La educación – entre el corazón y la razón

Formación cultural

Invitada a escribir un ensayo sobre “Eros como principio pedagógico”, Sibylle Lewitscharoff, considerada por la revista Literaturen en 2012 una de las autoras en lengua alemana más relevantes de la actualidad, nos ha enviado una mirada retrospectiva autobiográfica que ha titulado, de manera lapidaria, “Formación cultural”. “Eros”, entendido desde la perspectiva platónica como el movens que nos conduce a la sabiduría, ese amor apasionado que se siente atraído por lo bello, lo verdadero y lo bueno, se trasluce a través del canto de alabanza de la autora al saber universal atesorado en los libros.

Uno o dos añitos antes de que aprendiera a leer, yo ya me empeñaba en hacer como si ya supiera. Por las noches, le leía a mi padre pasajes del periódico, desplegaba sus páginas cuidadosamente como si estuviera buscando un artículo apropiado, ponía cara seria y empezaba. Papá se divertía de lo lindo con eso. A mí, sin embargo, no me gustaba que se riese tanto, pues mi puesta en escena tenía un trasfondo muy serio.

Yo ponía todo mi empeño en no ser una niña estúpida, demasiado pequeña para esto o para lo otro, considerada, a lo sumo, una personita a medias a la que no se le atribuía todavía un pleno sano juicio, una criatura excluida del mundo trascendental de los adultos. La palabreja todavía me ponía furiosa con cierta regularidad. Todavía no puedes hacer eso, todavía no debes hacer más cual cosa. Yo quería saberlo todo a toda costa, poder hacerlo todo, quería crecer cuanto antes y, de una vez y por todas, demostrarles algo a los adultos.

Pero ¿qué era lo que había que demostrar? Pues, sin duda, que yo era más inteligente que todos los demás juntos. Y los libros, en cuanto aprendí a leer, se convirtieron en la materia apropiada para adentrarme en el mundo de los mayores con un objetivo claro. Por supuesto que empecé con los libros infantiles, pero pronto cambié a Karl May, al que había leído entero en la primaria, por pura desesperación había leído incluso el libro Ich: Karl Mays Leben und Werk (Yo: vida y obra de Karl May), que me aburrió enormemente, porque May, como tal, no me interesaba, me resultaba incluso sumamente desagradable que el autor se metiera a estorbar entre sus personajes y, con ello, les quitara realidad. Un cierto rechazo a tanto biografismo desbordante es algo que he conservado hasta el día de hoy, y en especial no deseo, bajo ningún concepto, saber demasiado acerca de la vida de los autores cuyos libros me gustan.

Mis padres eran académicos y a ellos también les gustaban los libros, pero no fueron quienes me introdujeron expresamente en ese universo. No hubo ninguna pedagogía libresca especial pendiendo sobre mi cabecita de niña. En ese sentido, me dejaron en paz, y yo solita encontré el camino hacia los libros.

A la edad de once años mi vida cambió de un modo radical. Mi padre murió, y mi adorada abuela, que me cuidaba y vivía en la misma casa que nosotros, murió también; mi hermano, por su parte, se fue a otra ciudad para estudiar una carrera. Nuestra madre tenía que ganar dinero, viajaba mucho a causa de su trabajo como representante de algunas marcas de medicamentos y vivía apartada de todo, sumida en sus propias preocupaciones. Antes había sido una niña en cierto modo protegida, en medio de una familia más o menos numerosa, y de pronto me vi una niña solitaria y abandonada.

Y en eso también ayudaron los libros. Sin embargo, a partir de entonces, de golpe, aquellos libros eran únicamente libros para adultos, o por lo menos no se trataba ya de literatura juvenil. Leía como una desquiciada, como si el mismísimo diablo me persiguiera, y fui devorando una montaña de libros tras otra. Entre ellos había novelas muy ambiciosas, como La montaña mágica, de Thomas Mann, y más tarde, también, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

El amor por la literatura era una cara del asunto. Por otro lado estaban el marxismo y las revueltas estudiantiles, en cuyo torbellino me vi envuelta cuando tenía trece o catorce años. En Stuttgart, en el sur de Alemania, se fundó en 1966 el Club Voltaire, y allí se exhibieron las primeras películas de The Factory de Andy Warhol, el LSD era considerada la droga que mejor dilataba las conciencias, la promesa de felicidad par excellence. Yo quería parecer mayor a toda costa, mayor de lo que era entonces, así que participé en todo. Ardiente era mi deseo de marcharme a Nueva York, dejar la rancia ciudad de Stuttgart de una vez y para siempre, a fin de iniciar una carrera como Factory-Girl.

