El arte de la Independencia... y algunas reflexiones sobre lo heroico

“El poder y el narco caminan de manera paralela, se buscan, se atraen”

Teresa Margolles (México, 1963) “¿De qué otra cosa podríamos hablar?” 53ª Bienal de Venecia, Italia, Palazzo Rota Ivancich, 2009, Foto y © Ulrike Prinz Acerca de la novela del narcotráfico en México.

Violencia e impunidad: el Estado frente al crimen organizado

En México, el año 2010 comenzó como había terminado el anterior. La crisis financiera y económica mundial, potenciada por la caída más drástica de la producción petrolera en la historia del país y la baja del turismo a causa de la gripe porcina, había precipitado el país a la recesión más grave en décadas, con un desplome de su producto interno bruto del 6,5 %, que afectó ante todo a los que ya viven en condiciones reales de pobreza: 50 millones de mexicanos, o sea, casi la mitad de la población total. A la crisis económica se sumaba una aguda crisis política, desencadenada por la violencia generalizada en el país y el estado de corrupción e impunidad que impera en todos los niveles de la sociedad. Y mientras que en vísperas de las fiestas navideñas la capital podía jactarse de tener el árbol de Navidad más grande del mundo (lo que les valió a los mexicanos la entrada en el Libro Guinness de los récords), mientras que el tenor español Plácido Domingo, nombrado “huésped distinguido” de Ciudad de México, ofreció un recital de homenaje en el Ángel de la Independencia (al que acudieron, según las autoridades capitalinas, unas 200.000 personas), el gobierno federal se veía enfrentado a una crisis de legitimidad y voces de alarma advertían, ante la ola de ejecuciones perpetradas por el crimen organizado, que México llevaba camino de convertirse en un “Estado fallido”, sin poder efectivo para imponer su monopolio en el uso de la fuerza y garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Cuando el 1 de diciembre de 2006 Felipe Calderón asumió la presidencia del país, se apresuró en declarar la “guerra” al narcotráfico, desplegando el Ejército por los estados más afectados. Pero esta estrategia no surgió efecto, al contrario: la militarización del país provocó un recrudecimiento de la lucha sangrienta entre los diversos cárteles que se disputan sus territorios a tiros; y los militares, de ninguna manera a salvo del poder corruptor del narcotráfico, se han mostrado ellos mismos propensos a acciones violentas contra la población civil. A finales de 2009, Felipe Calderón terminó la primera mitad de su sexenio con un saldo (según cálculos oficiales) de unas 17.000 muertes relacionadas con el crimen organizado; y en los primeros tres meses de 2010 se contaron ya más de 2.800 ejecuciones.

Rabia e indignación surgieron a raíz de una masacre perpetrada a finales de enero en Ciudad Juárez, cuando durante una fiesta fueron acribillados por una veintena de sicarios 16 jóvenes, la mayoría de ellos estudiantes menores de 18 años, que en unas primeras declaraciones del presidente fueron acusados de estar relacionados con alguna banda del narcotráfico. Cuando días después Felipe Calderón viajó a la frontera para presentar sus disculpas y anunciar medidas especiales de seguridad, se vio enfrentado con protestas masivas por parte de amplios sectores de la sociedad civil, que exigieron, y siguen exigiendo, la vuelta de los militares a los cuarteles. La solución no sería intensificar la militarización de la región sino agilizar programas sociales para contrarrestar el grave deterioro social, que constituye la verdadera causa del auge del narcotráfico, ya que afecta de manera particular a los jóvenes, faltos de formación, autoestima y perspectivas, y tentados por el “dinero fácil” que les permite “ser alguien”.

