Amistad: fisonomías de una relación compleja

El viaje a Metrópolis

Escena de la versión original de “Metrópolis” de Fritz Lang. Foto © Friedrich-Wilhelm-Murnau-Stiftung En el archivo de un museo de Buenos Aires, a miles de kilómetros de Berlín, donde entre 1925 y 1926 Fritz Lang filmó “Metrópolis”, reaparecieron escenas de esta mítica película que se daban por desaparecidas.


Paula Félix-Didier había pensado que nadie le creería. Sentada en su escritorio en una fría oficina porteña, esperaba respuesta a un correo electrónico proveniente de Alemania. Pero no llegaba nunca. ¿Qué experto iba a creer que ella, directora del modesto Museo del Cine, había encontrado aquello que investigadores y restauradores venían buscando desde hace décadas, inútilmente, por los archivos del mundo? ¿Y justamente allí, en ese museo casi perdido en el olvido, ubicado entre depósitos y fábricas en el barrio de Barracas y cerrado desde hace años por no poseer instalaciones adecuadas?

Pero ahí estaban, en la pequeña habitación detrás de la puerta de metal verde, justo al lado de su oficina: tres grandes rollos guardados prolijamente en resplandecientes latas de metal. Metrópolis, la gran película muda alemana de Fritz Lang. Desde hace más de siete décadas, más de un cuarto de la película está considerada desaparecida. Félix-Didier lo sabía: ella tenía casi todas las escenas faltantes. Una sensación mundial. Y, aparentemente, nadie quería enterarse.

Félix-Didier, de 41 años, anda por su oficina con una campera que la abriga del frío, ya que en el museo, aún no habilitado para serlo, no hay calefacción. Ella cuenta que las películas mudas le fascinaron desde siempre y que conocía Metrópolis, por supuesto –o, más bien, una de las muchas versiones del original en circulación–. Todas ellas tienen algo en común: están basadas en una estructura fragmentada, a la que le falta un cuarto de la versión estrenada en 1927, para decepción de Fritz Lang. No sólo fue simplificada la trama, algunas escenas clave también fueron sacrificadas en el montaje.

Es difícil escapar, incluso hoy, a la magia de las imágenes de esta película: la sombría visión de la ciudad del futuro, en la que se desencadena una lucha de clases. Metrópolis, la película monumental con la que se pretendía competir con Hollywood, cuyos efectos, escenografías, 36.000 extras y 20.0000 trajes le costaron a Ufa más de cinco millones de marcos imperiales (Reichsmark). Fue en su momento la película más cara que se había producido en Alemania. Su filmación duró unos 310 días y 60 noches.

Félix-Didier dice que ya hacía mucho tiempo había presentido que esta película jugaría un rol especial en su vida. Su antiguo novio, Fernando Peña, entusiasta del cine como ella, había escuchado hacia el fin de los ochenta un comentario que no se le quitaría de la cabeza. El director de un cineclub de Buenos Aires se había lamentado por tener que pasar nuevamente “esta copia arruinada de Metrópolis”, y había añadido: “no te podés imaginar lo que era estar parado más de dos horas al lado del proyector, sosteniendo la copia para que no saltara la cinta”. ¿Más de dos horas? Peña se quedó asombrado. ¿No estarían en los rollos las escenas perdidas?

Fue el principio de una búsqueda larga, que de a ratos parecía inútil. Ahora, veinte años más tarde, esta búsqueda estaría por llegar a su fin; había que esperar a la confirmación de los expertos alemanes de que el hallazgo efectivamente contenía unos treinta minutos de película desaparecidos correspondientes a la auténtica obra maestra de Fritz Lang. Pero nadie se comunicaba, hasta que lentamente Félix-Didier se empezó a preguntar cómo hacer para cumplir con lo que según ella era su obligación: “que la película caiga en buenas manos. Y que nuestro museo se pueda dar a conocer”.

