hispanoamericanos– de viaje y retransmitiendo con el Sur.

Pertenecemos a la generación de los que han preferido hacerse gamba, un bolivianismo que señala la acción de abandonar el país intempestivamente, y ha optado por volverse adulta buscando en Google. Nosotros nos enchufamos a la red y nuestro mundo virtual es seguramente casi tan real o mucho más real que ese que se abre cuando salimos de nuestras casas, a la mañana.

Online somos iguales en la medida de nuestra curiosidad. Fuera no, por lo menos no para la fracción de la diáspora que vive aquí. Aquí somos latinos, afuera espera el borderline o en el mejor de los casos la tienda de bisutería, la oficina de traducción, los amigos que están igual y los otros que ni se enteran de la experiencia del “Síndrome de Ulises”. Casi nadie consigue el crossover, quedarse on te oder side, you nou –como diría Cantinflas–, a sus anchas, es tan difícil. El intento te puede causar un cáncer a lo largo de una vida de vigilante de museo, en solitario, con tus poemitas a cuestas. A quién puede sorprenderle que Arturo Belano se haya convertido en nuestro James Dean. De alguna manera, nosotros también estamos aquí porque somos detectives de homicidios. Si en algo coincidimos como generación, indistintamente de nuestro lugar de residencia, es en el anhelo individual de poder “volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas”, como lo definiera Roberto Bolaño en la última entrevista que diera antes de morir en 2003: “Estrella distante”. Esto es algo que no debería extrañar a nadie, más si tenemos en cuenta la historia colectiva del continente más reciente.

Escribió Timo Berger en su laudatio para la entrega del Premio Anna Seghers 2007, otorgado al escritor argentino Fabián Casas, “Tanto en sus textos poéticos como en los narrativos, Casas consigue construir metáforas a partir de escenas sueltas, capaces de capturar y transmitir el sentimiento de toda una generación. Esa generación a la que le tocó en suerte ser hija de la dictadura militar (1976-1983) y que, después de la ‘guerra sucia’ de la Junta contra la propia población, empezó a preguntar: ¿Qué sucedió? Y: ¿qué ha quedado de los grandes planes y sueños de la izquierda brutalmente masacrada?”. El poeta alemán se refiere específicamente a la Argentina, pero es evidente que esa tipificación generacional es aplicable a prácticamente todo el continente. Por eso no es raro que Fabián Casas a la fecha haya ganado casi todos los premios de poesía “alternativos”, por llamarlos de alguna manera, en América Latina.

Es innegable que ese “¿Qué sucedió?” es un cuestionamiento decisivo y latente en los nacidos entre 1970 y 1980 –años más, años menos–, con carácter casi de inevitable o de descreimiento existencial. Tal vez porque fue aprovechado desde las esferas de poder, a través de los medios de comunicación privados y de los partidos políticos, en la campaña de reeducación en el sistema, una vez superada la necesidad global de los Gobiernos dictatoriales, tanto en América Latina como en Europa.

Es como si el existencialismo práctico llegara a este lado del mundo con los movimientos sociales. La reacción natural de la sociedad ante la presunta ignorancia doméstica de la violencia vivida, que tuvo como consecuencia una transición democrática tránsfuga e irresponsable, ajena a la cultura de nuestros países y organizada según las leyes de un mercado “libre”, que no ha sabido en ninguna parte del mundo resolver las cuestiones vitales del individuo, mucho menos responder a su curiosidad.

“No nos quedaba otra que dejarlo todo y lanzarnos nuevamente a los caminos”, siguiendo las referencias que nos dejaran los infrarrealistas, bajo la batuta de Bolaño, para intentar entender qué fue lo que pasó. Por qué si como grupo humano llevamos sosteniendo una metáfora libertaria doscientos años o más –con seguridad el contrabando de imprentas y textos es una de las primeras desobediencias civiles latinoamericanas– ocurre que libros equivalentes a aquellos que en los setenta eran subversivos a partir de los años noventa se hayan convertido en impagables.

Hoy en día, en países como Bolivia, cualquier libro puede ser más caro que el salario mínimo; por no poder, no se pueden ni robar. No hay dónde elegir. Cada vez hay más lectores potenciales, pero con “el mercado” en manos de las multinacionales del rubro, prácticamente ha dejado de circular el libre albedrío. Así que nuestra izquierda o es rica o vive de best sellers o está en el Norte y en cualquier caso tiene dealers; para la curiosidad las cosas se ponen cada vez más difíciles.

El tránsito, como utopía migratoria de movilidad, que prometía superar las fronteras físicas para asegurar una comunicación entre las partes, se ha convertido en el estado espiritual del sujeto. Parafraseando al poeta chileno Eduardo Fariña: en un fenómeno individual, sumergido en el colectivo real de la diáspora, como se llama en la actualidad a ese fenómeno migratorio masivo, cada vez más criminalizado en Europa.

Hoy, quién sabe si peor que antes, la relación con los libros en nuestros países sigue siendo en muchos sentidos clandestina y esa censura mercantil del pensamiento es algo que se expande, como la marea negra, a todo Occidente. Los latinos curiosos somos los huérfanos no reconocidos de una cultura que lleva décadas viéndose a sí misma como una dictadura del entretenimiento.

Donde antes “únicamente la literatura podía poner al desnudo el mecanismo de la transgresión de la ley (sin cuya transgresión la ley no tendría finalidad) independientemente de un orden que hay que crear”, como la concebía Georges Bataille en La Literatura y el Mal (Taurus, 1981) y la mayoría de los humanistas a principios del siglo XX, hoy la “coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. Éstos son –como se puede demostrar sin dificultad– decididamente posliterarios, posepistolográficos y en consecuencia poshumanísticos”, como afirma el filósofo alemán Peter Sloterdjik en Normas para el parque humano (Siruela, 2000), a nadie puede sorprenderle que principios como democracia, libertad, derecho estén totalmente tergiversados en ambos hemisferios.

En una cultura que basa su subsistencia en el consumo de bienes innecesarios, sin los dealers no tendríamos amigos y sin amigos sería imposible encontrar a nuestros semejantes. La gran mayoría de los libros de poesía escritos en español están fuera de las redes de distribución, no pueden exportarse y, para colmo, muchos de nuestros poetas e intelectuales se camuflan en otros sectores de servicios tratando de mantenerse a flote entre los límites de la fortaleza en la que se ha convirtiendo Europa en los últimos años. Las selecciones afectivas son, en última instancia y en nuestro idioma, las únicas puertas abiertas para el intercambio y la curiosidad.

Rery Maldonado
(1976, Tarija, Bolivia) se trasladó en 1997 a Berlín, donde trabaja para distintos medios, organiza lecturas, traduce y lleva a cabo diversas actividades y aficiones. Su primer poemario, Andar por casa, apareció en 2009 en Yerba Mala Cartonera.

Introducción a un dossier sobre poetas jóvenes latinoamericanos en Europa para la revista cultural Grumo, Buenos Aires/ Río de Janeiro, 2009

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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