La inmensa popularidad de los “narcocorridos”, que celebran las proezas de unos narcos muy machos, valientes y cumplidores, ha contribuido a que el narcotráfico sea admitido, por muchos de estos jóvenes, como alternativa a la pobreza y marginalización. Por otro lado, el crimen organizado ha adquirido en el imaginario colectivo una fuerte carga de miedo y angustia ante el terror desatado por las bandas en conflicto, un terror que es alentado no sólo por el número de ejecuciones diarias, sino también por la crueldad y saña con que éstas son realizadas, con los cuerpos torturados y mutilados, tirados –en no pocas ocasiones con la cabeza cortada– en algún basurero o soterrados en cementerios clandestinos, descubiertos por casualidad. Lo impactante de estos hallazgos no ha dejado de impresionar la imaginación de novelistas, que se apoderaron del tema, creando lo que se puede denominar la “novela del narcotráfico” o narconovela, género que para muchos sería literatura light, pese a que no pocas obras de entre las más de 30 que se han podido rastrear tienen una calidad literaria nada envidiable con respecto a otras consagradas por la crítica.

La “cultura de la violencia” y las reglas del juego

La narconovela nace en el norte, en aquellas regiones que, como el estado de Sinaloa con Culiacán y Mazatlán, tienen una larga tradición del cultivo de la marihuana y de la amapola, y aquellos lugares en la frontera con Estados Unidos que, como Tijuana, Mexicali y Ciudad Juárez, disponen de una excelente infraestructura por efecto de una larga tradición de contrabando. La mayoría de los autores nacieron y/o residen en la región: Gabriel Muñoz Trujillo, por ejemplo, escribe desde Mexicali, Élmer Mendoza y Leónidas Alfaro Bedolla desde Culiacán, mientras que Juan José Rodríguez vive y trabaja en Mazatlán. Muchos de los episodios narrados tienen un trasfondo real; y como el crimen organizado ha diversificado sus actividades, amén del tráfico de drogas hacia Estados Unidos, la acción violenta incluye también otros negocios ilícitos, como la extorsión y el secuestro o levantón, el tráfico de armas desde Estados Unidos y el tráfico de indocumentados hacia Estados Unidos. A pesar de que cada autor tenga, en cuanto a los ingredientes de la trama, sus preferencias, aparece en todas las novelas un conjunto de figuras recurrentes: por un lado, los elementos notorios del crimen organizado, entre ellos guardaespaldas o guaruras y sicarios –con el atuendo habitual de la camisa Versace, cadenas y medallas de oro, y un Rolex–, junto con los capos, los meros meros del narcotráfico globalizado; por otro lado, los judiciales, procuradores y jueces, generalmente corruptos, junto con empresarios y políticos de las altas esferas del poder, igual de corruptos que los cuerpos de seguridad, tolerando y hasta “cuidando” las actividades de las bandas criminales.

Algunas novelas cuya trama descansa en una investigación criminal introducen la figura de un protagonista-detective, que tiene mucho en común con el Philip Marlowe de Raymond Chandler o su equivalente “mexicani-zado”, el detective privado Héctor Belascoarán Shayne de las novelas policíacas populares de Paco Ignacio Taibo II. Éste es el caso de varias novelas cortas publicadas por Gabriel Trujillo Muñoz, donde las investigaciones son llevadas a cabo por un abogado, especialista en derechos humanos: un personaje solitario, también él un idealista escéptico pero obstinado, que a pesar de las frustraciones experimentadas conserva sus preceptos éticos inquebrantables, “un hombre de convicciones en un país de convictos”. De modo análogo se proyecta el periodista-investigador en la novela Sicario. Diario del diablo, de Víctor Ronquillo, que se empeña “con la vocación del plomero, quien destapa cloacas para que el horror llegue a desvanecerse con un poco de aire fresco y luz”.

