Amistad: fisonomías de una relación compleja

Humboldt y Blanco White

José María Blanco White, Ilustración de: The Life of Joseph Blanco White Written by Himself (1845), editado por John Hamilton Thom. Foto: WikisourceSobre la aportación del intelectual alemán al pensador español.

Uno de los primeros lectores hispanos del Ensayo político sobre el reino de la Nueva España y, sin duda alguna, su primer divulgador, no fue otro que José María Blanco White en las páginas de El Español. Las dos entregas iniciales de la magna obra de Alexander von Humboldt, correspondientes al Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente editadas en París por el librero Scholl en 1808 –el Ensayo completo no saldría a la luz hasta 1811–, fueron ampliamente reseñadas por él, recién desembarcado en Londres, en el número IV del mensual de julio de 1810. Dieciocho meses después, Blanco insistió en la trascendencia de la obra del gran viajero, científico y geógrafo mediante su propia traducción de un estudio sobre ella publicado en la Edinburgh Review (El Español, XXII, enero 1812). La primera versión íntegra de Humboldt en nuestra lengua, debida a la pluma del afrancesado González Arnao, no se estampó sino en 1822 en la capital francesa. Una edición anterior abreviada del Ensayo, vertida al castellano por Pedro María de Olivo, se imprimió en Madrid en 1818, mas tuvo escasa repercusión y, dadas las circunstancias, no cruzó el Atlántico.

Si la figura de Humboldt es poco menos que desconocida en España, salvo para un puñado de historiadores, la repercusión de su obra en Hispanoamérica, en especial en México y Cuba, fue tan perdurable como amplia. Como recuerda Juan A. Ortega y Medina, en su bien documentado prólogo al Ensayo (Ed. Porrua, México, 1973), éste inspiró “casi todos los planos y medidas del México independiente” y alentó a los humboldtianos a deshacerse del lastre religioso y conservador de la Nueva España. Como corroborando sus palabras, en una reciente estancia en Berlín, descubrí que el monumento erigido ante la universidad que lleva su nombre había sido donado en 1938 por el claustro de la de La Habana, en homenaje, como reza la lápida, al “segundo descubridor de Cuba”. La ignorancia del pasado colonial y de la extraordinaria labor de escritores e intelectuales hispanoamericanos –desde Bello y Sarmiento a Martí y Alfonso Reyes– que afecta a la paticoja cultura de la Península impone con urgencia la tarea de sustituir las frecuentes conmemoraciones huecas de la clase política por un repaso atento a esta parte desgajada, pero indispensable, de nuestro patrimonio común.

Los viajes emprendidos por Humboldt entre 1799 y 1804 constituyen un auténtico vivero de informaciones sobre la geografía y la sociedad del Nuevo Mundo, fruto de una insaciable curiosidad científica forjada en el espíritu de la Ilustración que floreció en Prusia en la segunda mitad del siglo XVIII. La publicación del Viaje y su repercusión, tanto en Europa como en América, le convirtieron en una de las personalidades más notables y respetadas de la cultura alemana agrupadas en el célebre Círculo de Weimar –Goethe, Herder, Schiller, Schelling…–, y el primero de ellos, en sus Conversaciones con Eckerman, comentó que unas pocas horas de plática con Humboldt equivalían a años de aprendizaje en todos los campos del saber científico.

El racionalismo militante de Humboldt, su liberalismo político y económico, su anticlericalismo y culto a la libertad convergían con los de Blanco White y le procuraban los instrumentos intelectuales adecuados para analizar los acontecimientos que sacudían América desde la pacífica revolución en Caracas de abril de 1810. Tanto sus valores filosóficos y políticos como sus doctrinas económicas sobre la explotación racional de los recursos económicos del Nuevo Mundo y sobre el comercio sin trabas entre las dos orillas del Atlántico y los distintos virreinatos aportaban al exiliado londinense los argumentos necesarios para denunciar el anquilosamiento del cuerpo legal, el despotismo de la administración, los privilegios abusivos de la Iglesia, el inhumano sistema de las castas y la monstruosa desigualdad de las clases sociales como las causas reales de una insurrección que conduciría inevitablemente a la independencia y fragmentación de los dominios coloniales de España. Comunes a ambos autores eran asimismo la aspiración a una mejora educativa y moral de la población, a la plena libertad de conciencia y a una distribución más justa de la riqueza y los bienes acaparados por mercaderes sin escrúpulos, la Iglesia católica y una administración parasitaria y rapaz.

El monopolio de los comerciantes de Cádiz y de Filipinas no sólo acentuaba la desunión entre la metrópoli y sus posesiones ultramarinas, sino también, para Humboldt, abría una brecha entre los peninsulares y los criollos que violaba el estatus de las Leyes de Indias establecidas después de la Conquista. Como dice Ortega y Medina en el prólogo antes citado, “el imperio borbónico, al restringir la libertad económica y política y al oponerse a las legítimas ambiciones de la clase criolla, cavaba su propia tumba”. Desde la entronización de la dinastía borbónica en España, la tendencia fue ir convirtiendo a los antiguos reinos de ultramar en colonias.

El lector de los artículos de Blanco White en El Español hallará la impronta decisiva de Humboldt en los párrafos que citamos a continuación:

“Las leyes españolas conceden unos mismos derechos a todos los blancos; pero los encargados de la ejecución de las leyes buscan todos los medios de destruir una igualdad que ofende el orgullo europeo. El gobierno, desconfiado de los criollos, da los empleos importantes exclusivamente a naturales de la España antigua, y aun, de algunos años a esta parte, se disponía en Madrid de los empleos más pequeños en la administración de aduanas o del tabaco […]

El más miserable europeo, sin educación y sin cultivo de su entendimiento, se cree superior a los blancos nacidos en el Nuevo Continente;”

A raíz de ellos, explica que:

“Los criollos prefieren que se les llame americanos; y desde la paz de Versalles y, especialmente, después de 1789 se les oye decir muchas veces con orgullo: ‘Yo no soy español, soy americano’; palabras que descubren los síntomas de un antiguo resentimiento. Delante de la ley todo criollo blanco es español; pero el abuso de las leyes, la falsa dirección del gobierno colonial, el ejemplo de los estados confederados de la América Septentrional y el influjo de las opiniones del siglo, han aflojado los vínculos que en otro tiempo unían más íntimamente a los españoles criollos con los españoles europeos.”

Las brutales incursiones de los frailes misioneros de la América Meridional en las tierras ocupadas por tribus pacíficas de indígenas llamados indios bravos porque no habían aprendido aún a hacer la señal de la Cruz, incursiones en las que se apoderaban a la fuerza de niños, mujeres y ancianos y se separaba sin compasión a los hijos de sus madres, descritas por Humboldt, debieron de impresionar también a Blanco y reforzar su aversión a la Iglesia católica con la que acababa de romper.

El aporte intelectual y científico de Humboldt al redactor de El Español es indudable y merece ser estudiado como corresponde tanto por los lectores del viajero y geógrafo alemán como por los de nuestro escritor más importante de la primera mitad del siglo XIX.
Juan Goytisolo
(1931, Barcelona). Además de su reconocida labor como literato, es notoria su toma de postura frente a temas políticos en forma de ensayos o reportajes, en los que se ha ocupado sobre todo del islam. Tanto su obra literaria como la periodística han sido galardonadas con distinciones internacionales, como el mexicano Premio Octavio Paz (2002) y el Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe (2004). Vive entre Marrakech y París. Es miembro del consejo editorial de la revista Humboldt.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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