El arte de la Independencia... y algunas reflexiones sobre lo heroico

Menos Tiempo que Lugar

Alexander Apóstol (Caracas, 1969) “La Carta de Jamaica”, 2009,  Video 20 min © Alexander Apóstol El comisario de la exposición que explora los ecos de la Independencia conecta a Alexander von Humboldt con los movimientos latinoamericanos de liberación y se ocupa de las singulares tramas de espacio y tiempo.

Hay menos tiempo que lugar / no obstante
hay lugares que duran un minuto
y para cierto tiempo no ha lugar.
Mario Benedetti

“El arte de la Independencia: ecos contemporáneos” es un proyecto regional del Goethe-Institut que invita al diálogo entre artistas e intelectuales de América Latina y Alemania. Por medio de la producción estética y la reflexión intelectual, el proyecto se propone explorar los ecos de la Independencia en los distintos países de América Latina, posibilitando así el abordaje de un tema eminentemente político desde una perspectiva cultural. La noción de “independencia”, sin embargo, debe entenderse aquí no sólo como un hito temporal en la historia política sino también como una conquista social y cultural que ha de reinterpretarse en forma permanente, y que se expresa en diferentes dimensiones: las relaciones entre los actores sociales, las materias primas, el vínculo con la tierra, el clima, las problemáticas de género, las migraciones, el trabajo, la globalización.

La exposición itinerante “Menos Tiempo que Lugar” es el resultado de este proceso de trabajo basado en el diálogo y el intercambio entre los artistas y autores. La muestra se inauguró en el Palais de Glace de Buenos Aires en marzo de 2010. Como antesala, una selección de los trabajos se pudo ver ya en 2009 en Bolivia y Ecuador. De la mano de una serie de actividades paralelas como proyecciones, talleres y debates, la exposición recorrerá distintas ciudades de Latinoamérica y Alemania a lo largo de los años 2010 y 2011.

El tiempo deviene lugar

El título de la muestra, que, con recursos contemporáneos, investiga los doscientos años de la Independencia de América Latina, está inspirado en un misterioso poema de Mario Benedetti. Por un lado, esta exposición ofrece una cartografía, pues obedece a una dramaturgia geográfica y permite que diferentes países del continente desfilen ante nosotros. Por el otro, traza un haz de tiempo que explora la historia palpándola año a año. Lo que así surge es un “cronotopo”, como llamó el lingüista y teórico literario ruso Mijaíl Bajtín a la unidad indisoluble de tiempo y espacio. Ya incluso Richard Wagner había imaginado una transformación del tiempo en espacio cuando al llegar al Santo Grial Parsifal exclama: “Apenas avanzo, y sin embargo siento que ya me encuentro lejos”, a lo que Gurnemanz responde: “¡Ya lo ves, hijo mío, aquí el tiempo se vuelve espacio!”. Así, aquella “trama singular de espacio y tiempo” fue denominada más tarde por Walter Benjamin como “aura”, o sea la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar.

Menos tiempo que lugar: ¿acaso esto significa que tenemos menos tiempo que espacio, que el tiempo se nos escapa de las manos mientras buscamos un lugar donde establecernos, que al final tenemos dónde permanecer pero el tiempo se nos ha escurrido?

Al fin y al cabo, el poema bien puede hacer referencia al legado de Simón Bolívar, que anduvo sin descanso entre Venezuela, Europa y los países andinos, pero que al final, repudiado por todos, no tuvo ni un lugar fijo ni tiempo suficiente para culminar su obra.

Carta de Jamaica

Desde su exilio en Kingston, en septiembre de 1815, es decir sólo pocos años después de la independencia de Venezuela, Simón Bolívar –entonces de treinta y dos años– escribió su legendaria Carta de Jamaica, dirigida a un amigo inglés. En éste, su escrito más importante, el prócer de la independencia esboza un grandioso panorama de América que abarca toda la región desde los EE.UU. hasta Argentina y Chile.

El vibrante análisis comienza con una descripción de los movimientos independentistas entre 1810 y 1815, así como de las razones que llevaron a los “españoles americanos” a la independencia. Le sigue un llamado a Europa a apoyar la causa hispanoamericana. En la tercera parte, Bolívar, a quien muchos consideran el más grande político sudamericano de todos los tiempos, se explaya sobre las perspectivas de futuro de las diferentes repúblicas. Concluye este ensayo de elegante redacción con un llamado a la unidad de los pueblos americanos.

