Mediación artística

Entre la duda y la posibilidad

La hipótesis es el destino del arte y de la pedagogía, según el director de Arte y Educación de Casa Daros en Río de Janeiro.

Con relativa frecuencia, los intermediarios entre el arte y el público suelen ser responsables de una serie de malentendidos que acaban por acrecentar distancias entre uno y otro. El intermediario puede arrogarse el derecho de anticipar conclusiones transformando a sus interlocutores en el objeto de su discurso.

A este tipo de intermediario le gusta hablar a los otros y hablar por los otros, olvidando la importancia del hablar con los otros y de que los otros hablen entre sí; se atribuye a sí mismo la tarea de transferir su propio comunicado de arriba hacia abajo a un público que habrá de aceptar su traducción como verdad tácita.

Pareciera que al artista y a su obra ya no les dejasen hablar. Se observa hoy la insistente tendencia de curadores y críticos a hablar en su nombre, que les reducen muchas veces a argumentos que convengan a sus discursos. En esa cadena de intermediarios también está incluido el mercado, que en cada boom saca buen provecho de los rótulos acuñados por los medios, por la academia o por el repentino éxito de alguna “ecuación curatorial”.

El artista brasileño Waltercio Caldas asegura que es de la naturaleza de la obra de arte preservar, incluso después de concluida, su destino de hipótesis. Tal vez, por eso, el reto mayor de un buen intermediario sería aceptar que su espacio de actividad se ubica entre la duda y la posibilidad. Enseñar exige saber escuchar, decía Paulo Freire. Podría añadirse a tan importante principio pedagógico la necesidad de observar y aprender a leer entre líneas la realidad que habitamos, desentrañar sus particularidades interactuando con ella, y adentrarnos en otras sensibilidades que nos induzcan a producir “armonías” inéditas.

El artista colombiano Rosemberg Sandoval considera que “…el arte, básicamente, tiene una función pedagógica. Desde el arte uno puede acelerar procesos y actuar desde el ojo del huracán”.

Mientras aquellos que administran el poder persisten en mensurar el arte y el saber, en restringir y en disciplinar, una tendencia de pensamiento a contracorriente cree en la relación arte-pedagogía, que reconoce el saber como un cuerpo en permanente gestación. Luis Camnitzer llega a explicar que el arte y la educación deberían formar parte de un mismo proceso: “la educación tiene que ser absorbida por el arte y condicionada por él. Considero que el arte es una forma de pensar, mientras que la educación como se la utiliza hoy es una forma de entrenar. […] Personalmente pienso que la educación significa formar a ciudadanos capaces de pensar críticamente, es decir, capaces de cuestionar y de utilizar su pensamiento creativamente”.

El programa “Meridianos”

Con el título “Meridianos”, el pasado mes de mayo, Casa Daros inició en Río de Janeiro un programa de encuentros entre diferentes generaciones de artistas de origen latinoamericano, procedentes de disímiles latitudes y contextos socio-culturales. Si bien las nociones de tiempo y espacio se colocarían en el foco de estos diálogos, como organizador del programa en mi función de director de Arte y Educación de esta institución, a mí me interesaba apartarme lo suficiente del aspecto geográfico para identificar una dimensión personal y única de los “meridianos” de cada artista.

Visto de este modo podría afirmarse que la percepción que cada cual tiene sobre el mundo que le rodea se corresponde con sus sitios de observación y sus referencias. Las preguntas que formula, las respuestas que va encontrando, las soluciones a un problema, sus perspectivas sobre determinada cuestión estarían directamente vinculadas a la ubicación en el tiempo y en el espacio de ese meridiano individual que va desplazándose de un lugar a otro, acopiando versiones sobre la realidad y “verdades” impactadas por nuevos puntos de vista, como parte de un continuo enriquecimiento de su sistema de relaciones.

Me pareció inspirador colocar en intersección los criterios de diferentes creadores, quienes podrían conversar sobre su presencia activa en meridianos trazados por sus propias trayectorias; y hasta re-visitar el pasado, aportando nuevas ópticas desde el cenit y el nadir de cada escala de sus rutas actuales. Me movía el interés por conseguir que, con sus itinerarios y sus puntos de observación, se revelasen otras cartografías posibles, siempre de naturaleza tan inacabada como mutable, con “husos horarios” alejados de convenciones y absolutos. Para los intelectuales de América Latina, lo latinoamericano o la latinoamericanidad son designaciones que históricamente han ido acompañadas de polémica y falta de consenso. Unas veces buscando autoridad en el pasado, otras enunciándose como proyecto en el futuro, generalmente la discusión sobre lo latinoamericano ha revelado siempre un profundo e irresuelto conflicto de identidad.

