El arte de la Independencia... y algunas reflexiones sobre lo heroico

2010 – Desenterrando los propios espejos...

Pared conmemorativa con fotos de innumerables “desaparecidos” Instalación en el Museo de la Memoria y Derechos Humanos, Santiago de Chile, inaugurado en 2010, Foto: Cristian Uribe 200 años de independencia dan pie a la preparación de un encuentro intercultural entre Iberoamérica y Alemania sobre el tema de la memoria femenina.



“Pasado que no ha sido amansado con palabras, no es memoria, es acechanza”, escribe Laura Restrepo, una de las más importantes escritoras colombianas, en su última novela, a la que, significativamente, ha dado el título de Demasiados héroes, donde analiza de manera crítica su propio pasado militante en la Argentina de la dictadura militar. “Necesito saber cómo fue”, insiste una y otra vez a su madre, en esta obra, un hijo adolescente, en un intento por poner claridad en torno a su padre, ausente desde que él tenía dos años y que ha pasado a la Historia como uno de los principales luchadores de la resistencia durante la dictadura militar en Argentina, pero que jamás ha sido una figura palpable como padre. Con el tono implacable del adolescente, el hijo obliga a la madre, en el transcurso de la novela, a desmontar sus propios moldes fijados de “bien y mal” y hacer que los héroes se conviertan en seres humanos.

Bogotá, marzo de 2010: empezar con la paz

En una entrevista concedida a principios de abril de 2010 en su apartamento de Bogotá, Restrepo describe cómo, a una distancia de más de tres décadas, quiso acercarse a los propios mitos y dogmas de la resistencia política no con gestos grandilocuentes, sino, una vez más, desde una perspectiva íntima y humana: “quise revivir lo que había sido mi experiencia en Argentina, pero desde la intimidad de las alcobas, porque creo que ahí se llevó a cabo el verdadero proceso de la lucha. Me interesaba contar la historia desde esa perspectiva, privada, anónima, y en buena medida desconocida”.

Interrogada sobre su visión del proceso de independencia de la Colombia de hoy, la autora hace referencia, entre otras cosas, a la última y visionaria frase de Salvador Allende, pronunciada poco antes de su muerte en el Palacio de la Moneda, y que según ella la ha acompañado, en su condición de intelectual políticamente activa, durante toda su vida: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”, y Restrepo precisa: “Yo creo que la historia la hacen los pueblos, no los héroes”. En el contexto de Colombia, considera que se necesita empezar urgentemente a reflexionar sobre la paz y la reconciliación, cuando a lo largo de estas últimas décadas prácticamente todos los valores políticos se han diluido entre los frentes de una violencia que resulta imposible de frenar.

Ana Teresa Bernal, la valiente directora de la organización colombiana Redepaz, que trabaja también para la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (Cnrr), me cuenta como el tema de la memoria ha sido para ella el paso más importante para poder iniciar el diálogo con las muchas víctimas de esa violencia: “En un país que no tiene memoria, puede pasar cualquier cosa, y en Colombia apenas se está empezando a construirse una memoria”. Al mismo tiempo, Bernal se pregunta cómo podría celebrarse a nivel nacional la supuesta independencia bicentenaria de Colombia, si antes habría que reflexionar una vez más sobre los valores democráticos fundamentales y la repartición justa de la Tierra: “Si queremos una nueva independencia y una sociedad democrática, los intereses privados no pueden seguir fortaleciéndose desplazando y destruyendo una mayoría de la población”.

Condenar la expulsión y el exterminio sistemáticos de la población de Colombia, en especial de los sectores indios y negros, es el propósito de Marta Rodríguez, la gran antropóloga y documentalista de Colombia, quien, desde hace casi cincuenta años, trabaja en los territorios más conflictivos de Colombia. Desde su primer filme, Chircales (1971), premiado internacionalmente, ha intentado invariablemente continuar desarrollando en territorio colombiano los métodos de la “observación participante” aprendidos a finales de los años sesenta en París con profesores como Levi-Strauss y Jean Rouch. De un modo impresionante, Marta Rodríguez nos cuenta cómo empezó a filmar en una época en la que, en Colombia, el término “documental” era todavía una palabra absolutamente desconocida; era una especialidad que no podía estudiarse ni encontraba apoyo institucional, y hasta su madre estaba convencida de que tendría que desheredarla ante notario, a fin de hacerla entrar de nuevo “en razón” (es decir, hacer que escogiera una profesión decente): “Las únicas herramientas que poseíamos eran: una cámara y una grabadora con las que se logró mostrar la poesía, la violencia y la explotación de nuestro pueblo”. Así describe sus comienzos. En la actualidad, define modestamente la obra de su vida como un ir “recogiendo memoria”. Con casi ochenta años, está trabajando en su último gran proyecto cinematográfico hasta el momento: Testigos de un etnocidio: Memoria de la Resistencia, una especie de legado de la historia de la resistencia colombiana: “Colombia ha tenido todo. Todo, para que se destruya”. Es por ello que “Ahora hay que empezar a construir la paz, que aprendamos a perdonar. El perdón cuesta mucho”.

