¿Después de mí, el diluvio? Naturaleza – Cultura: Arte

Alarma de catástrofe

© Surrender - Fotolia.com Sobre la retórica de la catástrofe en imágenes y discursos.

“What you see is happening now”, dice la voz en off de una periodista en los avances de El día después de mañana (El día de mañana, en España), de Roland Emmerich. Una ola gigantesca avanza directamente hacia Nueva York, y al mismo tiempo la temperatura cae por debajo de cero. Estos planos se encuentran entre las imágenes más impresionantes de la película, e ilustran un escenario apocalíptico, en el cual acontecimientos naturales se convierten en una amenaza para la existencia de los seres humanos. Lo que Emmerich presenta en 2004 como un escenario dramático ubicado en el futuro parece acercarse cada vez más al presente, sobre todo desde el “huracán Katrina”, los informes alarmantes sobre la fusión de las capas de hielo polares y la elevación del nivel del mar en todo el mundo, y los más recientes pronósticos de la ONU y el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). Las imágenes de catástrofes en China, ocasionadas este año por nevadas, que abarcaron extensas regiones en vísperas del Año Nuevo chino, eran casi idénticas a algunas fotos de propaganda de El día después de mañana (El día de mañana).

El tema del cambio climático está en boga, en el contexto de los dramáticos acontecimientos climáticos que se suceden en el mundo. No pocas veces los políticos y los medios esbozan la imagen de un desastre del cual no puede haber escapatoria. “Cambio climático” o “catástrofe climática” son conceptos genéricos que abarcan hoy día todos los problemas del medio ambiente. En diciembre de 2007, la expresión “catástrofe climática” conquistó una victoria: fue considerada la “expresión de mayor impacto del año” por la Gesellschaft für Deutsche Sprache (Sociedad de la Lengua Alemana, que se ocupa del fomento e investigación del alemán). El clima está sujeto innegablemente a la influencia humana, el cambio climático responde a causas antropogénicas. Las repercusiones ecológicas globales de prácticas económicas y modos de vida basados en el crecimiento son visibles a escala global, acompañadas por imputaciones de culpabilidad que se polarizan. ¿Pero qué factores constituyen verdaderamente una “catástrofe climática”? ¿Quién habla de situaciones catastróficas y por qué lo hace? ¿Qué imágenes y qué lenguaje se usan para escenificar las catástrofes en los medios e instrumentalizarlas con propósitos políticos?


El concepto de catástrofe

Al principio la palabra “catástrofe”, procedente del griego, denotaba un momento de inflexión, sin implicar valoración positiva o negativa. Como compuesto de “kata” (movimiento hacia abajo) y “strephein” (volverse), se podría traducir como “dar un giro hacia abajo”. Etimológicamente es importante el uso del concepto desde la teoría del drama de la Antigüedad como momento decisivo de una acción. Aunque el giro puede ser tanto para bien como para mal, hoy en día “catástrofe” se usa exclusivamente en sentido peyorativo. La palabra se incorporó a las lenguas europeas cuando en el siglo XVI se comenzó a estudiar con mucho interés la poética de Aristóteles y otras teorías antiguas sobre la tragedia.

Ya Platón había usado principios de la teoría de la tragedia para su modelo de la Historia, pero la catástrofe sólo fue calificada explícitamente de giro decisivo de una acción cuando comenzó a imponerse la idea de la Historia como proceso. A fines del siglo XVIII, el concepto pasó de la teoría del drama a la descripción de procesos históricos. Lo que no puede reconstruirse inobjetablemente son las razones que han llevado a que hoy en día una catástrofe fuera del contexto de la tragedia antigua tenga una connotación negativa.

Sin dudas, un momento importante para la carrera de la catástrofe como categoría dentro de los procesos históricos fue el terremoto que destruyó Lisboa en 1755, y también estremeció en sentido figurado a la Europa de la Ilustración. El sismo, que destruyó casi completamente la ciudad y arrebató las vidas de diez mil personas, fue una de las grandes noticias de la época y estimuló una intensa producción de imágenes. Desencadenó además amplios debates sobre la relación entre el destino dictado por Dios y la catástrofe provocada por los seres humanos o el significado de las facultades de acción del ser humano. De Voltaire a Adorno, pasando por Kant, el sismo de Lisboa ha servido una y otra vez como referencia para desarrollar un debate sobre el modo de tratar los acontecimientos extremos de la Historia, y también sobre nuestra relación con la naturaleza.