Mas Bolívar también lamenta el futuro incierto de este continente, el último en haber sido poblado por el hombre y que en lengua cuna lleva el nombre de “Abya Yala” (tierra firme):

En mi opinión es imposible responder a las preguntas con que usted me ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su universalidad de conocimientos teóricos y prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la estadística y revolución de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de tinieblas y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer conjeturas más o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte futura y a los verdaderos proyectos de los americanos; pues cuantas combinaciones suministra la historia de las naciones, de otras tantas es susceptible la nuestra por sus posiciones físicas, por las vicisitudes de la guerra y por los cálculos de la política.

En cierto modo, el legado de Bolívar permanece incumplido hasta hoy. Una y otra vez se reavivan los conflictos entre los países, como la crisis entre Colombia, Ecuador y Venezuela o el litigio fronterizo en torno de los llamados “Campos de Hielo Sur” en la Patagonia, que pesa sobre la relación entre la Argentina y Chile hasta la actualidad. En este sentido, es ilustrativo el ejemplo del artista boliviano Roberto Valcárcel, quien en su cartografía “Los Estados de Sudamérica” dota a los países de diferentes atributos: a Venezuela de “Estado civil: soltero”, a Perú de “Estado de alerta”, a Chile de “Estado de sitio” y a Brasil de “Estado de emergencia”.

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América.

Bolívar y Humboldt

Bolívar menciona varias veces al “barón de Humboldt” quien, según él, hizo más por América que todos sus conquistadores. Muchos mitos se han tejido en torno a los dos encuentros de Alexander von Humboldt con su amigo Bolívar en 1804 en París y 1805 en Roma. Incluso en Venezuela hay quienes dicen que Humboldt habría sido el padre intelectual del movimiento de independencia latinoamericano y habría inspirado al “Libertador”. A la guerra que se desató en las colonias españolas después de su partida, la calificó como “una de esas grandes revoluciones que sacuden y despiertan a la humanidad”. Sin embargo, ya advirtió hace doscientos años de los peligros de la discordia política, de la fragilidad de las instituciones, el incumplimiento de las leyes y el despotismo de los caudillos.

Estas geniales visiones de Bolívar y Humboldt son las que la realpolitik de hoy, que se desgasta en permanentes intentos de superación de crisis, debería tomar como parámetro. En el arte, en cambio, las líneas como esculpidas en piedra de los antepasados contribuyen a clarificar las posiciones estéticas. ¿Cuánto puede acercarse el arte a la cotidianidad y cuánto puede alejarse de los problemas acuciantes del presente? ¿Dónde la historia es un obstáculo y dónde puede ser un hilo conductor?

Allí donde la promesa histórica discrepa de la realidad actual, también se separan los caminos de la política y el arte. Mientras que la primera, en su largo camino a través del tiempo y el espacio, ha perdido una gran parte de sus ideales que ahora necesita volver a evocar con gran esfuerzo, el arte puede seguir soñando tranquilamente. Por cierto que a la política no le vendría mal depurar sus mensajes a través del filtro catalizador del arte contemporáneo.

La filosofía de los Estados, su ética y, especialmente, su estética corresponden la mayoría de las veces al pasado. El arte corresponde siempre al presente, en el mejor de los casos, incluso al futuro. En tanto que posee genealogía, lógica y dinámica propias, el arte no es sinónimo de historia, como mucho discurre en paralelo a ella. Por esta razón, no es raro que el arte se adelante a lo que llamamos “progreso” y a la historia.

Una lectura actualizada de la obra de Bolívar tiene que considerar posiciones artísticas abiertas a las decisivas transformaciones sociales y culturales a las cuales los Estados americanos se ven sometidos en la actualidad.

Registrar temblores subliminares

Obviamente no se espera de los artistas que entreguen recetas para la política contingente ni tampoco un “diseño político”; más bien reinterpretan el proyecto utópico de Bolívar con la ayuda de recursos estéticos y en forma totalmente subjetiva, dejándose guiar por aquella inquietud interior que alentó a este soñador y transformador del mundo venezolano; alguien que durante toda su vida ejerció su gran misión como un sacerdocio y que, entre la entrada triunfal a Caracas y su ignominioso fin en Colombia, saboreó todas las glorias e infiernos de la vida de un revolucionario. Mientras que para los políticos y los científicos el fracaso puede ser algo fatal, los artistas siempre encuentran la forma de transformar la experiencia dolorosa en una nueva esperanza.

