¿Después de mí, el diluvio? Naturaleza – Cultura: Arte

Sobrevivir sí... ¿pero cómo?

The Pink Project, Nueva Orleans, 2007; Brad Pitt y el despacho de arquitectos Graft (Berlín); Proyecto para los damnificados de las inundaciones de Nueva Orleans. (Iniciativa: Brad Pitt) Foto © Stefan Beese
No es seguro cuándo va a producirse un cambio climático radical, ni siquiera si sucederá, pero sí parece claro que el clima está transformando nuestra vida. Una defensa de la adaptación a condiciones aún desconocidas.

El huracán Emma de finales de febrero de 2008 no sopló con tanta fuerza como su predecesor Kyrill del año anterior. Pero cuando empezábamos a respirar aliviados por ello, los expertos economistas alemanes hicieron cálculos y estimaciones: tan sólo en Alemania, los costes del cambio climático ascienden a 800.000 millones de euros. En la Antártida se desprendió una masa de hielo del tamaño de la ciudad de Bremen. Javier Solana, Alto Representante de la Unión Europea para Política Exterior y de Seguridad Común, advirtió que las guerras climáticas del futuro también llegarían a Europa. Éstas fueron las novedades climáticas de una primavera en la que el tiempo atmosférico se comportó bastante.

Al parecer estamos más cerca de alcanzar los tipping points, o puntos de inflexión que una vez superados supondrían un cambio climático drástico, que de un apaciguamiento de las transformaciones climáticas. “Mitigación” es el término genérico para la reducción de emisiones y, por tanto, la detención de la catástrofe. Entre los investigadores del clima e incluso entre los políticos, ya nadie cree seriamente que se pueda frenar el aumento de las temperaturas reduciéndolo a tan sólo “dos grados centígrados más”. La Tierra se calentará y es posible que las cosas empiecen a escapar a nuestro control. Con esta cruda evidencia penetramos en el reino de la adaptación a lo no evitado y a lo inevitable.

Justo después del año en que el mundo rememoró la revolución de Mayo del 68, el concepto de “adaptación” no tiene muy buena prensa: en aquellos prósperos años del posmaterialismo se luchaba contra el carácter conformista. Cuatro décadas más tarde, sin embargo, tras el sueño de la gran resistencia, comprobamos compungidos que la adaptación es un mandamiento fundamental, es más, a la vista de los problemas climáticos, es incluso la verdadera convicción revolucionaria.

La política medioambiental actúa con regulación (supra)estatal e incentivos en el mercado. La mayor parte de las medidas van dedicadas a la “protección del clima”, es decir, a la prevención de riesgos. No hay nada que objetar contra los edificios de consumo energético cero, la regionalización de los mercados, la planificación sostenible del espacio y medidas similares, pero los efectos de tales decisiones tardan mucho en manifestarse y su realización encuentra en general numerosos obstáculos. De manera que tenemos que hacernos a la idea de que no podemos detener el calentamiento global cambiando todas nuestras bombillas normales por las de bajo consumo.

La cuestión es en qué medida las personalidades, las mentalidades y los sistemas se podrán adaptar a lo inevitable, tanto más cuando, como en este caso, lo inevitable es asimismo lo desconocido. Y es que no sabemos qué pasa exactamente cuando el nivel del mar rebasa determinados niveles críticos o el permafrost siberiano derretido emite grandes cantidades de metano. ¿Estamos ante un colapso? La ciencia tiene que atreverse a apartarse de los “enfoques convencionales” y complementar los pronósticos meteorológicos con escenarios de la revolución cultural y social que un cambio climático conllevaría. Quien quiera afrontar adecuadamente las inundaciones, huracanes y desertizaciones tendrá que consultar a biólogos de la evolución, antropólogos culturales, teóricos sociales y psicoanalistas, así como al hombre de la calle.

Es necesario recordar antiguas técnicas culturales de supervivencia e inventar nuevas modalidades de autodisciplina, que incluyen determinadas formas de globalización que no aumentan sino que disminuyen la vulnerabilidad de las sociedades inmersas en ella. Tal vez tengamos que contar con fenómenos tan improbables como un renacimiento de la agricultura en la cuenca del Ruhr o un planeta sin coches. Y con un sistema de alerta climática a través del teléfono móvil.