Tipología de las catástrofes

En primer lugar, un terremoto, y también, por ejemplo, un tsunami, es un fenómeno natural, una de las llamadas “catástrofes naturales”, aunque habría que discutir si la naturaleza en sí puede sufrir catástrofes. Un suceso como los mencionados se califica de catastrófico sobre todo si afecta a los seres humanos. Las sequías, inundaciones y tormentas, que se multiplican, se asemejan en sus consecuencias a los sucesos naturales, pero son efectos del cambio climático de origen antropogénico y tienen severas repercusiones económicas y sociales.

Sin embargo, no hay una definición general de catástrofe. Siempre desempeña un papel decisivo la intención de los que usan la palabra. Tampoco es posible generalizar los parámetros para la definición de una catástrofe. Por ejemplo, para una empresa de seguros lo que da la medida de un suceso así es la cuantía de los daños y el número de víctimas. En la sociología de las catástrofes, que se ocupa de la construcción y también de la gestión de las catástrofes y de la divulgación de los riesgos, existen diferentes principios de definición. Lo que tienen en común es el verla como un proceso. Se la divide en diferentes fases o estadios, antes, durante y después de la presentación del suceso propiamente dicho. Según este punto de vista, también pertenece a lo catastrófico una situación de amenaza en la cual se pronostica la catástrofe, que después puede presentarse o no. Al igual que los estadios posteriores de la catástrofe, esa situación de amenaza tiene que comunicarse para que se considere realmente catastrófica: “Pueden morir peces o seres humanos, el bañarse en lagos o ríos puede ocasionar enfermedades, puede que ya no salga más petróleo de las bombas y que la temperatura media disminuya o aumente: mientras eso no se comunique carecerá de repercusiones sociales”, afirma Niklas Luhmann en su libro de 1986 Ökologische Kommunikation (Comunicación ecológica).


Retórica de la catástrofe

Por todas partes se comunica la catástrofe climática, en noticias, documentaciones, en el género ficcional y de manera indirecta en tendencias actuales como la eco-fashion y la bio-food. Estos discursos e imágenes transmitidos por los medios ­ ponen a la opinión pública correspondiente en un estado de alarma incesante. Se produce una atmósfera de terror, que sirve entre otras cosas para consolidar la situación de dominio y poder existente. Aunque no se pase del simple pronóstico de la catástrofe, surge una “conciencia poscatastrófica”, un concepto acuñado por Egon Becker; la acción individual parece ser inútil. Más aún porque muchas veces las catástrofes ecológicas se presentan como efectos de la intervención de poderes superiores. Una de las consecuencias de esto es, por ejemplo, que el cambio climático se convierte en una tribuna en la cual se exponen argumentaciones políticas o económicas que pueden integrar sus intereses seculares de poder y mercado en narraciones con cobertura religiosa. De acuerdo con esto, el desacertado comportamiento humano lleva a una catástrofe global, la cual –dependiendo de la motivación concreta– se presenta como algo inevitable o algo que aún se está a tiempo de detener. En este contexto, ha adquirido un nuevo poder de irradiación la figura del héroe y de la heroína encarnados en científicos, políticos o industriales progresistas y decididos a proteger el medio ambiente.


El cambio climático, factor económico

Por lo menos desde el Protocolo de Kioto de 1997, en el cual 179 Estados acordaron reducir sus emisiones de CO2 a más tardar para el año 2012, el cambio climático ha pasado a ser un factor económico global y un tema de la política internacional; los economistas advierten sobre los costos ocasionados especialmente por daños debidos a catástrofes. ¿Acaso los delegados estadounidenses pensaron en las consecuencias del huracán Katrina cuando en la cumbre de la ONU sobre el clima efectuada en Bali aceptaron a última hora la “hoja de ruta” del clima mundial?

El shock parece ser un recurso comprobado para efectuar cambios en la política económica de manera radical: por ejemplo, el Gobierno estadounidense aprovechó la destrucción de la ciudad de Nueva Orleans para convertir el sistema de escuelas público en un sistema privado después de las inundaciones. Todavía no se ha llevado a cabo la reconstrucción del transporte urbano, y se siguen privatizando infraestructuras. En la situación poscatastrófica, al principio la población no protesta contra la privatización y la gentrificación. Naomi Klein ha reflexionado sobre estos temas en su obra La doctrina del schock. El auge del capitalismo del desastre (2007).

Desde la industrialización, las catástrofes ecológicas están ligadas íntimamente con los procesos económicos. En las fases de expansión económica durante el siglo XX, acontecimientos naturales como terremotos e inundaciones estuvieron ausentes en gran medida y en cambio se acumularon en las fases de recesión económica. Esta tesis es original de Mike Davis, que en su libro Ecology of Fear (1998) se ocupa principalmente de situaciones catastróficas en Los Ángeles.

