Retórica de la crisis

Sobre Humboldt

Humboldt promueve y ayuda a forjar el intercambio cultural entre Alemania y Latinoamérica, así como España y Portugal. En ella hacen uso de la palabra autores de las lenguas española, portuguesa y alemana, junto a otras voces del ámbito internacional. Humboldt aborda debates actuales sobre temas muy diversos de la vida cultural e intelectual a ambos lados del Atlántico.

Economía creativa

La clase C.Hoteles creativos, barrios creativos, días creativos y delegados de lo creativo: Berlín se concibe a sí misma como el laboratorio del futuro de una economía nueva basada en el conocimiento.

Al hablar de su hotel proyectado en Berlín, Alexander Dürr nombra mucho la palabra “acentos”. Se ha marcado un acento con el estudio musical integrado, situado sobre los tejados de Berlín, otro con la conexión W-Lan e iPod de las 304 habitaciones, y naturalmente con el servicio de guitarra en cada una de ellas. Es lo que Dürr llama “tocar el tema musical”, y añade, “los contenidos los pone la ciudad”: música, arte y moda, impulsada por un ambiente muy animado.

Es un hotel que se inauguró para la “clase creativa” en el área urbana del antiguo puerto a finales del pasado noviembre. Ya el propio nombre (nhow) indica competencia en la explotación de los recursos ideales. Dürr explica que la decisión de una metrópolis como Berlín fue “consciente, ya que el ritmo de esta ciudad viene determinado por la creatividad, las ganas de transformación y la fuerte atracción que ejerce en artistas internacionales”. Por cierto, el hecho de que esta clara confesión empresarial se hiciera entre sacos de cemento y lonas de plástico ondeantes, a tres semanas vista de la inauguración, no está exento de simbolismo.

El futuro creativo se asemeja a un terreno en obras en el que convergen diferentes intereses: la inversión de riesgo se encuentra con la política local; el marketing urbano con el espíritu empresarial turístico; el potencial artístico con la codicia del moderno capitalismo de la cultura y el entretenimiento. El actual alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, hace campaña para convertir la capital en una “dirección de referencia para los creativos del mundo”. Si bien no es Berlín la única ciudad que sueña con un futuro brillante bajo el signo de economías novedosas, basadas en el conocimiento y la creatividad. Tanto si se mira a Fráncfort del Meno, a Hamburgo, Leipzig o a Oberhausen… en todos aquellos lugares en los que ha caído la industria tradicional existen iniciativas parecidas y todos pronuncian a modo de conjuro la palabra “creatividad”. “Economía creativa” es uno de esos conceptos vagos y “efervescentes” de la innovación que a su paso por gremios y grupos de presión genera un tipo de realidad propia. ¿Pero cómo se puede convertir el trabajo artístico realmente en creación de valor? ¿Y qué es exactamente la clase creativa?

Quien emprenda su búsqueda por Berlín, la ciudad con el porcentaje más alto de profesionales creativos de toda Alemania, se dará cuenta enseguida de que el espíritu de lo creativo no conoce una única forma de existencia: sopla donde quiere y es, en consecuencia, difícil de atrapar. También el propio concepto de clase creativa es muy impreciso. La “clase creativa”, mencionada por primera vez por el sociólogo estadounidense Richard Florida, no constituye ni un estrato homogéneo ni una clase social en el sentido marxista clásico, sino que se diluye en una multitud de ambientes y subambientes. En algunos casos aislados presenta éxitos empresariales constatables. En sus márgenes inferiores su rastro se pierde en plantas creativas, despachos en patios interiores, así como pequeñas galerías con contratos de subarrendamiento. Sin embargo, en la opinión de Florida, son precisamente los pequeños actores del mundillo los que tienen futuro: son ellos los que prueban procedimientos con potencial empresarial que, con el tiempo, pueden llegar a ser relevantes desde el punto de vista económico. Por decirlo de una manera más provocadora y abreviada: los pasotas de hoy son los capitalistas del mañana.