Casi una gran metáfora de su país resulta, en este sentido, su retrato cinematográfico Soraya, amor no es olvido (2006), donde una mujer de piel negra, madre de cinco hijos, cuyo marido fue asesinado del modo más brutal por los paramilitares y que fue expulsada junto con su familia de su lugar de origen en Choco, se va construyendo, con sumo esfuerzo, una nueva existencia en un alojamiento masivo provisional situado en un estadio deportivo; esa mujer cierra la película con la profética frase: “Perdón sí, pero sin olvido”.

“Acá son las mujeres, que son las verdaderas heroínas de la lucha, esto es lo que tenemos que rescatar en estas fiestas que inventan, que son...  como de cartón, porque no miran quiénes son las verdaderas heroínas de este país”, explica Marta Rodríguez al ser preguntada sobre el tema del Bicentenario colombiano.

Me encuentro en Colombia, mi segunda estación entre Chile, México y Argentina en el viaje que he emprendido, con el apoyo económico del Instituto Goethe, para preparar un proyecto interdisciplinario iniciado en colaboración con la Sociedad de Teatro y Medios de Latinoamérica y su fundadora Hedda Kage, con motivo de las festividades del Bicentenario latinoamericano. En este marco estoy preparando una galería de videos con diez entrevistas cada uno, en las que destacadas artistas e intelectuales de los cuatro países que celebran este año el Bicentenario son interrogadas acerca de su interpretación personal de la historia, en un intento por echar una ojeada tras la desfruncida superficie de la historiografía nacionalista: en lugar de la historia de la recepción “heroica” de Latinoamérica, la cual sigue siendo un ámbito marcado fundamentalmente por ídolos masculinos, la idea es mostrar un coro polifónico de voces críticas y creativas femeninas, de las cuales cada una, por separado, ha venido reescribiendo a su manera la historia de su país y, en la práctica, ha contribuido a reconformarla y a reinventarla. Además de la ya mencionada video-galería, hemos planeado presentar una instalación interactiva de cuatro espacios escénicos de la memoria que serán concebidos con un carácter interdisciplinario por mujeres representantes de la joven generación de artistas del teatro, la performance, las artes plásticas y el video de los países mencionados.

A fin de ofrecer un panorama del variado lenguaje cinematográfico de Iberoamérica, donde se han realizado decisivos aportes a la memoria colectiva de los respectivos países en los ámbitos fronterizos de la antropología, la sociología y el periodismo, está previsto un festival de cine con importantes realizadoras de la cinematografía contemporánea de América Latina. En este sentido, pensamos, por ejemplo, en la excelente película Señorita extraviada (2001), de Lourdes Portillo, que sigue la historia de más de trescientas cincuenta mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y pone al descubierto una red de complicidades tras esos asesinatos brutales que han tenido lugar en la frontera mexicana. En Chile, Carmen Castillo ha creado, con su película autobiográfica Calle Santa Fe (2006), un angustioso testimonio sobre el tiempo que pasó en la clandestinidad durante la dictadura de Pinochet y sobre su arresto en su casa de la calle Santa Fe. De Colombia queremos presentar, entre otros, el filme de Ana Cristina Monroy Mujeres no contadas (2005), un documental que describe el destino de dieciséis ex guerrilleras, las cuales, aún después de varios años del acuerdo de paz, no se pueden mostrar en público, aunque entretanto ya todas viven en un estatus legal. En Mujeres no contadas, la realizadora intenta recuperar para la opinión pública esa memoria borrada de la historia de Colombia. De Argentina, está previsto, entre otros, el extraordinario documental experimental de Albertina Carri Los rubios (2003), que describe las dificultades de la hija de uno de los incontables “desparecidos” argentinos de los años setenta para forjarse una identidad propia a partir de la destrucción de toda una generación.

Con esta mirada a espejos tan disímiles intentamos –en el contexto de una “Independencia” de América Latina postulada como tal– seguir la pista a cuestionamientos fundamentales: por ejemplo, cómo se ha desarrollado de modos distintos el proceso de emancipación de Europa en Argentina, México, Chile y Colombia; qué significa el proceso histórico propio para la generación actual; cómo se articula éste en cada uno de los países en una observación y una escritura de la historia específicamente “femenina” y se distingue de la historiografía oficial (masculina); qué formas de expresión artística y de lenguaje (alternativos) se encuentran; y, finalmente: cómo se percibe a Europa en la actualidad en América Latina y se aborda el tema.

Santiago, enero de 2010: ¿otro Chile?

