El arte de la Independencia... y algunas reflexiones sobre lo heroico

Bolívar. El inventor de naciones

Gastón Ugalde (La Paz, 1947) Detalle de un retrato de Simón Bolívar realizado íntegramente con hojas de coca, 2007 © Carlos Villalón/ Redux/ laif Capítulo inicial de un libro sobre “el gran Libertador”, su destino y su época.

Bastó que muriera para que todos los odios se convirtieran en veneración, todas las calumnias en plegarias, todos sus hechos en leyenda. Muerto, ya no era un hombre sino un símbolo. La América Latina se apresuró a convertir en mármol aquella carne demasiado ardiente, y desde entonces no hubo plaza que no estuviera centrada por su imagen, civil y pensativa, o por su efigie ecuestre, alta sobre los Andes. Por fin en el mármol se resolvía lo que en la carne pareció siempre a punto de ocurrir: que el hombre y el caballo se fundieran en una sola cosa. Aquella existencia, breve como un meteoro, había iluminado el cielo de su tierra y lo había llenado no sólo de sobresaltos sino de sueños prodigiosos.

Nunca en la América hispánica se había soñado así. El relato dorado anterior a la conquista acunaba otro tipo de sueños: el barro desnudo y ritual vivía en el mito, no había emergido a la individualidad y a la historia. Aquellos reyes que eran el Sol, aquellas diosas que eran la Tierra, aquellos poetas de Tenochtitlan que suspiraban ante la brevedad de la vida, aquellos dibujantes de Tikal y de Palenque que trazaban con arte exquisito las estelas mágicas de los templos, vivieron en un orden casi inconcebible para noso­tros: veían en la tierra otra tierra y en el cielo otro cielo. Y los guerreros de conquista, que arrasaron y profanaron por cien años un mundo mucho más vasto que Europa, no entendían de sueños: sólo de delirios y de pesadillas.

Bolívar sabía todo eso. Conocía la historia de los lagos de sangre en que fueron ahogadas la nobleza inca y la nobleza azteca, sabía de los llanos de osamentas que prodigaron las espadas y los cañones y que después dispersaron los buitres. Sabía del manto negro de alas de murciélago que los artífices hicieron para Atahualpa y sabía de las esferas de piedra que padres antiguos enterraron en las florestas de Centroamérica para que sobre su perfección crecieran mundos armoniosos. Y sabía también de la dulzura de África, porque una de sus madres, y tal vez la más entrañable, había sido esa esclava Hipólita que le dio lo que tal vez no sabría darle su blanca madre criolla: elemental ternura humana. “Hipólita –dijo– es la única madre que he conocido”.

Por su origen pertenecía a la aristocracia; pocos criollos tuvieron como él privilegios. Mirarlo actuar en sus primeros tiempos es ser testigos de la gestación de una tempestad. En él estaban la fuerza, la indignación, la rebeldía. Y en el mundo que lo rodeaba, el germen mismo de las revoluciones. Su propio padre, hombre poderoso y verdaderamente acaudalado, ya sentía la incomodidad de vivir como un huésped de segunda en la tierra de la que era dueño. Pero tenía demasiado que defender para dejar que su incomodidad se tradujera en rebelión.

Muy pocos de aquellos que lo tienen todo saben sentir lo que les falta. Y esos mantuanos opulentos sentían los tacones de la metrópoli en la nuca. El aire que les faltaba era el aire de la libertad, el aire de la autonomía, que empezaba a tener un nombre: pronto sólo cabría en la palabra independencia. Pero Bolívar tuvo que perder a sus padres para empezar a sentir la soledad engendradora de hazañas. Tenía parientes en la vecindad de la Corona, y por momentos los Bolívar podían engañarse a sí mismos diciendo que pertenecían a la nobleza reinante en las Indias. Pero a los dieciséis años, en los patios de Madrid, en la cercanía de Godoy y de la reina, jugando con el joven príncipe como un miembro más de la corte, Bolívar no dejaba de sentirse ajeno, había una inquietud en él, una ansiedad.