Cuando Anna Franke repasa su trayectoria profesional, a veces pierde el sentido de la medida. Por un lado todo le ha ido bastante bien: al terminar sus estudios de diseño de moda decidió hacerse autónoma. Junto con otros recién licenciados y media docena de jóvenes arquitectos, alquiló un taller muy grande y poco costoso en el barrio berlinés de Prenzlauerberg. Poco después creó su propia marca: Majaco. En los años que siguieron a la delirante década de 1990, todo parecía posible. Anna Franke trabajaba por las noches en un club ilegal, el legendario y hoy desaparecido Rio de Chausseestraße, donde servía cervezas y copas a la gente más hip, a estudiantes y proyectistas aficionados, mientras en su pequeño escenario actuaba el ahora ya mundialmente famoso grupo Peaches. Por el día, diseñaba moda y desarrollaba un plan empresarial.

“El paseo del castin” berlinés

Hoy Anna Franke, una treintañera de cabello largo y moreno, está sentada ante su propia tienda en la plaza Zionskirchplatz y entorna los ojos por el sol otoñal. En realidad es una dirección extraordinaria: a sólo unos pocos metros desfilan multitudes de turistas jóvenes por la Kastanienallee, la famosa avenida de Berlín, llamada irónicamente por los autóctonos “el paseo del castin”. También tiene ventajas ser la propia jefa; nadie le dice lo que tiene que hacer ni cuándo debe hacerlo. Por otro lado, el balance es algo sombrío. A pesar de la buena prensa, de las presentaciones en ferias de moda extranjeras, no entra mucho dinero. “Nos da para ir devolviendo el crédito de apertura de negocio, pero no nos vamos a hacer ricas”, cuenta Franke, refiriéndose también a una compañera con la que dirige la tienda y la marca. Completa su sueldo trabajando en bares, actualmente en King Size, donde la cerveza cuesta dos euros más que antes en el Rio. Al menos allí está entre amigos, puede establecer una red de contactos, detectar y divulgar las nuevas tendencias. El trabajo es ocio y el ocio, trabajo.

El bar King Size, situado en la Friedrich-straße, es uno de esos lugares en los que el espíritu de éxtasis de los años noventa del siglo XX originó una novedosa cultura de lo informal y de la cooperación, en cuyo seno los compañeros de armas simpatizan y compiten al mismo tiempo; cultura en la que se han diluido además los límites entre los trabajillos para mantenerse y la hora de salida hasta hacerse irreconocibles. Especialmente los miércoles –en la “noche de los artistas”– el ambiente dominante recuerda vagamente a la antiestética de los antiguos clubs ilegales: las paredes no están revocadas, el mobiliario parece proceder de viejos bares de barrio, pero, sobre todo, las mujeres y los hombres que se amontonan ante la barra de Anna Franke son casi exclusivamente creativos. Ganan dinero ejerciendo de artistas, galeristas o arquitectos, se desempeñan de periodistas autónomos en revistas de Internet, dirigen pequeñas discográficas o agencias de relaciones públicas. Es como si los clientes, asiduos al ambiente de la noche berlinesa, tuvieran que confirmar mediante su presencia que forman parte de la gran red de personas bien informadas.

Bastian Lange denomina a gente como Anna Franke culturepreneurs (empresarios culturales), haciendo referencia a la caída de la frontera entre cultura y economía: el culturepreneur es un empresario de sí mismo, cuyo saber obtenido por la noche representa por el día un recurso capitalizable. El término fue acuñado en 1999 por los investigadores sociales británicos Anthony Davis y Simon Ford. Lange ha refinado el instrumentario y lo ha aplicado a las circunstancias berlinesas, consciente de forma pragmática de “que es necesario buscar nuevas soluciones en la esfera de los actores sociales”. Su interés se centra en modos de trabajo colaborativos y temporales, que posibilitan a sus participantes trabajar a veces de manera rentable y otras de manera experimental. “Se le podría llamar la lógica del punto de apoyo y el punto de juego”, explica mientras resplandecen en la penumbra pantallas de ordenadores.