¿Pero cómo es que habían ido a parar los tres rollos de película a este pequeño museo? En este archivo que huele a humedad se encuentran 45.000 rollos de películas, y 12.000 de documentales y noticieros. El síndrome del ácido acético ya ha atacado a muchos de ellos, pero Metrópolis se ha salvado, casi como por obra de un milagro.

Tras haberse enterado de la proyección inusualmente larga de la película, Peña había intentado acceder al archivo que guardaba la copia. En vano. ¿Fue por miedo a dejar entrar a un coleccionista privado, quizás porque se temió que pudiera llevarse de allí algún material? Lo cierto es que Peña no había podido ver la copia, pero sí había logrado hacer algunas averiguaciones sobre los misteriosos rollos.


Una película excesivamente larga

Fritz Lang había presentado la versión original de Metrópolis el 10 de enero de 1927 en el Ufa-Palast de Berlín. Justo antes del estreno se produjo un embotellamiento de tráfico en la avenida Kudamm, ya que 1.200 invitados se dirigían a la sala. Entre los críticos, sin embargo, el film fracasó; el argumento fue considerado inverosímil. Los directivos de la Ufa percibieron “tendencias comunistas” en los títulos de la película. Otros vieron el film como reaccionario. Y los representantes de la Paramount, la distribuidora norteamericana que estaría a cargo de llevar el film a los Estados Unidos, estaban consternados, pues consideraban la película excesivamente larga; con sus 150 minutos, no tenía posibilidades. Tenía que ser más corta. Y más simple.

Un hombre de Buenos Aires estuvo en desacuerdo, según averiguó Peña. En 1928, Adolfo Z. Wilson, jefe de la distribuidora cinematográfica Terra, llevó una versión larga de Metrópolis a Argentina, pese a que también en su país la película era considerada muy extensa y poco rentable. Wilson asumió el riesgo, y la historia de esta copia habría acabado al poco tiempo, pues las copias de un film deben por norma eliminarse tan pronto como dejan de proyectarse en sala. Esto sigue vigente hasta el día de hoy en todo el mundo, también en Alemania. Pero Wilson tenía un conocido: el crítico de cine Manuel Peña Rodríguez quien, según se pudo reconstruir, evitó la destrucción de los rollos de la película, ampliando con ellos su colección privada. En los años sesenta, Peña Rodríguez se enfermó de cáncer y, para pagar su tratamiento, vendió sus películas al Fondo Nacional de las Artes. Así es como la versión larga de Metrópolis cayó en manos del Estado argentino.

La copia tampoco permaneció mucho tiempo en los depósitos del Fondo Nacional de las Artes. El material fílmico en 35 milímetros, en soporte de nitrato de celulosa, era considerado una bomba de tiempo: producido en base a azufre y ácido nítrico es altamente inflamable. Por este motivo, el film fue copiado y la nitrocelulosa destruida. Y así, cuando en 1992 el Fondo Nacional de las Artes traspasó la colección de Peña Rodríguez al Museo del Cine, traspasó también una copia de 16 milímetros de la versión larga de Metrópolis. Se trataba de la versión distribuida por Wilson en 1928, la misma que se pudo ver en la pantalla grande en la Argentina hasta los tardíos años sesenta.


En busca de las escenas perdidas

Mientras los rollos de 16 milímetros yacían intactos en Buenos Aires, historiadores del cine revolvían los archivos de todo el mundo, de Moscú a Nueva York, en busca de las escenas perdidas. Cuando sus esperanzas de encontrarlas empezaron a aflojar, Enno Patalas, el entonces director del Museo de Cine de Múnich, emprendió la reconstrucción del film. Con ayuda de las partituras de la banda musical, del material fotográfico del rodaje y de los textos de los títulos hallados en los archivos de la oficina de censura alemana, intentó reproducir lo más fielmente posible la versión del estreno. Preparó así una versión de estudio, en la que marcó las posiciones donde faltaban escenas. En base a este estudio surgió en el año 2001, financiada por la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau, una versión restaurada, que llevaba como introducción el siguiente texto: “De la película Metrópolis se han conservado tan sólo un negativo original incompleto y copias también incompletas de versiones acortadas y alteradas. Más de un cuarto del film se considera perdido”.