Tus ojos que vigilan más allá de los mares,
más allá de los pueblos oprimidos y heridos,
más allá de las negras ciudades incendiadas.
Pablo Neruda: “Un canto para Bolívar”, 1941

La exposición “Menos Tiempo que Lugar” puede leerse también a partir de las transformaciones dramáticas que Latinoamérica ha vivido en las últimas décadas. De la noche a la mañana apacibles ciudades capitales se convirtieron en megalópolis incontrolables y desbordantes, rodeadas de barrios pobres y marginales; y paisajes vírgenes se transformaron en una devastada tierra de nadie. Sin embargo, los artistas incorporan también la inquebrantable vitalidad de la población multiétnica del continente, su espiritualidad y creatividad. Ocupan posiciones abandonadas hace muchísimo tiempo y registran el temblor subterráneo que se anuncia.

Lo que para los exploradores del siglo XIX –como Langsdorff, Florence y Taunay– fue mera curiosidad por descubrir una terra incognita, en los trabajos de los artistas contemporáneos se convierte en una cartografía de las corrientes políticas y culturales que atraviesan el continente.

Desde que Alexander von Humboldt recorrió el continente doscientos años atrás, fundando la ciencia moderna, se han importado recurrentemente modelos europeos y luego norteamericanos que en última instancia terminaron por conducir a Latinoamérica a la dependencia en muchos campos. No importa si fue el socialismo o el neoliberalismo, los Chicago Boys o la London School of Economics; se trató en todos los casos de sistemas “introducidos” que sólo rara vez resultaron exitosos.

Parece en cambio mucho más alentador pensar en un redescubrimiento y una reinvención de América por medio de las artes y bajo la exclusiva legitimación de la estética, lo cual podría proveer al continente de un rostro propio.

¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augus­to congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intere­ses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo.

En el hemisferio occidental ha regido desde antaño la frase de Octavio Paz: “Nosotros, los latinoamericanos, estamos condenados a buscar en nuestro propio país el país extranjero y en el extranjero nuestro país”.

Los artistas e intelectuales de nuestra exposición han explorado Latinoamérica en todas las direcciones. Visitaron ciudades pequeñas y apacibles en el interior de los países, y megalópolis desbordantes y abarrotadas. Sitios aferrados al pasado y modernas metrópolis que se han ocupado de extirpar hasta los últimos vestigios de historia. Los artistas languidecieron en inhospitalarios desiertos de hormigón y disfrutaron de la elegancia y el sosiego de los patios interiores, resguardados del sol y con sus arcadas en perfecta armonía, como los concibió la arquitectura colonial española. Estuvieron en presencia de ciudades capitales que reniegan de sí mismas –pensemos en Sucre, en Bolivia– y de otras rebosantes de energía. En La Paz, se preguntaron si acaso la autodeterminación de la población indígena podría dar un nuevo curso a la historia, y en Buenos Aires, si los movimientos sociales podrían ser una respuesta a la globalización.

Ofrendar refugio al tiempo

En algunas ciudades el tiempo transcurre demasiado rápido, en otras con extrema lentitud. En algunas, al arte contemporáneo le cuesta echar raíces, en otras se lo recibe con los brazos abiertos.

Hay lugares que sólo duran un instante –son aquellos momentos singulares que sólo el arte puede captar–, y para ciertos tiempos, dice Mario Benedetti, no hay lugar. Quizá esta paradoja pueda aplicarse al presente, que comprime extremadamente el tiempo, pero sin ofrecerle un hogar ideal en ninguna parte. Parece que sólo el arte es capaz de situar el tiempo actual y de ofrecerle refugio.


Extracto del texto introductorio del catálogo de la exposición “Menos
Tiempo que Lugar”, Goethe-Institut, 2009-2011
Alfons Hug
es director de la sede del Instituto Goethe de Río de Janeiro. En 2002 y 2004, dirigió la Bienal de São Paulo. Ha tenido a su cargo la concepción de las exposiciones internacionales itinerantes “Los trópicos”, “Intempérie” y “Menos Tiempo que Lugar. El arte de la Independencia” (2010). En 2009 fue comisario de la Bienal del Fin del Mundo, que se celebró en la ciudad argentina de Ushuaia y se centró en los fenómenos estéticos del cambio climático y de la Antártida.

Traducción del alemán: Carla Imbrogno
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Septiembre 2010

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