La otra lengua

Wilson Bueno

Fronteras: En los entrecielos del lenguaje

Con Mar paraguayo (Iluminuras, 1992) deseé dar una respuesta estética al aislamiento histórico en que se encontraban sumergidas las lenguas del continente hispanoamericano. Al mismo tiempo, todo me indicaba la dirección de un personaje que fuese un poco nuestra alma común, nuestra alma cachorra y perturbada por el drama. De ahí la aparición de la protagonista del libro, “la muñeca del balneario”, con todo lo que eso implica de prosaico y de sublime. Situé la novela en Guaratuba, en la orilla del Paraná, no sólo porque allí se encontraba exiliado el recién depuesto dictador del Paraguay, Alfredo Stroessner, sino también porque la ciudad era efectivamente “el mar” de los paraguayos, balneario preferido por la clase media del país vecino.
Importante, de igual modo, que la novela Mar Paraguayo apuntase hacia la desterritoralización, que es una de las grandes marcas del neobarroco. En consecuencia, esa “geografía” enteramente inusitada, evidencia desde el título una cosa que no existe ni nunca existió. Con todo, al juntar las “geografías” y dotar al Paraguay –país mediterráneo– de un mar, hice como quien baraja todas las fronteras. De ahí la mezcla y la inversión de este libro, además de su inherente “perversión”...

Me parece asombroso que la lengua guaraní, presente en Mar... , haya sobrevivido a siglos de dominio, sometida al yugo a través de los métodos más infames, y que esté ahí, tensa, intensa, viva, dulcemente manejable por la poesía, ella misma poema en estado bruto.

Pero lo mejor de Mar Paraguayo, a mi entender, es ese borrar todas las fronteras, la indeterminación, como en la Teoría del Caos, generando leyes sutiles de determinaciones imprevistas. La ley de esta novela es la de que la lengua no tiene ninguna ley, constituyéndose invariablemente en “devenir”. Claro que me estoy refiriendo, desde el principio, a la lengua expresada en la novela por dos idiomas (el español y el portugués) que, como copulando, producen una tercera lengua, el portuñol, estilizado, igualmente reinventado como milagro y simulacro. Las palabras, en guaraní, son las flores en el envés de las lenguas.

En todo el transcurso de Mar... , el guaraní se impone, exiliado, hecho resistencia, palabras-poema, brillo y rebrillo, salpicones de luz. Con todo, el guaraní no se mezcla, se recusa a participar en ese juego floral entre el español y el portugués, a engendrar salvajadas portuñólicas. El guaraní es un elemento autóctono en el posible “panaroma” de Mar Paraguayo.

Ya el aspecto paródico que puntúa La copista de Kafka no pretende ser diferente, al inscribir las “fronteras” en su construcción. Fronteras entre lo real y la ficción, y como es natural en toda parodia, se imponen nuevas fronteras: las de lo ríspido de la dicción teutónica, tal como suena en nuestros oídos de parlantes de la “lengua brasileña”, en una metáfora de “autoritarismo” potencial que marca fonéticamente al idioma alemán.

La resonancia discursiva y de imagen del hitlerismo parece haber contaminado, de una vez por todas, la “expresión” germánica, sucia por el dominador que martillea insistentemente edictos, decretos, actos institucionales, palabras de orden. La copista de Kafka pretende ser, así, antes que nada, una severa denuncia contra la diabólica herencia del pasado reciente, que grabó en todos, y en cada uno de nosotros, la marca de la bestia.

La opción, en ese libro, por el romance entre Felice Bauer y Franz Kafka, construida de “sentimientos” vueltos letra y papel, de cierta forma autentifica una historia de amor que se arma, entre otras cosas, a través del desvelo, minucioso, del manuscrito gótico con que la copista mecanografía todo el imaginario de uno de los más importantes escritores del siglo XX. Trecho a trecho, La copista de Kafka va siendo edificado de tal modo que “transmita” una trayectoria existencial con primores de detalles, factuales, significativos todos ellos, de la vida “real” del escritor checo.

No escatimé esfuerzos, a lo largo de la obra, en el sentido de revelar lo “peor” de la personalidad de Kafka, sus represiones y sus frustraciones, sus neurosis más hondas. Con el propósito decidido –y posiblemente marcante– de poner al desnudo el autoritarismo que tiene vigor, desde siempre, en las relaciones humanas y que, de tiempo en tiempo, parece resugir más fuertemente en nuestro debilitado mundo. Casi una duplicación, ipsis litteris, de lo que vivimos en este tumultuoso inicio del nuevo milenio. El fantasma de Bush y el no menos capcioso fantasma de Osama Bin Laden, se propagan, en nuestros días, ensombreciéndolos, como también todo ensombrecía a Kafka, bajo el más oscuro miedo y la más siniestra paranoia.

El lineamiento de La copista de Kafka obedece a una ingeniería rigurosa: fragmento a fragmento, la novela se construye a partir de historias aparentemente “aisladas”, a las cuales, con todo, procura mantenerse subyacente un diapasón constante: la tentativa de atrapar el tono o el misterio de la dicción kafkiana y de su singularísima mirada. Caos, horror, histeria, dominadores y dominados, prosaísmos irascibles, el culto a la barbarie inserto en lo cotidiano, el marasmo, la miseria y el miedo.

Cuatro fragmentos de los diarios de Felice Bauer, escamoteados por la propia escritura que la novela impone, como que cosen, de punta a punta, los textos a primera vista independientes entre sí. Y revelan un dato, al menos ficcionalmente, precioso: la complicidad entre K. y su novia, al punto de que él traiciona al nunca asaz alabado Max Brod, al enviar a Felice manuscritos inéditos que el amigo jamás supo que existían.

A mi manera de ver, esta llave, entre otras, remite a la profunda ambigüedad de la novela, pasando a existir/insistir ahí la inusitada frontera entre lo real y la ficción. ¿Quién copia la copia de la copia de la copista de Kafka? ¿El autor de “La metamorfosis”? ¿La propia Felice en el afán de salvar del incendio los originales confiados a ella? ¿O sería el autor de La copista de Kafka? ¿O quizás ese ente, el lector?

Rendición a lo absoluto, la novela en pauta pretende ser un grito en la oscuridad en los albores del nuevo siglo, que en todo se asemejan a las turbulencias de las primeras décadas del siglo pasado. Los textos proféticos de Kafka denuncian aquí paródicamente, una vez más, el “huevo de la serpiente”, que ahora se repite, entre nosotros, con avasalladora exactitud.

Wilson Bueno (Jaguapitã / Paraná, 1949), escritor, creó y editó –durante ocho años– el suplemento de ideas Nicolau, innumerables veces premiado, inclusive con el título de “mejor diario cultural del Brasil” por la Asociación Paulista de los Críticos de Arte, en 1987. Escribió, entre otras obras, Bolero’s Bar (1987), Manual de Zoofilia (1991), Mar Paraguayo (1992), Cristal (1995), Pequeno Tratado de Brinquedos (1996), Meu Tio Roseno, a Cavalo (2000), Amar-te a ti nem sei se com carícias (2004); Cachorros do Céu (2005) y A copista de Kafka (2007). Bueno fue también colaborador regular de innumerables diarios brasileños, y firma, con exclusividad, una colaboración mensual para la página virtual Trópico.

Haga su pedido ahora

Haga su pedido ahora

Los lectores interesados en la revista Humboldt pueden solicitarla a través de la tienda online de Goethe.
8,50 € gastos de envío gratuitos
Ir a la tienda online de Goethe...