Menos ambiciosos en descubrir a los culpables –y no siempre dotados de una conciencia ética que los inmunice contra el poder corruptor de los capos– son los agentes judiciales que llevan la investigación criminal en tres novelas, las cuales captan el interés por el dinamismo de la trama, que se desarrolla en un ambiente de extrema violencia, pero también por la manera sugestiva en que se retrata esa “cultura de la violencia”, que impregna la base misma de la sociedad. En Balas de plata,de Élmer Mendoza, donde la acción arranca del asesinato (con una bala de plata) de un asesor jurídico bisexual, tanto el crimen inicial como los asesinatos que se producen como consecuencia del primero son resueltos por el agente judicial, que se empeña en su investigación como profesional honesto, pero que no vacila en entregar los convictos a los narcos, los cuales se encargan de su ejecución. Ni la trama algo caótica ni el héroe-protagonista poco perspicaz son los elementos que distinguen esa novela premiada y alabada por la crítica; lo que sí fascina –amén de la recreación sugestiva del habla culiche– es la manera en que se entra de lleno en el universo de los grandes capos del narcotráfico, cuyo representante, delineado por el autor con cierta ambigüedad, corresponde a la imagen (enraizada en el ideario popular) del patriarca benéfico, imagen que se han amañado tanto en México como en otros países muchos jefes de los grandes cárteles, presumiendo de cumplir con su “responsabilidad social”.

Para las novelas La lejanía del desierto,de Julián Andrade Jardí, y Mi nombre es Casablanca, de Juan José Rodríguez, vale lo dicho en referencia a la novela de Mendoza: los casos investigados y las tramas que se desarrollan para aclararlos no son exactamente los elementos de mayor interés, sino lo que está detrás de ello. En la novela de Andrade Jardí se retrata de modo muy sugerente la simbiosis entre el crimen organizado y la esfera política, como resumiendo reflexiona el narrador: “El poder y el narco caminan de manera paralela, se buscan, se atraen. Ambos se necesitan; la cobertura y el dinero juegan un papel gemelo en una espiral interminable, indestructible”. ¿Por qué entonces –se pregunta el protagonista (y narrador) en la novela de Juan José Rodríguez– dárselas de listo y arriesgar la propia vida? En esta obra, que carece del maniqueísmo tan frecuente en las narconovelas, no hay ni del todo malos ni del todo buenos, de modo que la ética profesional del agente judicial es, cuando menos, cuestionable, pero prueba de su sinceridad e inteligencia: “Todos éramos personajes de una historia de pistoleros sanguinarios que no le pedían nada al mundo del salvaje oeste. Y yo no tenía ánimos para asumir el dudoso papel de sheriff del condado, honrado e incorruptible, en un lugar del desierto donde nadie iba a darme las gracias”.

El protagonismo de los “pinches fabricantes de muertos en serie”

Las novelas mencionadas reflejan las reglas del juego desde la perspectiva de una autoridad que, al menos en principio, está del lado de la ley. Otras novelas, la mayoría, enfocan a los mismos criminales: los “pinches fabricantes de muertos en serie”, como los caracteriza el abogado-detective de Trujillo Muñoz (en homenaje a la famosa novela negra El complot mongol,de Rafael Bernal). Entran elementos del folclore narco: en La maldición de Malverde, de Leónidas Alfaro Bedolla, el personaje legendario de Jesús Malverde, bandido al estilo de Robin Hood y santo protector de los narcos de Sinaloa, al que se agradecen favores recibidos y favores por recibir; o en La Santa Muerte,de Homero Aridjis, el culto satánico de Nuestra Señora la Santa Muerte, figura que representa “el poder violento, la agresión artera y el asesinato cruel”. El grado de violencia desplegada a lo largo de la narración puede muy bien variar. En la novela Tierra Blanca,de Leónidas Alfaro Bedolla, que relata el ascenso de un joven a jefe de una red de narcotraficantes, comprometidos en el cultivo de amapola y marihuana en la Sierra Madre Occidental, son raros los momentos de violencia ejercida de modo directo, centrándose el autor en la psicología del protagonista, quien se vuelve delincuente a pesar suyo, “pues conservar la dignidad y la vergüenza se le habían convertido en un lujo caro”. Más violentas y más dinámicas, pero también más entretenidas resultan ser las novelas Tiempo de alacranes,de Bernardo Fernández “BEF”, y Juan Justino Judicial,de Gerardo Cornejo M., novelas que en cierto sentido pueden ser consideradas como paradigmáticas para el género de la narconovela “dura”.