Si el término latinoamericano es ya por sí mismo controvertido, los argumentos para la existencia de un “arte latinoamericano” arrastran una serie de imprecisiones que podrían dificultarle aún más al intermediario entre el arte y el público la aproximación a una producción cultural compleja que, ciertamente, tiene especificidades que no radican exactamente en sus envoltorios exóticos, sino en sus esencias procesuales.

Inversión en el universo de las ideas

“Meridianos”, como otros proyectos de Casa Daros viene a dar continuidad a la reflexión e, incluso, al debate ya introducido por la colección Daros Latinamerica y a su objetivo de articular conceptual y programáticamente el arte, la educación y la comunicación. Cuando en el año 2000 el curador alemán Hans-Michael Herzog aceptó la propuesta de crear la colección Daros Latinamerica, había asumido un emprendimiento que hasta hoy continúa siendo excepcional en la construcción de una colección de arte: más allá de reunir objetos con alguna que otra afinidad –que es, básicamente, lo que definiría a una colección convencional–, Herzog entendía también Daros Latinamerica como una inversión en el universo de las ideas, mucho menos perecedero que el universo objetual. Trabajaría con un tipo de arte que “… suscita preguntas, que nos invita a reconsiderar nuestros habituales puntos de vista y a aventurarnos en nuevos territorios, a la vez que nos habla de profundas constelaciones estéticas, sociales y humanas”, asegura Herzog.

Desde su nacimiento, Daros Latinamerica dejó claro su propósito de ganar visibilidad para el arte producido en América Latina y en su diáspora a través de sus exposiciones, y de valorizar la voz del artista a partir de charlas y entrevistas registradas en sus publicaciones. Así ha garantizado que el artista y su obra ocupen el centro de atención.

La cuestión no zanjada de la identidad cultural

Casi siempre el “arte latinoamericano” es circunscrito a una condición territorial, a la historia de los mapas político-económicos mundiales, y a particularidades socio-culturales delineadas en este continente por las tensiones y las confrontaciones en los sucesivos reajustes de aquellos mapas.

Daros Latinamerica viene intentando reunir un cuerpo de pensamiento que no descarta la controversia sobre lo latinoamericano, si bien se preserva declaradamente de la tendencia al “ghetto” y a la autoexclusión del tipo de arte que promueve. Contribuye así a reposicionarlo en la historia y en la escena internacional.

Durante “Meridianos”, en conversación con Carlos Cruz-Diez, artista venezolano residente en París, Waltercio Caldas colocaba la cuestión no zanjada de la identidad cultural: “Aplicada al arte, la latinoamericanidad me parece una falacia. Del mismo modo en que no existe una matemática latinoamericana, tampoco habrá un arte latinoamericano”. Cruz-Diez agregó: “Es cierto que tenemos una necesidad vital de inventarnos, de crear nuestra propia historia […]. Pero el arte no tiene fronteras, no tiene pasaportes […]. Luego de todo ese esfuerzo que hasta hoy hacemos para crear nuevos lenguajes y proponer otras maneras de entender el arte, comienza a haber una audiencia de eso que llaman arte latinoamericano. Espero que en un futuro próximo, después que se sepa que existimos, que el arte que producimos sea conocido, sea arte universal y deje de ser venezolano o brasileño o latinoamericano. En definitiva, hemos participado y contribuido al contexto universal de las ideas, lo cual tampoco nos hace exclusivos…”.

“Meridianos” ejemplifica la misión educadora de Daros Latinamerica. Propone el ejercicio abierto de una humildad crítica. Aprender escuchando es enseñar al otro, instigándolo –diría Freire– a reconocerse como arquitecto de sus propias prácticas cognoscitivas. El mediador debe ser un facilitador del diálogo y no un intruso en el encuentro de dos desconocidos. Disolver los extremos donde se tocan el arte y la pedagogía implica descontraer todo lo que hay de condicionado en el pensamiento y liberar todo lo que existe de contestatario en la poesía.

En su programación, Casa Daros pretende identificar al arte como proceso de investigación y aprendizaje, y reformular a su vez la educación como proceso creativo. Es en ese sentido que el arte y la pedagogía comparten en su naturaleza su destino de hipótesis.
Eugenio Valdés Figueroa (La Habana, 1963),
curador, crítico e historiador de arte. Ha sido co-curador de las Bienales de La Habana e investigador in situ de arte africano contemporáneo; es profesor en la Facultad de Arte y Letras de la Universidad de La Habana. Es Director Fundador de Arte y de Educación de Casa Daros, Daros Latinamerica, Río de Janeiro.
http://www.daros-latinamerica.net/rio

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Diciembre 2011

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