Domingo de elecciones: sondeo la atmósfera en el Estadio Nacional, ese sitio tan cargado de historia, y que esta vez ha sido adjudicado a las mujeres de Santiago como local electoral principal, hablo, entre otras, con seis hermanas de entre dieciocho y cincuenta años: “Los hombres van y vienen, las que se quedan y que siempre sacan todo adelante son las mujeres”, es el lema casi unánime cuando se les pregunta sobre su situación como mujeres en el Chile de hoy. Su valoración me recuerda el bien acogido estudio socio-antropológico Madres y huachos, de Sonia Montecino, que analiza el fenómeno mental y moral de la “ausencia del padre” en la población latinoamericana. El diálogo con esta interesante antropóloga chilena y especialista en estudios de género ha de ser pospuesto para mi próxima visita, ya que Montecino está de viaje; en su lugar, visito el Museo de la Memoria tan sólo una semana después de ser inaugurado en Santiago.

“No podemos cambiar nuestro pasado. Sólo nos queda aprender de lo vivido. Esto es nuestra responsabilidad y nuestro desafío”, señaló Michelle Bachelet en la inauguración de este museo que, al cierre de sus cuatro años de mandato, ha de ser valorado, sin duda, como uno de los gestos políticos más importantes para con el pasado más reciente de Chile. Marcia Scantlebury describe como “estas cosas extrañas de la vida”, la circunstancia de que haya sido precisamente ella la que recibiera la misión, por parte de Bachelet, de ser la curadora de este primer monumento de la memoria nacional sobre la dictadura militar, ya que ella misma es una de sus más prominentes víctimas.

A la pregunta sobre su manera de proceder, Scantlebury nos cuenta cómo lo primero que hizo fue recorrer todo el país para interrogar a la población chilena acerca de sus expectativas sobre este museo: “Este museo fue construido con miles de voces. Para construirlo, lo que había que hacer era: escuchar”. El resultado, en la actualidad, según Scantlebury, es un testimonio irrefutable de “otro Chile”, “un Chile inesperado, un Chile que crece, un Chile que nos deja perplejos” y que está viviendo un cambio de época; según ella, el ejemplo más tangible es la propia presidenta Bachelet, la primera presidenta de América Latina madre divorciada, socialista e hija de una víctima del golpe de Estado (todos hechos que siguen siendo tabúes para una buena parte de la población chilena) y que ha dejado el cargo como una nueva figura de identificación nacional con el más alto índice de aceptación por parte de la población.

Buenos Aires, abril de 2010: en lugar de celebraciones...

Resulta singular que, también en Argentina, sea una mujer y una doble víctima de la dictadura militar, María Teresa Carreaga, la directora del Instituto Espacio para la Memoria (que funciona en Buenos Aires desde el año 2006). A los dieciséis años, con tres meses de embarazo, fue secuestrada y torturada en el tristemente célebre centro de detención esma. Su madre, una de las fundadoras del movimiento Mujeres de Plaza de Mayo, siguió en la resistencia junto con las demás madres después de la liberación y el exilio de su hija, lo cual le costó la vida en el año 1978. Carreaga describe que, en la actualidad, el Instituto significa para ella sobre todo el desafío de un sitio de la memoria dinámica, un centro que incluye al presente y que, con motivo del Bicentenario, recuerda lo que queda aún por hacer en Argentina sobre el tema de la memoria: “lo que nosotros planteamos es más que festejo: hay que hablar de qué en función de lucha todavía queda pendiente”.

Ciudad de México, junio de 2010: fragmentos de la memoria

Durante la preparación para las conversaciones en México con Elena Poniatovska, la incansable cronista poética de su país; con la inquebrantable y pronto octogenaria activista política Rosario Ibarra; con la actriz Ofelia Medina, comprometida en favor del movimiento Zapatista en México, y con Lidia Cacho, autora, entre otras obras, de Demonios del Edén, que hace algunos años desató uno de los mayores escándalos políticos sobre la célebre participación de México en la red de pornografía internacional (lo cual le trajo a Cacho un proceso judicial que causó gran revuelo, la tortura y la cárcel), no tengo más remedio que pensar otra vez en la vivencia de Ana Teresa Bernal en los comienzos de su labor de reconciliación con las víctimas, cuando un campesino colombiano le explicó que la “verdad” que ha de conocerse tras todas las masacres es siempre como un “espejo roto”, sólo es posible reunir los muchos fragmentos y empezar a juntarlos.

En ese sentido, nuestra iniciativa de un evento que busca y celebra la mirada femenina en el contexto del Bicentenario, conjuntamente con la Sociedad de Teatro y Medios de Latinoamérica, que desde hace más de veinte años se ha dedicado al intercambio y diálogo cultural entre Latinoamérica y Alemania, sólo puede intentar, lejos de pretender abarcar la totalidad, presentar un caleidoscopio lo más diferenciado posible que refleje las complejas posibilidades de diálogo surgidas durante este prolongado proceso de independencia en Latinoamérica en relación con una (otra) memoria y cómo ello se vive y plantea críticamente en la actualidad.
Cordelia Dvorák
es directora teatral y cinematográfica y directora artística de la Compañía Miranda. Enseña en la Universidad del Claustro de Sor Juana de Ciudad de México. Desde el año 2001 vive preferentemente en Ciudad de México.

Traducción del alemán: José Aníbal Campos
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Septiembre 2010
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