Fernando Peña tenía sus dudas. Pero quién hubiera imaginado que al mando del archivo que guardaba la copia que él tanto anhelaba ver estaría, unos años más tarde, su ex novia. Desde hace diez años sus vidas siguen caminos separados, y ambos han hecho de su pasión por el cine su profesión. Fernando Peña dirige el Departamento de Cine del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). Tiene un programa de televisión propio, además de ser jefe de programación del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Paula Félix-Didier da clases de Historia del Cine en distintas universidades. En enero de 2008 asumió su cargo en el Museo del Cine. De repente la decisión estaba en sus manos. Ella podía determinar quién tendría acceso al material de archivo. “¿Cuándo venís?”, fue la invitación a la búsqueda del tesoro que le hizo a Peña cuando se lo encontró en un festival de cine. Él apareció el fin de semana siguiente.

“No tardamos ni veinte minutos”, cuenta Félix-Didier. “La buscamos en el catálogo, la gente de la cinemateca nos trajo los rollos. Después Fernando miró una de las tiras de película a contraluz y dijo: ‘Está todo’”. “Para nosotros era claro: se trataba de un momento histórico”. Como el material de 16 milímetros era un negativo, Peña y Félix-Didier mandaron a hacer una copia en positivo; a los pocos días vieron la película. “Cada vez que aparecía una nueva escena, un nuevo enfoque, señalábamos a la pantalla, gritando, ‘¡Esto es nuevo, esto no estaba!’”, continúa Félix-Didier. Félix-Didier y su ex novio volvieron a formar equipo: Peña, que en esos días tenía que viajar a España, se llevó una copia en VHS de la película redescubierta y una vez en Madrid buscó en la guía de teléfonos el número del especialista en cine mudo Luciano Berriatúa. Su juicio fue terminante: casi todas las escenas consideradas perdidas desde 1927 estaban ahí. Pero él tampoco era la última instancia. En ese momento Berriatúa intervino y envió un correo electrónico a Martin Koerber en Berlín, el restaurador que junto a su equipo había restaurado minuciosamente, a lo largo de tres años, el famoso material fílmico, fotograma por fotograma. “¡Martin, c’est incroyable! ¡Una copia de Metrópolis con todo lo que faltaba! Ahora se pueden ver, por primera vez, las escenas perdidas!” Ni bien terminó de leer este correo, Koerber llamó por teléfono a Félix-Didier en Buenos Aires. “Usted no tiene ni idea”, le dijo, “de la cantidad de correos electrónicos que recibo de gente que cree haber encontrado Metrópolis. Y nunca es verdad. Pero Luciano sabe de lo que habla. No voy a poder dormir hasta ver el material”. Al poco tiempo Félix-Didier vuela a Berlín con una copia en su cartera del material encontrado. En la entrada de la Filmhaus (Casa del Cine) de Potsdamer Platz la recibe la réplica de plástico de la mujer robot de Metrópolis. En la sala de proyecciones de la Filmoteca Alemana la esperan tres de los más grandes expertos en Fritz Lang.

Uno es Rainer Rother, el director de la Filmoteca y jefe de la sección “Retrospectiva” de la Berlinale (Festival de Cine de Berlín). Sentado en primera fila con una computadora portátil sobre las rodillas, se prepara para ver la película. Durante la proyección reproducirá simultáneamente la versión de estudio en DVD con las marcas en las posiciones de las escenas faltantes.