¿Desvaríos? Pues no. El calentamiento del clima lo ha propiciado el uso indiscriminado de la técnica, por lo que muchos intentos de frenarlo mediante una técnica “mejor” constituyen una parte del problema y no su solución. Si las centrales térmicas de carbón o las centrales nucleares protegen más o menos el clima es una polémica inútil porque ambas variantes se topan con recursos limitados y sus consecuencias han demostrado ser impredecibles e inabarcables. Y el drama reciente con los biocarburantes pone de manifiesto que hasta los más prudentes protectores del medio ambiente tienen que tener en cuenta las posibles consecuencias no intencionadas de sus acciones, también con lo que respecta a la energía fotovoltaica o la fotosíntesis artificial.

El debate sobre el clima está repleto de falsas alternativas, por ejemplo, la cuestión de si se pueden conceder a las sociedades menos desarrolladas los mismos devastadores derechos de contaminación que tuvieron en su día los países de industrialización más temprana, porque por entonces nadie se quebraba la cabeza con ese tema. En la actualidad y en conocimiento de las consecuencias de tal despreocupación, semejante idea delata una estupidez artificial. La cuestión de la justicia global debe recaer sobre los causantes del problema climático para que no se repitan esos fallos en otras partes del planeta, lo que significa, por ejemplo, que los países ricos industrializados y tecnologizados deberían poner gratuitamente su know how sobre la energía a disposición de aquellas sociedades que todavía han de industrializarse; de este modo, los países que llevan cierto retraso obtendrían la infraestructura tecnológica más avanzada, como la existente en nuestros países desarrollados.

Y a la inversa, el ideal de estilo de vida de Occidente –la disponibilidad permanente de todos los bienes imaginables, la cultura del derroche– tendría que corregirse de tal manera que se obtenga un aumento de la calidad de vida y no la sensación de una renuncia esforzada. Se podría empezar por la movilidad: ¿por qué se organizan todas las cumbres, también las de protección del medio ambiente, en un lugar muy apartado al que todos han de llegar en avión en vez de hacer uso de las videoconferencias y los foros de Internet?

La adaptación atañe además en gran medida a los sistemas políticos. Hasta que no reflexionen sobre nuevos modelos de participación, las naciones ricas deberían dejar de emplear sus capacidades intelectuales en el desarrollo de estrategias pretendidamente humanas de cierre de fronteras para detener a los refugiados climáticos o de proteger a las superpotencias climáticas con poderes ecodictatoriales. El aumento de las oportunidades de comunicación y participación incrementa de manera automática la identificación de los ciudadanos con la sociedad que constituyen y, a su vez, las oportunidades de compromiso ciudadano. En tiempos de cambios climáticos, por supuesto que no se asocian ideas románticas a la mejora de los sistemas democráticos: las democracias sostenibles probablemente tienen más que ver con el compromiso a cumplir las propias obligaciones que con congresos ecologistas o discursos bienintencionados para tranquilizar la conciencia.

Desde hace años la cooperación al desarrollo se guía por el principio de good governance, buen gobierno. Las subvenciones que se otorgan a los países van ligadas al cumplimiento de criterios como trasparencia, eficacia, participación, sentido de la responsabilidad, Estado de derecho, democracia, justicia..., el que gobierne mal no obtendrá nada. Ha llegado la hora de aplicarnos a nosotros mismos estos criterios. De ese modo, el proyecto cultural de un buen gobierno reflexivo llevará a una sociedad con una mayor participación, más responsabilidad propia y un compromiso más intenso, que no dejará impasibles a sus ciudadanos.


Artículo publicado en Die Zeit del 17 de abril de 2008.
Harald Welzer
dirige el Center for Interdisciplinary Memory Research del Instituto de Ciencias de la Cultura de Essen y es catedrático investigador de Psicología Social en la Universidad de Witten- Herdecke. Entre 1991 y 2000 fue curador de más de cuarenta exposiciones de grupo e individuales de Kunstraum Neue Kunst de Hannover. Cuenta con una amplia lista de publicaciones. En 2008 se editó su libro Klimakriege; en 2009 ha publicado con C. Leggewie la obra Das Ende der Welt, wie wir sie kannten.

Claus Leggewie,
politólogo, es director del Instituto de Ciencias Culturales de Essen. Desde 2008 es miembro del Consejo Científico del Gobierno Federal para el Cambio Climático Global. Es director fundador del Centro para Medios e Interactividad de la Universidad de Gießen. Edita las revistas Blätter für deutsche und internationale Politik, de Berlín, y Transit, de Viena. En 2009 ha publicado con H. Welzer el libro Das Ende der Welt, wie wir sie kannten.

Traducción: Carmen García del Carrizo
Copyright: Die Zeit
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