Esa cercanía habría de servirle sin embargo para algo muy distinto a un envanecimiento: él sabía que no pertenecía del todo al mundo de los amos. Ver la corona de cerca le permitió temprano liberarse de la sumisión supersticiosa al poder de la realeza como se la padeció en América durante siglos. Todavía hoy ciertos sectores privilegiados de América practican la ceremonia del besamanos ante la ornamental aristocracia europea: cómo sería hace dos siglos.

Pero el muchacho al parecer escoltó más de una vez a la reina María Luisa en sus andanzas nocturnas desde la casa de su protector hasta el palacio real, y tuvo suficiente roce con la corte para derribar, en una rabieta de adolescente, el sombrero del joven príncipe y ver que la reina le concedía la razón en su cólera. Esos gestos casi insignificantes cobran su magnitud vistos a través del lente de la distancia y reinterpretados en el contexto de los grandes dramas históricos. Muchos próceres americanos no podían imaginar siquiera esa corte que los dominaba desde el otro lado del mar, y tenían cierta imposibilidad psicológica para asumir que ellos podían sustituirla en los escenarios de la historia: Bolívar se libró temprano del temor reverencial, del respeto supersticioso por aquel mundo, gracias al azar de haberlo frecuentado en la edad en que se gesta la propia leyenda personal.

Tuvo todavía en la ilusión del amor la esperanza de vivir una vida dedicada a sí mismo y a su fortuna. Quizá si María Teresa no hubiera muerto de fiebre amarilla en 1802, apenas llegada a Caracas, en contacto con esa tierra nueva, Bolívar habría sido otro mantuano ilustrado, dedicado a su hogar y a sus haciendas. Sobre eso nada puede decirse, porque el destino se fragua siempre en la oscuridad, y si tarde o temprano salen a la luz sus gestaciones secretas, lo que sí permanece siempre oculto a nuestra mirada es lo que pudo ser, lo que pudo modificar para siempre el azar.

La viudez lo dejó con todo su amor insatisfecho, con una pasión ya inútil llenando sus horas; un muchacho de 20 años con todo el tiempo para sí y para sus sueños. Volvió a Europa como comprendiendo que lo que se había traído de allí tal vez no era lo que había ido a buscar. Y en Europa lo esperaba la revelación de un destino. Pero ya no quiso anidar en España, donde un día, con el gesto romántico de un joven valiente y un poco salvaje, se había resistido, espada en mano, por un callejón de Madrid, a una inspección policial acaso ordenada por el propio Godoy. Viajó a Francia, que acababa de pasar por una ordalía de ejecuciones, por las tempestades de la Asamblea Nacional, por la locura histórica de la decapitación de una monarquía, por las oleadas de los partidos sucediéndose en el poder, cada vez más ácidas las olas, cada vez más radicales los discursos, de Mirabeau a Desmoulins, de Danton a Marat, de Robespierre a Saint Just.

El joven Bolívar era alguien demasiado preocupado por la justicia. Germinaban muy pronto en su mente las semillas de libertad que estaban sembrando en el alma de Europa los enciclopedistas y los filósofos ilustrados. No en vano nació en plena época de la Revolución, y expuesto a sus fuegos. Y como buen español de la periferia, recibía sin recelos la influencia de Francia que la España central siempre se negaba a aceptar.