En Tiempo de alacranes reina el puro caos: en la narración, suscitado por la multiplicación de voces y perspectivas, y en la trama, provocado por la aparición de una multitud de personajes –entre ellos un capo del crimen organizado, que dirige sus negocios y despacha sus muertos desde su celda en un penal de alta seguridad–, y una acción ágil y agitada, que después de una fuga accidentada del protagonista-sicario termina en una balacera, que resulta ser un showdown escenificado de modo carnavalesco. Realmente divertida –a pesar de su fuerte carga de violencia y de muerte– es la novela de Gerardo Cornejo M., una especie de Bildungsroman al estilo picaresco, que relata la vida del judicial Juan Justino, apodado “Teniente Castro” por sus habilidades para el interrogatorio de sospechosos, o sea, su particular disposición para la castración. A pesar de la repugnancia que puedan provocar los detalles morbosos con los que Juan Justino se jacta de sus facultades, el personaje puede inspirar compasión y hasta simpatía, por ejemplo cuando explica el motivo para convertirse de campesino pobre en verdugo del narcotráfico, que fue el “de significar algo en aquella pelea de bestias para la que uno ya viene condenado desde que se despierta en este mundo”; o cuando, nada tonto, valora el sistema imperante y su propia posición en esa guerra que siembra cadáveres por doquier, concluyendo “que el delito no es ser narco sino narco chico [y] el desprestigio no es ser judicial sino judicial menor”. Y Juan Justino tiene también su lado trágico, pues nació chiclancito, o sea, que le falta la mitad de su “varonía”, de lo que resultan “una preocupación grave y un odio de los que se empozan para siempre”. Al final de su vida –morirá a consecuencia de su autocastración, emprendida para sanarse de un cáncer en su único testículo– sólo vive con un anhelo: contrariado por lo que se cuenta y canta acerca de sus actos en un corrido muy difundido, desea “limpiar su fama” con ayuda de un componedor, a quien encarga otro corrido, que legará a la posteridad una imagen de profesional digno de admiración. Y resaltando la enseñanza moral al uso de los corridos, el componedor termina el suyocon el siguiente remate: “Ya con ésta me voy yendo / y digo muy convencido / que si uno nace incompleto / hay que darse por servido / y no envidiarle a los otros / lo que les fue concedido”.


Teresa Margolles – ¿De qué otra cosa podríamos hablar?

Teresa Margolles (México, 1963) “¿De qué otra cosa podríamos hablar?” 53ª Bienal de Venecia, Italia, Palazzo Rota Ivancich, 2009, Foto y © Ulrike Prinz
“¿De qué otra cosa podríamos hablar?”, preguntaba la artista mexicana de arte conceptual Teresa Margolles con ocasión de la 53ª Bienal de Arte de Venecia de 2009, año en que sólo en México la droga se cobró más de 7.000 vidas. En el Pabellón Mexicano, en el Palazzo Rota Ivancich, situado fuera del ámbito de los Giardini, colgaban grandes telas de lino bañadas en sangre.
Algunas presentaban bordadas en hilo de oro las amenazas que dejan en sus víctimas los miembros de los cárteles para los deudos. A indicación de Margolles, una vez al día familiares de los asesinados fregaban el suelo de las salas expositivas con sangre diluida en agua. El repetitivo ritual purificatorio estaba escenificado a modo de trabajo sisífico. El contraste entre los salones venecianos decorados con estucos y las telas impregnadas de sangre y fluidos traía a colación y denunciaba las implicaciones de las ricas sociedades occidentales en las guerras de la droga de México.
Frauke Gewecke
es profesora (emérita) de Literaturas Románicas de la Universidad de Heidelberg; sus campos de investigación son las culturas de Latinoamérica, en particular el Caribe y México, así como los latinos en Estados Unidos. Entre sus libros figuran Wie die neue Welt in die alte kam (1986), Puerto Rico zwischen beiden Amerika (1998), Christoph Kolumbus (2006) y Die Karibik. Zur Geschichte, Politik und Kultur einer Region (2007).

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Septiembre 2010

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