Sin embargo, todavía hube de quedarme un par de añitos más en Stuttgart. Las asociaciones de izquierda pasaban cada vez más a un primer plano, y en un abrir y cerrar de ojos todo nuestro curso se vio contagiado. En un instituto de bachillerato donde la mayoría eran hijas de familias burguesas o pequeñoburguesas. El instituto tenía una orientación más bien liberal, los maestros, de algún modo –y sin duda con bastante desconcierto, pero también de buena fe– intentaban lidiar con nosotras. Las luchas políticas entre las partidarias de los distintos grupos fragmentarios de izquierdas –entre los que había trotskistas, maoístas, leninistas y quién sabe cuántas tendencias más– eran bien acaloradas en aquel curso. Y todo ese fuego se alimentaba de lecturas marxistas, entre ellas, como parte imprescindible del programa, el llamado “Curso sobre El Capital”, por supuesto, con el que muchas de nosotras nos torturamos a la edad de quince años.

Una anécdota curiosa podría ilustrar lo alto que se situaba el listón y lo mucho que se admiraba la potencia intelectual, o lo obsesionadas que estábamos con presentar modelos de explicación del mundo que dejaran en jaque mate a nuestras contrincantes. A los dieciséis tuvimos que asistir a una escuela de baile, lo que, a la mayoría de nosotras, nos parecía una absoluta tontería. Nos meneábamos al ritmo de la música de los Rolling Stones y estábamos como locas por las baladas llenas de sabiduría de Bob Dylan. Y ahora debíamos aprender el foxtrot. A fin de encontrar al grupo apropiado de chicos (en una época en que todo Stuttgart estaba dividida en institutos de chicas y chicos), se llevaron a cabo conversaciones previas y se organizaron algunas fiestas de tanteo. Para esas conversaciones previas se reunían tres representantes de los cursos respectivos. La reunión era sumamente importante. Recuerdo que llevé a aquella reunión la Fenomenología del espíritu, de Hegel, y planté el mamotreto encima de la mesa en gesto provocador. Aguardamos. No hubo reacción por parte de los chicos, y con ello el caso quedó sellado para nosotras. (Era sumamente complicado encontrar, con ese método de selección, un grupo que se atreviera a bailar con nosotras). Mi amor por la literatura hizo que con el tiempo se fuera enfriando mi obstinado amor por los grupúsculos revolucionarios. Me molestaba que los revolucionarios se dejaran entusiasmar tan poco por los temas literarios, o que, en todo caso, mostraran su entusiasmo sólo por autores como Bertolt Brecht, pero nunca por Thomas Mann, y muchísimo menos por Johann Wolfgang von Goethe o por los surrealistas franceses, o por éste o por el otro... En fin, que quienes estaban obsesionados con la revolución se mostraban también bastante limitados en relación con sus lecturas. Ya en la época en que estaba terminando el bachillerato mi llama revolucionaria se había apagado casi por completo, o por lo menos ya no tenía ganas de que una minúscula tropa de bolcheviques me prescribiera dónde ni qué debía estudiar a fin de impulsar la revolución, a través de las vías adecuadas para ello, con una obediencia de esclava.