Acaso ninguna frontera fue tan firme y tan hosca como los Pirineos. Esas montañas se alzaban como símbolo de la reticencia de España a dejarse influir por la nación vecina. Si esa isla, Inglaterra, estaba unida a Francia por la historia, esa otra isla, España, estaba unida a Francia por la naturaleza. Por el Mediterráneo llegaron Fenicia y Roma, los judíos y los moros; por el Mediterráneo las puertas estuvieron abiertas mucho tiempo, pero Francia… ¿no se había atravesado siempre como una fuerza hostil entre España y Europa? ¿No era una barrera atravesada en el corazón del imperio cuando España era también Flandes y Alemania y los reinos de Italia? Esa Francia que no se había sometido cuando España llevaba el cetro del mundo quería ahora imponer sus filosofías y sus sueños a una nación orgullosa de su antigüedad y ebria de sus símbolos.
Bolívar se convirtió en algo casi más indeseable que un sudamericano: un afrancesado. Tenía palco en la Ópera, derrochaba en París una fortuna amasada en las haciendas de cacao de Caracas. Pero también en Francia se sentía ajeno, y eso habría de agravarse cuando la rebelión, la sustancia misma de su ser, que ardía a la misma temperatura de la revolución, se vio atemperada por una nueva monarquía.

Ahora el mar estremecido de la revolución se empozaba bajo el tricornio del poder absoluto; Napoleón mismo arrebataba la diadema de las manos temblorosas del papa y la ponía sobre sus propias sienes bajo el cristal de las rosas de Notre Dame, y Bolívar, que había recibido invitación del embajador de España para asistir a la ceremonia y la había roto con indignación, se deslizó por su cuenta, casi furtivamente, aquel 2 de diciembre de 1804, y prefirió ver la escena desde la multitud, no desde los estrados de los invitados oficiales, como gesto de malestar y de rebeldía.

La sangre republicana ardió en sus venas. Vio en el emperador un traidor a la causa de la libertad, pero no dejó de estremecerse viendo a un millón de personas rugir en las calles su admiración por aquel teniente de artillería exaltado por sus méritos a la condición de rey y de semidiós. La integridad moral de Napoleón estaba en duda, pero su gloria era indudable, y el joven caraqueño soñaba con una gloria semejante, aunque conquistada por una causa más noble. En el fondo hasta podía sentirse satisfecho de que Napoleón hubiera cedido a la ambición, porque eso podía significar que Napoleón se había apoderado del título de Emperador de los pueblos, pero en tiempos de instauración de la República había dejado para otro el título más honroso de Libertador de las naciones.

Bolívar ardió de indignación: tenía la sangre demasiado encendida de Rousseau y de Montesquieu, de Voltaire y de Diderot. Incluso, tenía la sangre demasiado llena de Spinoza, de un panteísmo afín a los animismos de los nativos de América, para entusiasmarse con el cesarismo del corso. Ya llegaría la hora que le impusiera la necesidad de ser cesarista y hasta de intentar hacerse César: la vida a todos nos impone ciertas claudicaciones.

Sin embargo, todavía su sueño de dar libertad a Venezuela era apenas una idea sin mucha sustancia, era un sueño quijotesco surgido de la lectura de los filósofos ilustrados, era todavía el sueño de un girondino de La rue Vivienne, de un revolucionario de salón, y por eso fue tan importante aquel encuentro, que debió darse en la casa de su amada Fanny, la prima exquisita que lo había consolado en su viudez.

El huésped desconocido del salón era un barón alemán de unos treinta y cinco años, y su apostura rivalizaba con su sabiduría; era el único ser que podía eclipsar a Bolívar en aquella sala, porque tenía su elegancia y el brillo de la predestinación, aunque lo superaba en toda clase de conocimientos y no era inferior en la capacidad de expresarse con convicción y de subyugar al auditorio. Pero había algo más desconcertante, aquel alemán catorce años mayor que él sabía más de Venezuela y de la América hispánica que todos los hombres de su tiempo, y por supuesto infinitamente más que Bolívar.

