La estatua funeraria de Santa Rosa de Lima: una imagen barroca de la primera santa católica en el Nuevo
Mundo. Un ensayo desde una perspectiva histórica e histórico-artística.
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Melchiorre Cafà, 'Rosa de Lima', Santo Domingo, Lima. Foto: Departamento de Historia del Arte de la Freie Universität Berlin
"Ma l'opera principale e la più stimata, che sia stata fatta da lui fu la statua di S. Rosa, che fece per Lima...": no es excesivo lo que el crítico de arte Lione Pascoli dice sobre la obra principal de Melchiorre Cafà, escultor romano nacido en Malta hacia 1630 y precozmente fallecido. Cafà, dentro de la escultura barroca -tan rica en artistas muy dotados-, el más importante de su generación, la posterior a Gian Lorenzo Bernini, aparece por primera vez en Roma en diciembre de 1660, donde en septiembre de 1667 sería víctima de un accidente de trabajo. En los pocos años que median entre estas fechas creó una obra completa de sorprendente extensión y de sorprendente calidad artística. El grupo de mármol para el monumento funerario de Rosa de Lima, que había sido beatificada en abril de 1668, es un ejemplo tardío. La signatura, añadida posteriormente, indica como fecha de conclusión 1669, dos años después de la muerte de Cafà. En dicho año fue embarcado hacia Perú, donde llegó el 15 de junio de 1670, al puerto de El Callao. Allí fue recibido por el Virrey español, en medio de una serie de celebraciones en las que se produjeron excesos de devoción a las imágenes; después fue llevado a Lima, donde encontró su destino en el altar funerario de Santa Rosa, en la iglesia dominica de Santo Domingo.
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Gian Lorenzo Bernini, 'Éxtasis de Santa Teresa de Ávila', Cappella Cornaro de la iglesia Santa Maria della Vittoria, Roma. Foto: Departamento de Historia del Arte de la Freie Universität Berlin
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Rosa de Lima nació en 1586; se llamaba Isabel Flores y era hija de español e india; era oriunda de Lima y a los veinte años pertenecía ya a la Orden Tercera de los Dominicos. Vivió en la casa paterna, pero los tres últimos años de su vida los pasó con la familia del funcionario real Gundisalvi. Su vida espiritual estuvo acompañada de gracias místicas extraordinarias, varias veces experimentó visiones y frecuentemente sufrió el estado de extremo abandono y sequedad espiritual; vivió ejercicios ascéticos extraordinarios: como su gran modelo, Santa Catalina de Siena, llevaba una corona de espinas de metal, que le causó la muerte en 1617. Su fallecimiento fue interpretado como una muerte por amor a Dios, equiparable al martirio, lo cual en la tradición mística significa el nivel más alto de unión. La causa puede ser tanto la "herida interior" causada por la saeta del amor divino como el "fuego interior". Así, se dice que Santa Teresa de Ávila no murió de enfermedad, sino "ex intollerabili divini amoris incendio". E igualmente Rosa fue arrebatada tan fuertemente por el amor divino que acabó muriendo por él. La particularidad de su vida radicó en que ofreció sus graves sufrimientos del alma, sus enfermedades, persecuciones y su muerte por la conversión de su pueblo. ¡Una muerte por amor para la cristianización de América!
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Melchiorre Cafà, 'Rosa de Lima', boceto de arcilla, Museo di Palazzo Venezia, Roma. Foto: Departamento de História del Arte de la Freie Universität Berlin
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La devoción, que comenzó muy pronto, vio en ella la primera santa del Nuevo Mundo. Dos años después de su muerte fue exhumado el cuerpo y enterrado en la iglesia de los dominicos de Lima, cerca del altar mayor. Sin embargo, como la afluencia del pueblo obstaculizaba las regulares funciones litúrgicas, fue sepultado en la capilla de Santa Catalina de Siena. Las actas de visitación de los años 1632 y 1637 describen la tumba, por encima de la cual ya se encontraba una estatua de madera de la difunta, los numerosos exvotos, lámparas de plata, luces, imágenes esculpidas y pintadas y otros signos de devoción. Tan sólo ocho años después de su muerte, su Causa de Beatificación se encontraba ya en la Congregación de Ritos, en Roma, después de que se hubiera producido una serie de milagros y las autoridades eclesiásticas locales comenzaran con el usual interrogatorio de testigos. Después de un revés durante el pontificado del papa Urbano VIII Barberini y una aceleración en el del papa Alejandro VII Chigi, Clemente IX Rospigliosi presidió la ceremonia de beatificación, en San Pedro, el 15 de abril de 1668. Tan sólo tres años más tarde, un suceso que se interpretó como milagro de rosas movió a su sucesor Clemente X Altieri -a quien se atribuye la pregunta, irónico-escéptica: "¿cómo puede ser santa una india?"- hacer de la beata la primera santa del Nuevo Mundo.
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