Me marché entonces a Berlín occidental, que por entonces, en 1973, era Eldorado de la libertad, con pisos enormes que uno podía alquilar por un precio barato. Allí, en la Universidad Libre, fui a parar por casualidad con los teóricos de la Religión, algo que jamás he lamentado. Ahora la demanda era de otras lecturas muy distintas, lecturas de las que jamás había oído hablar o que, en todo caso, sólo por sus títulos podía imaginar de qué autor podrían provenir. Estaba entusiasmada, pues se abría ante mí todo un nuevo ámbito del saber, aderezado con textos de la filosofía griega, de la teología medieval y de los nuevos historiadores y filósofos franceses. También el psicoanálisis, tan proscrito durante el nazismo, y luego de tan difícil acceso tanto en el este como en el oeste de Alemania, se volvió sumamente interesante. En fin, que apareció un impulso enorme para emprender nuevas lecturas, un hervidero de ideas que eran elaboradas, verificadas, descartadas o complementadas en nuestras discusiones nocturnas.

Y no puedo olvidar que lo magnífico de nuestra vida de estudiantes era el disponer de tiempo, de mucho tiempo. Vivíamos con poco dinero, y podíamos ganar fácilmente algo extra con trabajitos paralelos. Durante años no nos preocupó qué llegaríamos a ser. Nunca antes una generación de estudiantes tuvo la oportunidad de llevar una vida cuyo lujo era disponer de tanto tiempo. Y ello, por supuesto, tuvo repercusiones fatales para algunos que no pudieron arreglárselas con aquella independencia absoluta y fueron sumiéndose cada vez más en un torbellino de depresión y desamparo. Pero quien dispuso de alguna disciplina y supo aprovechar esa libertad regalada pudo sacar grandes provechos de aquella singular situación. En mi caso, no podría imaginarme mi vida sin los años setenta y los comienzos de la década del ochenta. Había alimento intelectual en abundancia, se discutía vivamente y se probaban distintas formas de vida. ¿Qué más puede pedir una persona joven?

A mí, la formación cultural no me llegó nunca como algo impuesto a la fuerza. Nadie me obligó jamás a leer éste o más cual libro o a estudiar esto o lo otro. Es cierto que las matemáticas no encajaban mucho conmigo, me costaba asimilarlas, pero en nuestra tolerante escuela ello era motivo, más bien, de humorísticos comentarios. Era divertido no ser apta en absoluto para alguna materia y estar entre los mejores en otras, y casi sin esfuerzo alguno. El típico empollón, ese que brilla en todas las asignaturas, no es una persona a la que muchos quieran. Mi apetito por la cultura fue siempre un apetito por los libros, estimulado por el placer y la curiosidad de saber más acerca del mundo y de las complicadas personas que lo habitaban, y a la larga era también el apetito de saber más acerca de mí misma.

¿Qué es lo bello, lo verdadero y lo bueno de los libros? Algunos libros contienen la fuerza que nos consuela, que nos anima y nos alecciona de paso sobre la materia de la que se compone el hombre, sobre el paisaje en el que éste habita, sobre las plantas y los animales que lo rodean, e incluso, tal vez, sobre el cielo que se extiende sobre sus cabezas, el cual oculta los más grandes de todos los misterios. Alimentarse de los libros es también siempre alimentarse de los que ya no están. La mayoría de los escritores que amamos ya han muerto, gracias a Dios. Y cuando nos alimentamos de sus novelas, sus dramas o sus poemas, estamos velándolos de una manera muy singular. Son los muertos los que, a través de algunos caminos inescrutables, nos dicen al oído, entre susurros, cómo vivimos, cómo debemos purificar nuestros corazones de toda maldad. Más allá de todos los abismos que describen, los libros nos transmiten por lo menos una noción de lo que es bueno, verdadero y bello, y fortalecen nuestra añoranza y nuestra valentía para llevar una vida sobre la que resplandezca el brillo de esta tríada gloriosa.
Sibylle Lewitscharoff
(1954, Stuttgart) estudió Ciencias de la Religión en Berlín, donde vive en la actualidad tras prolongadas estancias en Buenos Aires y París. En 1998 recibió el Premio Ingeborg Bachmann. Su novela Apostoloff fue galardonada en 2009 con el Premio de la Feria del Libro de Leipzig. Su última obra publicada es Blumenberg (2011), que estuvo entre las candidatas para el Premio Alemán del ­Libro. Es miembro de la Academia Alemana de la ­Lengua y la Poesía, así como de la Academia de las Artes de Berlín.

Traducción del alemán: José Aníbal Campos
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Diciembre 2012
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