Este fenómeno se muestra también en las imágenes, como ha sido expuesto por Georg Seeßlen y Markus Metz en su libro de 2002 Krieg der Bilder. Bilder des Krieges (Guerra de las imágenes, imágenes de la guerra): “La aparición cíclica de imágenes catastróficas especialmente violentas y populares ha sido vinculada a las crisis económicas en el enfoque sociológico”.


Imágenes de catástrofes

Se repiten una y otra vez las imágenes de catástrofes ecológicas en los medios, ya sean pájaros con el plumaje sucio de petróleo, bosques tropicales talados o ciudades y regiones inundadas. Las tomas aéreas de Nueva Orleans inundada en 2005 se asemejan a las de Dresde o Praga en 2002, son imágenes de la “inundación del siglo”. En su acumulación e intercambiabilidad, por una parte son alarmantes, y por otra llevan a un embotamiento de la sensibilidad. En el fondo de estas políticas de la imagen hay siempre una exageración que no valora debidamente el carácter de proceso que tienen las catástrofes ecológicas, e impide ver con claridad las decisiones políticas y económicas y las repercusiones sociales.

Sin respeto por la destrucción, actualmente hay empresas que hacen suya esa atmósfera en campañas propagandísticas, encaminadas a agitar las emociones y polarizar. Desde hace mucho tiempo se ha reconocido la posibilidad de una catástrofe como factor económico. Pronósticos alarmantes del futuro constituyen una base importante para estrategias de marketing: para el llamado greenwashing, mediante el cual los consorcios se fabrican una imagen verde. Se logran ganancias con productos que evitan los desastres y tranquilizan a los compradores. Por ejemplo, el consorcio petrolero BP trabaja tratando de ­ exhibir una imagen verde para el futuro: ya en el año 2000, British Petroleum se convirtió en “Beyond Petroleum”.

Sobre todo en la rama automovilística, esta estrategia se practica casi hasta la perfección. La naturaleza se pinta como un mundo casi totalmente independiente del hombre, donde cantan las aves, zumban los insectos y se abren las flores, en el que todo va bien mientras el hombre pasa de largo viajando en auto sin hacer ruido. También una aerolínea finlandesa opera con imágenes similares en un clip de propaganda actual: un tulipán blanco y marchito revive precisamente en el momento en que un avión pasa volando por el horizonte. Con tales estrategias de manipulación de las emociones se sugiere que es posible el consumo “verde”, sin cambios en la economía y en el modo de vida, y que debe asumirse una responsabilidad individual.

¿No hay que sentirse sumamente alarmado ante tales escenificaciones e instrumentalizaciones, que son parte de la “catástrofe” y por tanto de la relación entre la sociedad y la naturaleza? Si uno sigue las políticas de la imagen en el discurso de la catástrofe, sin detenerse en la propaganda, tendrá que aplicar análisis culturológicos y una crítica que use los recursos del arte. Se necesitan imágenes diferenciadas y un lenguaje capaces de aportar una descripción del futuro que no sea ella misma parte de lo catastrófico.


Un análisis profundo de la retórica de la catástrofe en imágenes y discursos como parte del debate sobre el cambio climático constituyó el punto de partida común para el proyecto de la exposición „Katastrophenalarm” (2008) en la Neue Gesellschaft für Bildende Kunst (NGBK), que estuvo a cargo y realizaron las curadoras berlinesas Sophie Goltz, Christine Heidemann, Anne Kersten y Vera Tollmann y el artista sueco Ingo Vetter. La muestra fue precedida por las exposiciones “Nachvollziehungsangebote” (2007), presentada en el museo Kunsthalle Exnergasse (Viena), con trabajos de artistas contemporáneos sobre la (im)posibilidad de la idea del desarrollo sostenible, y “Green Dreams” (2007), en el museo Kunstverein Wolfsburg. Ésta tuvo por tema la relación entre el arte y el movimiento ecologista desde la década de 1970.
Neue Gesellschaft für Bildende Kunst (NGBK)
El editorial de la publicación de la exposición del proyecto “Katastrophenalarm” (2008) estuvo a cargo de las curadoras berlinesas Sophie Goltz, Christine Heidemann, Anne Kersten y Vera Tollmann, y del artista sueco Ingo Vetter.

Traducción: Francisco Díaz Solar
Copyright: NGBK e. V.
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