Trabajo de campo entre empresarios culturales

Nos encontramos en St. Oberholz, esa cafetería del barrio Berlin-Mitte que en muy poco tiempo ha dejado de ser símbolo de modernización para limitarse a ser cliché, y cuyos clientes, siempre delante de un portátil, provocan a los observadores una profunda sensación de extrañeza. No obstante, a Lange, investigador urbano del Leibniz-Institut für Länderkunde (Instituto Leibniz de Geografía Regional) de la ciudad de Leipzig, y él mismo una especie de empresario científico en su papel de asesor autónomo en asuntos de economía creativa, le sigue gustando realizar allí su trabajo de campo. Por un lado, “es un poco absurdo que se utilice un lugar comunicativo para no hablar entre sí sino con personas ausentes”. Y sin embargo, no se trata en ningún caso de tiempo desperdiciado. Se actúa en diferentes canales, se maniobra con diferentes grados de intensidad y formatos de presencia. Por ejemplo, según Lange, a través de Facebook tiene lugar una compleja gestión de reputación: en una esfera aparentemente informal, las informaciones circulan sin parar. El que sabe interpretar los signos puede establecer ahí los contactos necesarios para su próximo proyecto.

En su estudio sobre Los espacios de la escena creativa, Lange ha formalizado científicamente lo informal. Su conclusión es que, debido a sus bajos alquileres, Berlín ofrece un marco institucional “para la introducción, tramitación y valorización de productos inmateriales”. Berlín es un laboratorio en el que se prueban los modos de producción futuros en cuanto a su idoneidad para convertirse en seriales. A Lange no le produce ningún quebradero de cabeza que los protagonistas de este test permanente, en cuanto empresarios culturales, piensen irremediablemente en términos de mercado: en su opinión, el arte y la economía siempre han estado hermanados, sólo que en Alemania durante mucho tiempo no se ha querido admitir este hecho.

La imagen de los artistas que traza Bastian Lange es radical y carente de toda ilusión. El halo trascendente del arte que envolvía las acciones subversivas de las vanguardias se ha desapasionado al desplazarse hacia su faceta comercial: mientras que la vieja bohemia se autodefinía declarándole la guerra a la burguesía con afán de lucro, el empresario cultural moderno ha aprendido con éxito a descartar cualquier pensamiento sobre el arte más allá de su condición de mercancía. A cambio, ya no se mueve al margen de la sociedad sino en su centro mismo, suministrándole productos simbólicos: el vanguardista como creativo proveedor de servicios. Lange no oculta que este cambio histórico también tiene sus sombras: en la medida en que el yo se organiza en función de un enfoque económico, el Estado se repliega de su responsabilidad. El giro hacia el empresario cultural significa una furtiva despedida de la responsabilidad social.

Pero también la imagen de la ciudad se ha transformado esencialmente en el transcurso de apenas dos décadas. Berlín era antes la ciudad de los objetores de conciencia históricos y de los autodenominados derrochadores de la juventud que encontraban asilo junto al protector Muro. “Economía berlinesa” significaba llevar una existencia a la sombra, que pasaba bastante desapercibida al resto del país. Sin embargo, fue precisamente esta posición periférica la que acabó por ofrecer las mejores condiciones para la transformación de biotopo a laboratorio experimental. “Lo que sucede actualmente es una mezcla de concurso de talentos y política de codos neoliberal”, constata Lange sonriendo como si se tratara de un daño colateral inevitable. El trabajo del futuro no perderá ese curioso doble carácter: pertenecer a la vanguardia significa por un lado ganar en autonomía, pero ay de aquel que no esté en evolución permanente.

Ideas florecientes

Hasta hace poco, quien ascendía a la superficie en la estación de metro Moritzplatz se encontraba, limitando con el antiguo Kreuzberg, con un terreno urbano baldío, una tierra de nadie de las que en otras ciudades sólo se localizan a las afueras. A la izquierda, un roñoso mercadillo delante de un muro cortafuegos; a su lado, un taller de coches; enfrente, los restos del antiguo paso fronterizo en la calle Heinrich-Heine: ahí fue donde se abrazaron en 1989 los berlineses del este y del oeste haciendo colapsar todo el sistema. Entretanto, en el mismo lugar abundan los supermercados y personas con bolsas colgadas caminan en pequeños grupos desde la estación recorriendo la poco vistosa Prinzessinnen-straße. Su objetivo es la Betahaus, un edificio funcional de los años sesenta que estuvo vacío mucho tiempo, pero hoy alberga tres plantas creativas de lo más variado. “Somos gente bien diversa”, dice Madeleine von Mohl, una veinteañera, segura de sí misma, vestida con vaqueros y botas.