También se encuentra entre los expertos Anke Wilkening, restauradora de la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau. Sentada en el medio, desenvaina un pequeño bloque de notas. Su juicio será decisivo para determinar lo que será del film descubierto en Buenos Aires en el futuro. Y el tercero es Martin Koerber, el restaurador, con su camisa a cuadros y anteojos sin marco. De todos los presentes, es él quien ha pasado más tiempo con Metrópolis. Parece no gustarle el ruido, se ubica por lo tanto en la última fila, cerca de la consola. “A ver qué tenemos aquí”, dice, y enciende el proyector.


Un gran monumento a un pequeño museo

El argumento de Metrópolis es tan patético como desconcertante: bajo tierra, un ejército de trabajadores brega con máquinas enormes; sobre la tierra viven los ricos. Ambos mundos son vigilados, cual Dios, por el gran capitalista Joh Fredersen. Su poder se ve amenazado cuando su hijo se enamora de María, hermosa mujer proveniente del mundo de los trabajadores quien lucha por la armonía y es adorada por su gente. El inventor Rotwang, antiguo rival de su padre en la conquista de una amante ya muerta, diseña una mujer robot para revivir a su gran amor. Luego le otorga a la máquina el aspecto de María y la misión de perjudicar a Fredersen. Esta falsa María convence a la masas de destruir las máquinas de Metrópolis. En el medio del caos, la ciudad de los trabajadores se inunda, mientras María y el hijo de Fredersen rescatan a los hijos de los trabajadores y encuentran, juntos, a la falsa María, quemándose en una pira. Al final triunfa el amor: el capataz y Fredersen se estrechan la mano.

La película encontrada en Buenos Aires está muy deteriorada; probablemente, la copia se proyectó cientos de veces antes de ser pasada, sin limpieza previa, a 16 milímetros. Después de unas dos horas la luz se vuelve a encender en la sala de proyecciones. Félix-Didier parece adivinar cada palabra en boca de los expertos. “A mí Metrópolis nunca me gustó, en realidad”, dice Wilkening, la representante de la Fundación Murnau, “pero estoy considerando revisar esta opinión. Ahora cobraron más sentido las figuras secundarias importantes”. ”Antes la película tenía saltos, ahora se la ve redonda”, dice Rother, el director de la Filmoteca.

Recién al final pronuncia Anke Wilkening la frase clave: “Nosotros, la Fundación Murnau, asumimos la responsabilidad de poner el material a disposición del público, en conjunto con el archivo de Buenos Aires y con nuestros socios”. Para los oídos de Félix-Didier son éstas palabras mágicas. Entonces podrán verse, algún día, las escenas faltantes de Metrópolis en la pantalla gigante, no sólo en la imaginación del espectador.

Falta sólo una opinión: la de Enno Patalas, quien desde los años setenta investiga Metrópolis e intenta reconstruir la película sin haberla visto nunca en versión completa. Patalas recibe a Félix-Didier en su departamento de Múnich. Inserta el DVD, mira y calla. “Esto podría ser una copia del original”, afirma hacia el final. “Es el material más auténtico que conocemos”.

Como los demás expertos, Patalas cree que incluso tras su restauración los nuevos fragmentos nunca podrán lograr la calidad del material ya conocido. Pero probablemente Félix-Didier no debería lamentarlo. Son precisamente estos defectos materiales los que podrían erigir un gran monumento a su pequeño museo: en una nueva versión de Metrópolis que incluya las escenas descubiertas en Buenos Aires. Gracias a las marcas en el film, estas escenas permanecerán para siempre reconocibles.


Extracto de la versión publicada en ZEITmagazin, el 9 de julio de 2008, www.zeitmagazin.de
Karen Naundorf
(1975) es corresponsal de la Weltreporter-Netzwerk (red de corresponsales autónomos) en Buenos Aires. Desde hace varios años escribe desde allí para magacines en lengua alemana. Estudió en la Universidad de las Artes de Berlín y realizó una formación como redactora en la Escuela de Periodismo Henri Nannen de Hamburgo.

Traducción: María Ortiz
Copyright: Karen Naundorf

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