Era Alejandro de Humboldt, y acababa de regresar de un viaje de cinco años que lo llevó por Venezuela y por Cuba, por la Nueva Granada, el reino de Quito y el virreinato del Perú; después había pasado un año entero en México, la Nueva España, y acababa de cruzar el territorio norteamericano y de conversar con los grandes hombres que habían logrado la Independencia de los Estados Unidos. Su llegada a Francia fue un acontecimiento: los salones se abrían para el viajero que acababa de descubrir un mundo. Al otro lado de la frontera Guillermo de Humboldt recibía las cartas de su hermano y las compartía con su círculo de amigos ilustrados. Goethe y Schiller seguían en un mapa las andanzas del joven, y a su llegada a París el propio Napoleón lo recibió con un banquete y quiso escuchar el relato de sus andanzas. También esto pudo alentar el sueño del emperador de apoderarse no sólo de España sino de sus posesiones al otro lado del Atlántico.

Pero más definitivo para la historia fue el encuentro de Humboldt con el muchacho caraqueño, y fue la versión de la América equinoccial que pregonaban sus labios lo que causó estupor en Bolívar. Él creía saber a qué mundo pertenecía, pero los ojos de Humboldt eran los ojos de la Ilustración y del Romanticismo; Hölderlin no habría hablado con más veneración, con más asombro, con un sentimiento más spinozista y panteísta de aquellas selvas pululantes de vida, de aquellos ríos donde los caimanes parecían bostezar mariposas, de aquellos árboles blancos de garzas, de aquella profusión de ramas llenas de alegres monos diminutos, de aquellas lianas que son serpientes, flores que son ranas venenosas, jaguares que son la corona de las selvas voraces.

Humboldt había visto en tres años más de lo que habían visto los españoles en tres siglos, porque combinaba la lucidez con la pasión, porque había sido capaz de amar a América en tanto que los otros sólo la habían codiciado, y acababa de ver con ojos casi espantados de maravilla un mundo virgen, un mundo exuberante, el milagro de la vida resuelto en millones de formas, en las flores más inverosímiles, en las selvas más interminables, en los ríos más indescriptibles, de modo que lo que Bolívar vio surgir ante él no fue la América maltratada por los españoles sino la América desconocida y desaprovechada por los propios americanos, el bravo mundo nuevo que sería su destino liberar de las cadenas del colonialismo y despertar al desafío de una nueva edad.

Bolívar soñaba con la emancipación pero no acababa de concebirla, y por eso tal vez el momento más tremendo de aquel encuentro fue cuando Humboldt, oyéndole exclamar que el Nuevo Mundo sólo podría cumplir su brillante destino si lograba sacudirse del yugo español, le aseguró al joven caraqueño, que estaba pensativo después de escucharlo, que las colonias americanas estaban en condiciones de independizarse. Después Humboldt, con el rostro resuelto y la mirada de quien lo ha visto todo, añadió, sin saber siquiera qué fuego estaba encendiendo con esa mirada: “Su país está maduro para la Independencia, pero yo francamente no veo quién podría encargarse de dirigir esa empresa”. No sabemos si esas fueron las palabras precisas que pronunció, en aquel aire lleno del fuego de la revolución y de la capacidad de pedir imposibles que despertaba el espíritu de Napoleón, pero el mensaje de Humboldt se quedó clavado sin duda en su carne como una espina irremediable, y desde aquel momento Bolívar ya sólo soñó con la libertad de su tierra, y empezó a acunar la esperanza de que sería él ese hombre que Humboldt reclamaba y que no creía haber encontrado. Bonpland, el compañero de viaje de Humboldt, que también estaba presente, pronunció entonces la sentencia del destino: “Las mismas revoluciones producen grandes hombres dignos de realizarlas”.
William Ospina
(1954, Padua, Tolima)
es poeta, ensayista y novelista colombiano. En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura. En 2005 publicó su primera novela Ursúa, y su novela El País de la Canela ganó el Premio Rómulo Gallegos. Ambas forman parte de una trilogía sobre los viajes al Amazonas durante el siglo XVI que completará La serpiente sin ojos, cuya publicación está prevista para el año 2011.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Septiembre 2010
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