Madeleine von Mohl está acostumbrada a mostrar el edificio a los visitantes. En el año transcurrido desde que creó el proyecto en colaboración con amigos abogados y economistas, ha habido un gran trasiego. Grandes compañías como Daimler o SAP mandan a sus representantes, los inversores llaman a la puerta. Y hay mucho que ver. Directamente en la planta baja, un café enorme, visitado por una población con portátil. Por encima de éste hay tres co-working spaces: pisos de fábrica con largas filas de mesas regidas por el sistema de fixdesking o flexdesking, es decir: se alquila un escritorio fijo o uno temporal. Los que estén muy tensos se pueden regenerar en el salón de masaje o utilizar el jardín de las Princesas (que recibe su nombre de la calle), un pequeño oasis metropolitano creado recientemente. La prensa local habla de urban farming (granjas urbanas) y elogia el hecho de que hijos de inmigrantes también pudieran colaborar en su plantación.

Es una especie de empresa modelo de la economía creativa la que dirige Von Mohl, dueña de la casa y portavoz de prensa inoficial. La Betahaus tiene tanto éxito como proyecto empresarial que la idea se está expandiendo a otras ciudades. Los altos techos remiten a la estética urbana de los loft, el espacio gastronómico tiene estilo lounge. Las lámparas de pie y los sillones, recogidos de la basura de las calles, crean una atmósfera de placidez provisional. En este espacio, nadie tiene que sentirse luchador solitario. Ya se trate de proyectos periodísticos, una idea de comercio justo de café o el desarrollo de una nueva app, en todas partes se forman equipos y grupos, se juntan las cabezas para hacer planes. El ambiente de la Betahaus recuerda a un gran parque lúdico de aventuras. Pero también podría pensarse en una granja ecológica de gallinas ponedoras o en un hotel por horas para creativos.

Independientemente de la perspectiva que adopte cada uno, es posible que así sea el trabajo del porvenir: aislados en equipo, unidos para fantasear, completamente liberados y aun así estresados, meditando sobre tareas en las que el juego y el esfuerzo son la misma cosa. Lo pasamos bien sin perder de vista el objetivo. Mientras va madurando una ocurrencia, nos queda un poco de tiempo para perder el tiempo, para mirar la cuenta de Facebook o vaguear por ahí con nuestros semejantes, porque todo ello tiene que ver con el trabajo. Aunque el descanso del café no se debería hacer demasiado largo. ¿Qué pasa cuando no pasa nada? ¿Cuando no se nos ocurre ninguna idea? Madeleine von Mohl pone una expresión entre divertida y compasiva, como si ya la mera pregunta fuera absurda. “Es como en un piso compartido”, dice entonces, “el que no limpia, se va a la calle”.


Edificio de estudios y galería, Brunnenstraße 9

Los arquitectos Brandlhuber + ERA, Emde, Schneider han cerrado (2007-2009) un hueco urbanístico en la calle Brunnenstraße 9, en el barrio Berlin-Mitte. En el solar de dos obras paralizadas de los años noventa, ha surgido un edificio con viviendas, estudios y una galería que conserva el carácter de lo inacabado y la variabilidad. La fachada no es de piedra, sino ligera y versátil, y también los espacios interiores se presentan como obra en bruto, apta para usos improvisados, tan apreciados en Berlín.
Thomas Groß (1958, Alemania)
se doctoró en Friburgo con una tesis sobre Rolf Dieter Brinkmann. Desde 1990 hasta 2000, fue redactor en la sección de cultura de die tageszeitung (Berlín); desde entonces escribe regularmente para DIE ZEIT, principalmente sobre cultura pop. Vive y trabaja en Berlín.

Tobias Timm (1975, Múnich)
escribe para la sección cultural de DIE ZEIT sobre arte y arquitectura. Estudió Etnología Urbana, Historia y Ciencias de la Cultura en Berlín y Nueva York. Vive en Berlín.

Traducción del alemán: Carmen García del Carrizo
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2011
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